Noche y día

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Extraños días, terribles noches, como si el cielo estuviese a punto de aplastar a la tierra. Vivimos este final de febrero con la angustia de lo ya oído, las amenazas, los insensatos preparativos guerreros, los choques, los empujones. Callan los hombres y pronto podrían empezar a hablar las armas. Esperas lo inevitable con angustia, sin saber muy bien por qué. Los nervios están tensos. ¿Se dará cuenta la gente de que una guerra es la cosa más fácil del mundo? ¿Se acordará la gente de aquellos aviones suicidas japoneses que en segundos destrozaron la flota del Pacífico norteamericana en aguas de Pearl Harbour, el 7 de diciembre de 1941? Era mañana de domingo en aquella inmensa base cuando los avioncitos de Japón sembraron pánico y muerte. Nadie los esperaba.Me parece volver a oír el runrún de los motores de nuevo en esta playa de mi isla africana, donde no hay más que turistas nórdicos que gastan sus últimos días sacrificando la piel al sol, un dios como otro cualquiera para acabar de morir. Pero cuando el momento está cercano, ¿lo sentirán?, huyen hacia el norte donde sin embargo nadie quiere viejos. ¿Tan difícil es la felicidad? Un poquito solamente, nada de excesos.En días ya muy lejanos, en Argelia los argelinos nacionalistas se pegaban con los franceses por la independencia, una eminencia de la medicina del alma me dijo que la farmacopea, la que él tenía a su disposición, la que él conocía, era imposible para repararme mi alma y que por qué no trataba de arreglarme con Dios. Váyase con Dios, buen hombre, me dijo el doctor. Y no se olvide que la depresión le volverá de vez en cuando, cuando ella tenga ganas y cuando usted menos la desee. Es para recordarle el dolor que siente ahora, para que no lo olvide nunca.Cuando la vio en la cola del supermercado, supo que aquella mujer le volvería loco pero que nunca conseguiría enamorarla. Era mujer de muchos hombres, de enamoramientos repentinos que podían atacar como los avioncitos japoneses en Pearl Harbour y no dejar más que destrucción y llanto. Una mujer de bandera, pero con bandera extranjera, capaz de amar hasta la muerte como capaz de amar solo un cuarto de hora, el tiempo de abrir y cerrar la puerta del cuarto.

Esta mañana las nubes feas, esas que nadie quiere, se han amontonado sobre mi isla. Quizá sean las mismas que acompañaron a Jesús en el Gólgota, cuando ya todo estaba dicho. En la calle no hay asfalto. Se ha vuelto todo verde. Quizá porque se prepara el comienzo del fin. Es alto, no mal parecido, de unos cincuenta años, y siempre tiene una sonrisa sin dientes, porque los pobres de verdad se los van dejando en el camino. Duerme en los cajeros automáticos pero tiene miedo de que con la pastilla que se espachurra todas las noches en la boca para no pensar, para no estar durante el sueño, unos malparidos le metan fuego o le corten a cachos. Le doy un billete de 20 euros y entonces sonríe de verdad. “Esta noche iré al albergue que me cobra 18 euros. Y me quedarán dos para el desayuno… Ahora estoy durmiendo en el aeropuerto. Es muy tranquilo y las limpiadoras siempre me sonríen y cuando tienen me dan una bebida caliente”.

¿Será eso vida? Él cree que sí. Que mientras se mantenga de pie y no tengan que recluirlo en un hospital podrá tener esperanza de que un día las cosas cambien. Un trabajillo, un poquillo de suerte. Cree en lo que yo ya no creo, en Dios. Pero cuando se lo digo me sonríe y parece decirme alto y claro: “usted puede permitirse no creer. Pero yo es una de las raras esperanzas que me quedan”.

¿Dios estará en esa frontera entre Venezuela y Colombia, donde han organizado un concierto “para la paz”?Creo que no, sinceramente. Tal vez Jesús, tan acostumbrado a las injusticias, a los fariseos que duermen tan a gusto en sus casas de Washington DC, se haya acercado entre esa multitud que parece esperar lo peor, la muerte, como una esperanza en una vida mejor dentro de cuatro o cinco mil años.Un bombero ha salido de un incendio esgrimiendo una paloma blanca que ha encontrado al parecer milagrosamente viva entre las llamas. Parece algo trastornado y musita que es la paz, por fin la paz. Que no habrá más guerra, que se lo han dicho a él cuando rescataba a dos niños del incendio.

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