El hijo del Presidente

Sergio Berrocal

Las treinta y seis mil escamas de cerámica de la cúpula amarilla y verde del Teatro de la Opera, una réplica de la de París, relucía en la noche azul cuajada de estrellas de la selva de Amazonia, donde pese a la civilización impuesta a principios de siglo por los barones del caucho, los ojos acerados de los yacarés, los temibles cocodrilos brasileños, flotaban entre dos aguas y las anacondas acechaban el paso de una vaca perdida. Unos y otras ya estaban habituados a aquellos extraños graznidos que por lo menos una vez por semana salían del interior del teatro, cuando la orquesta sinfónica cuadrada con músicos del otro lado del mundo, la exEuropa comunista, acompañaba a cantantes de las más variopintas nacionalidades. Había corrido mucho agua por el río Amazonas desde que se inaugurara este insólito monumento a la música. Había sido el 31 de diciembre de 1896 cuando la sala cuajada de oro era invadida por primera vez por los barones del caucho y sus invitados. Ellos fumaban puros importados de Cuba en el salón noble mientras ellas imitaban a los papagayos de la selva entre risas y chismes.

Más de cien años habían transcurrido ya desde aquellos tiempos esplendorosos arruinados por pérfidos británicos que se habían llevado alevosamente el cultivo del caucho al lejano Oriente, dejando el teatro casi a punto de ser tragado por una selva cuyas interminables lianas verdes parecían querer recuperar un territorio que desde la Creación le había pertenecido.

Luiz Felipe tenía 40 años, ojos verdes y una esperanza bastante fundada de ser dentro de dos años el próximo Presidente de la República de Brasil. Aquellos ojos verdes le venían de una madre alemana que lo había echado al mundo en un tumultuoso parto acontecido en el sur, cuando los emigrantes europeos buscaban un nuevo Eldorado.

Con el correr de los años y el apoyo de un padre todopoderoso se había convertido en un político de la era Fernando Henrique Cardoso, quien en medio de un pueblo acosado por la miseria hablaba varias lenguas con la insolente facilidad de la gente nacida para mandar y había tenido la elegancia suprema de exiliarse en Europa durante la dictadura militar antes de convertirse en Presidente de la República.

Los ojos verdes de Luiz Felipe brillaban de felicidad chillona en el salón de la Opera, anegado por relentes de Chanel 5 y cruzado por el frufrú escandaloso de elegantes modelitos llegados directamente de París y de Nueva York y que servían de envoltura a esas criaturas de ensueño que sólo se encuentran en Brasil.

Como él no era europeo no sentía lo que de surrealista podía tener este remolino de elegancia y de elegantes mientras los músicos hacían llegar los primeros acordes de “Carmen”.

Para Luiz Felipe era una noche de triunfo político y aunque desde la cúspide de una copa de champán helado no quitaba la mirada de encima de algunas de aquellas mujeres que constituían su segunda pasión en la vida después del poder, no perdía de vista con el rabillo del ojo al Gobernador, su padre, de quien se decía que sonreía hasta cuando ordenaba una ejecución política.

El Gobernador saboreaba también su triunfo, en medio de súbditos que se creían senadores y diputados, porque pese a cuarenta años de vida política, durante la cual no había escatimado una sola traición necesaria, nunca había conseguido que el Partido le eligiese como candidato presidencial. Había tenido que resignarse a reinar en un territorio mayor que cualquier país de Europa Occidental donde era tanto más fácil hacerse temer y respetar cuanto que para salir de la moderna selva cuajada de rascacielos con aire acondicionado había que pasar por una compañía aérea que sus hombres controlaban fácilmente.

Algún desesperado de la vida había tratado de zafarse de sus obligaciones embarcándose en el abigarrado puerto donde permanentemente flotaban las pintorescas embarcaciones del Amazonas con sus hamacas en cubierta para los más cansados. Pero los fugitivos, obligados a deslizarse con toda la paciencia del mundo por las fanganosas aguas que conducían a ningún lugar civilizado, siempre eran alcanzados a tiempo de recibir su merecido.

El sueño del Gobernador estaba a punto de realizarse. Esta noche en la ópera le había permitido afianzar las necesarias alianzas para cuando llegase el momento de votar a favor de la candidatura de Luiz Felipe. La elección propiamente dicha para el Palacio de Planalto, residencia presidencial en Brasilia, le parecía una boba formalidad que no le deparaba más que sueños triunfales. Aunque su mujer le había dado dos varones más, Luiz Felipe era su ojito derecho. El hijo que nunca le había defraudado y que había sacrificado más de una pasión volcánica pero políticamente incorrecta, con sólo observar el parpadeo de los ojos de aquel hombre al que sus enemigos  llamaban  cariñosamente  “Yacaré”,  en recuerdo de los feroces cocodrilos tropicales que merodeaban a pocos kilómetros de la Opera. Lo cierto es que se atrevían a llamarle así sólo cuando estaban muy borrachos y únicamente cuando, además, tenían la absoluta certeza de que sus palabras no caerían en oídos indiscretos.

En aquel hijo con perfil de ajado dios griego, el Gobernador veía la continuación de una política brasileña en la que el Presidente Cardoso había impuesto una cierta modernidad con el propósito de acabar con los “coroneles”, los todopoderosos caciques que antaño reinaban en los veintisiete estados brasileños y de los que todavía quedaba algún que otro ejemplar, como el propio Gobernador.

Ojito derecho, Luiz Felipe era también la mano vengadora que un día permitiría que el padre ajustase algunas cuentas políticas que tenía pendientes y que pensaba empezar a saldar la semana próximo en cuanto llegasen a Brasilia para la convención del Partido, en la que su hijo senador se convertiría en candidato presidencial.

Las avenidas-autopistas sin alma y sin fin que cruzan Brasilia estaban repletas de carteles en los que los ojos verdes y la sonrisa triunfadora del senador se presentaban a los electores como una promesa de prosperidad, la que necesitaba una nación moderna que pese a estar enclavada en el Tercer Mundo tenía un potencial humano de más de doscientos millones de habitantes, amén de riquezas de todo tipo suficientes para apoyar sus ambiciones de acceder a ese Primer Mundo que a los brasileños se les antojaba el colmo de la felicidad.

Desde su habitación tan lujosa como la celda de un monje, que dominaba lo que hasta cuarenta años atrás era una sabana en la que sólo había serpientes y pequeños mamíferos, la mirada gozosa del Gobernador abarcaba el edificio ultramoderno del Palacio de Planalto, donde militares tan bonitos y quietos como soldaditos de plomo montaban una eterna e inútil guardia en la rampa aérea que da acceso al despacho del Presidente. El despacho que pronto ocuparía Luiz Felipe, pensaba el Gobernador, mientras con gesto distraído respondía el teléfono situado a su izquierda. La sonrisa perdida en inefables sueños de poder se quedó de pronto hela- da en los labios gruesos de mulato con incrustaciones de blanco.

—Voy inmediatamente—, acertó a contestar haciendo un esfuerzo que le consumió de golpe y porrazo las toneladas de optimismo que instantes antes circulaban atropelladamente por todo su ser.

El Hospital de Brasilia donde había aparcado el automóvil cuya matrícula anunciaba que en el mismo viajaba el Gobernador de uno de los estados más poderosos de Brasil, era de los que la inmensa mayoría de los brasileños no podían ver más que en las telenovelas de Globo. Tres médicos que se apresuraban a su encuentro comprobaron no sin cierta secreta satisfacción que la arrogancia del Gobernador había desaparecido. Ni se había acordado de ponerse una corbata.

—¿Cómo está Luiz Felipe? —interrogó con el corazón a punto de salírsele por la boca.

Era la primera vez en mucho tiempo que estaba perdiendo los papeles. Hasta acertó a sacarse una sonrisa implorante.

—¿Cómo está mi hijo?—, repitió agarrándose sin pudor y sin falsos miramientos, desesperadamente, a la mano que le tendía uno de los médicos. Los tres permanecían sin saber qué decir. El senador había ingresado una hora antes con síntomas de crisis cardiaca. Al verle entrar demudado y tembloroso, con la frente chorreando de sudor, los cardiólogos habían tenido una espantosa impresión. Aquel hombre, por muy poderoso que fuera, se estaba muriendo y ellos estaban ya convencidos de que poco o nada podrían hacer para evitarlo.

Agarrado a la bata blanca más cercana, con la misma actitud implorante que los negritos que en los aparcamientos de toda la capital pedían a los automovilistas lo que quisieran darles a cambio de guardarles el coche, el Gobernador trataba de conservar el poco optimismo que todavía le quedaba. Al llegar había pensado que Luiz Felipe habría sufrido simplemente un malestar pasajero y aunque su inteligencia le decía que aquello era algo más grave, se aferraba a lo imposible:

–No te preocupes, Luis Felipe, ya verás cómo dentro de un rato estaremos en casa y nos reiremos de este susto.

Los médicos no sabían cómo decirle que no había nada que esperar. Que había sido un ataque fulminante ante el cual todo había resultado desesperadamente vano.

Tras el entierro en el que estuvieron presente todos los amigos de ayer y los enemigos más venenosos de hoy, el Gobernador decidió retirarse a su palacete en el fondo de la selva. Quería pensar con tranquilidad, no oír más gemidos con risa ni más condolencias cargadas de amenazas.

Encerrado en su despacho del Palacio de la Gobernación, el señor Gobernador llegó en unos días a la conclusión de que aquella muerte tenía tantos intereses por medio que no podía haber sido fortuita. Y aunque el historial de los médicos era impecable, descubrió que los tres que habían atendido a su hijo en sus últimos momentos debían los favores más importantes de sus carreras a enemigos jurados del Partido. De ahí le vinieron las imágenes de los complots de las blusas blancas en la extinta Unión Soviética. Ahora se trataba de descubrirlos y hacer justicia.

Pero la venganza debería ser el plato frío que recomiendan los franceses porque antes quería dejar boquiabierto a todo el Brasil con un gigantesco mausoleo que algunos opositores consideraban como “propio de los faraones egipcios”. La idea era dejar el cuerpo en el actual cementerio hasta que los paisanos tuvieran tiempo de comprobar que Luiz Felipe recibía el mismo trato que cualquier mortal y luego engarzar el corazón del difunto en una esmeralda gigantesca hallada hacía cien años en el estado de Minas Gerais y que estaba en la familia desde los tiempos ya lejanos en que esas montañas del sudoeste exhalaban oro y piedras preciosas por toneladas, convirtiendo la región en un Eldorado envidiable.

El cuerpo de Luiz Felipe estaba como si lo acabasen de enterrar. Sólo faltaba que los párpados se abriesen para que los ojos verdes sonriesen de nuevo. El mausoleo, mpresionante por su aparente sencillez, se alzaba en una avenida cercana a aquella

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