Gúisqui con testosterona

Sergio Berrocal | Ma1queta Sergio Berrocal Jr.

Mi amigo Boris ha sido de todo en la vida. Anarquista, castrista, de izquierda moderada y ahora presume de izquierda rabiosa “ante las monstruosidades que vemos todos los días”. Es un tipo silencioso, discreto. Ayer se derrumbó en su silla del Café Esperanza y cuando la moza de pelo turco y ojos de beduina le trajo el habitual copazo de brandy, le pidió perdón y le rogó casi con lágrimas en los ojos que se lo cambiase por un té. “El médico me ha dicho que tengo las transaminasas por las nubes y no sé cuántas cosas más queriendo subir más y que debo de dejar la bebida por una buena temporada”. Me quedé seco. Como si me hubiesen anunciado que este año no habría primavera. Boris ha bebido siempre como un caballero, como el acto social que toda copa bien servida supone en la vida de la gente con principios. No ha sido nunca un borracho. Porque, le ha explicado el médico con una sonrisa carnicera – el pobre hombre lleva veinte años sin saber lo que es un cachito de embriaguez–, hay que distinguir entre alcohólico, “que es lo que usted y yo somos, yo antiguo y retirado y usted en víspera de retiro. El borracho es el que no puede dejar de mamar cualquier cosa, en cualquier lugar, en cualquier momento”.Boris lo ha entendido rápidamente porque es muy culto. Como también es muy aficionado a los telefilmes norteamericanos, ha resumido perfectamente las palabras del médico: borracho es el personaje que entra y sale, medio a escondidas y con cara de haber atracado un banco, de la licorería ocultando su compra en un cartucho, en Europa sería una bolsa de plástico.Alcohólico, pero con clase, es el director de la Policía de Nueva York en la serie “Blue Bloods”, irlandés católico de comunión que bendice la mesa todos los sábados con la familia reunida. Durante el resto de la semana se toma un par de güisquis todas las tardes. Por supuesto que nunca ha oído hablar de transaminasas, porque a la gente muy muy buena y muy muy chic no se les molesta con esas cosas. ¿Pero quién es el médico, por muy de Nueva York que sea, que le dice al robocop del director de la Policía que abandone el güisqui y en su lugar se tome unas pastillitas? Boris también anda preocupado porque el médico le ha confiado que tenía una cantidad inusual de testosterona para su edad, sin más explicaciones.Y he tenido que aclararle: la testosterona es la hormona masculina más importante, ya que de ella depende el deseo sexual. La hormona de la felicidad. Y como es muy corto no se ha atrevido a preguntar nada. Dice solo que el médico, que tenía pinta de formar parte de los desfiles gays, le sonreía mucho.Entonces he tenido que ponerle los puntos sobre las íes: la testosterona es la hormona masculina más importante, ya que de ella depende el deseo sexual.Hasta ese momento, Boris, que es doctor en Filología rusa, creía que la testosterona sería algo parecido a una droga natural que segregaría su cuerpo. A mí me ha dado mucha pena quitarle sus ilusiones, pero la joven camarera armenia de ojos turcos que había oído toda nuestra conversación ya no tiene más ojitos que para él. Qué vida más injusta. Por si acaso le he pedido a una amiga médica que me proporcione, para mi uso particular, una buena porción de testosterona porque Boris se ha convertido en el gallito del corral. Y entonces he descubierto que se vende como tantas otras cosas y no demasiado caro. Cuando terminó de hablar de su testosterona, Boris, que ya sabe algo más y comprende que esa hormona que puede procurar momentos muy felices, infinitamente felices a las damas, algo mucho más que lo que consigue la marijuana, ha explorado sus diferentes aplicaciones posibles.Una de sus ideas era acompañar el güisqui con testosterona, como si fuese agua Perrier o hielo, pero finalmente, y ante las avanzadillas de la camarera, ha comprendido que esa hormona no tiene más que una finalidad. Hacer felices a las señoras, caballeros y camareras.