Mirando al mar

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Despiertas una mañana, a veces una noche, con la impresión de que ya lo has logrado. Que has conseguido quitarte de encima ese peso. Pero apenas el desayuno terminado sabes que nada está liquidado, que todo va a empezar. De nuevo. Una vez más. O una vez menos. Te llegan noticias acariciadoras del resto del mundo. Lo que se creía el inicio de una guerra o de algo peor se ha calmado. El Presidente Donald Trump no ha dicho una palabra en uno de sus famosos tuits y Dios sabe que le gusta sermonear al mundo. Gracias, Jesús. Desde otro lugar del mundo que acaba de acabar con una Revolución de sesenta años y que inicia otra andadura bajo la vigilancia del Partido Comunista, que tanto contó incluso cuando Fidel Castro vivía, se habla de lindas elecciones, de calma. Siempre he creído que la paz empieza nunca. Que todo lo demás son ilusiones, como cuando en una librería donde ojeas un libro de Mario Benedetti, que parecía el hombre que más a gusto estaba con la vida y sin embargo se murió, se te atraviesa un perfume de mujer que no es el Chanel5. El tufillo te lleva hasta la caja donde unos tacones altos pero sin exageraciones sostienen unas piernas milagrosas que se pierden en los bajos de un abrigo de cachemira. Te duermes y sueñas con Gary Cooper y “Tambores lejanos”, una película que tiene infinidad de años, más de cincuenta. Recuerdas una mirada del protagonista y no sabes por qué. Estaba inquieto, preocupado por algo que no veía. A los indios le sobraban ojos para no perderlos de vista, pero aquella mirada solitaria…Te metes en la cama con el temor agarrado al cuerpo. Quizá esa pastillita que te recomendaron para los malos pensamientos te haga dormir. Pero durante toda la noche escuchas aquellos tambores lejanos. Hace ya mucho tiempo que no lees en la cama. Ahora prefieres escuchar, aunque sea de lejos, la radio, que te ha convertido en un escuchante de todas las tonterías que los radioyentes se meten entre pecho y espalda sobre el mundo del fútbol. Te da vergüenza saber hasta en qué se gastan sus dineros esos astros que emocionan al mundo. Pero es preferible llenarte el alma de chorradas futbolísticas que atender a las extraordinarias cosas que cuentan otros comentaristas sobre política y políticos.

Ya va a amanecer. La pastilla milagrosa no ha hecho su efecto. Has estado toda la noche escuchando los tambores lejanos pero en tu duermevela no te has tropezado con Gary Cooper sino con gente mal encarada que nada más que habla de patria y muerte. Te has pasado toda la noche en un puente, como en cualquier película de la guerra fría cuando norteamericanos y soviéticos, ahora son rusos, iban a intercambiar espías. Pero en el puente de tu desvelo no había agentes pertrechados en sus gabardinas. Había una muchedumbre vociferante y todos estaban en mangas de camisa y las mujeres en mangas cortas y festivas. También había muchos uniformes. Y no estaban allí para solucionar un problema de tráfico. Esta noche, ¿lo recuerdas?, pasaste por la Calle 23 cuando regresabas tarde al Hotel Nacional, el de La Habana, claro. Habías pasado el día viendo todos los cambios que se operan en la ciudad, aunque las ruinas ruinas son y hay muchas cosas difíciles de arreglar.Pasaste por la puerta del Floridita pero no quisiste entrar aunque te hubieses tomado todos los mojitos del mundo y, mejor todavía, unos cuantos vasos de ron en los que se hubiesen encajado unos cachos de hielo. Pero no quisiste sucumbir a la tentación del recuerdo. Nadie se acuerda del propio Ernesto Hemingway pero bueno es su nombre para vender bebidas a los inútiles de los turistas, que no tardarán en sacar la máquina de fotos, bueno, el teléfono móvil que ahora también sirve para eso.

Tomaste el desayuno con el respeto envidioso de la última vez, recordando aquel otro café con no recuerdas qué que compartiste frente al mar, o más exactamente frente al Malecón, que da a Estados Unidos. Qué tiempos aquellos. ¿Se habrán terminado? Al contrario, ahora es cuando empieza la fiesta. Cuba tiene una nueva Constitución y te cuentan que todo el mundo es moderadamente feliz. Pero tú sabes, querido viejo periodista, que la paz no empieza nunca. Como tampoco acaba nunca la guerra. Que todo es ilusión y que hay que esperar la amanecida para comprobar que estás vivo, atrincherado en las mantas de la noche y en los horrores de algunas pesadillas. Cuando salga el sol ya será otro cantar. Puede incluso que el día te depare una sonrisa y, si la suerte está realmente contigo, hasta un abrazo de un amigo que no veías hace tiempo. Lo malo es que tú ya no tienes amigos. Ya no. Todos están en los recuerdos en blanco y negro que de vez en cuando miras y hasta manoseas para probarte que viviste. Como si estuvieses ante un inquietante futuro, que hubiese dicho uno de los pocos amigos cubanos que todavía responden presente.

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