El horror

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrcal Jr.

Aunque les cueste creerlo, la actual carrera al desastre que se disputa en el mundo entero,con el extraño caso de una Venezuela con un presidente elegido y otro autoproclamado, mientras Estados Unidos se tantea para saber si va a intervenir, no tiene nada de excepcional. Siempre ha sido peor y siempre será peor a medida que avancemos en el almanaque. Si no se lo creen métanse por un rato en las páginas del libro “Kaputt”, del italiano Curzio Malaparte, publicado en 1944, un año antes del fin de la II Guerra Mundial, y comprobarán que la realidad puede ser más horrenda que la vida inventada por cualquier novelista. Es una manera como otra de refugiarse en el mundo del horror y de comprobar que las atrocidades pasadas y futuras de que somos capaces los seres humanos son un juego con el que seguimos entreteniéndonos. Una manera como otra de prepararse a lo que puede venir, porque lo que cuenta Malaparte se refiere a la II Guerra Mundial, que dicen fue la peor, pero que ya ha quedado arrumbada en los archivos. Imagínense que todos esos hechos ocurrieron hace cosa de setenta años, una eternidad, pero sucedieron de forma bestial y recordarlos es una manera de prepararse para lo que puede suceder.

Nos hemos acostumbrado poco a poco a ver manadas de niños latinoamericanos haciendo cola en la frontera con Estados Unidos, país del que sus mayores le han contado mil maravillas. Sí, pero ahora hay un muro, como en Jerusalén, también lo hemos echado en el olvido, que no deja pasar. Y algunos de esos niños mueren antes de haber vivido, en condiciones que ya ni las más crudas imágenes de las televisiones son capaces de reproducir con el dramatismo que necesitan.

Nos hemos acostumbrado a considerar que la barbarie fue cosa de esa lejanísimo II Guerra Mundial que se desarrolló en nuestro mismo mundo entre 1939 y 1945, y de la que daba cuenta Malaparte. Nos hemos acostumbrado a observar con el interés de un domador por sus fieras otros puntos del globo, África por ejemplo, donde existen guerras larvadas, otras directamente abiertas y que emplean a niños como carne de cañón. Se darán cuenta de que los tiranos con corbata siguen mandando.

Nos hemos acostumbrados a que los pobres se jueguen la vida en pateras de juguete al atravesar el Mediterráneo en busca de trabajo. Y nosotros preocupados por nuestras pobres miserias de una Europa donde aterrizan esos miles de hombres, mujeres y niños. Y al otro lado del mar ya hay otras pateras preparadas para arrojar la miseria al mar.

El horror del que se hizo cronista Curzio Malaparte reaparece bajo una apariencia más bestial. Pero tiene un comienzo. Y las matanzas empiezan por enfrentamientos sin mucho interés. Hace ya mucho tiempo que soy incapaz de leer los libros que van saliendo regularmente de las editoriales. La mayoría de ellos, por ser compasivo y seguir creyendo en un ser superior, se me caen de las manos y entonces no queda más remedio que volver a ese pasado, que los libros de autoayuda aconsejan en general no leer. Como si nuestro pasado no fuera nuestro futuro.

Entonces te acuerdas de ese enigmático Malaparte, que fue periodista y diplomático, con lo cual pudo recorrerse el mundo del horror sin demasiados esfuerzos. El oficial nazi dejaba que los presos rusos se murieran de frío. Entonces los situaban a lo largo de los caminos para que con sus brazos abiertos y helados indicasen direcciones, como si fuesen postes de madera. “De algo tienen que servirnos”, se justificó el oficial alemán. Y levantando el brazo hundió un largo cuchillo en la espalda del jabalí. Visita a un ghetto de Polonia donde los judíos eran apiñados y apartados del resto de la población. El oficial nazi explica al corresponsal: “No hace falta gastar veneno para aniquilar a esta gente. Mueren por su cuenta de un modo increíble”.

Ya había sonado la patética hora en que los finlandeses se ponen tiernos y empiezan a suspirar hondamente ante los vasos vacíos…En la civilización actual –dice un diplomático—un agujero de golf tiene, desgraciadamente, la misma importancia que una catedral gótica.

Son unas cuantas frases, ideas, sacadas del formidable “Kaputt”, uno de los libros más olvidados en las bibliotecas. Claro que da la impresión de que la mayoría de la gente cree que los libros son adornos para estanterías vacías y en las que no se sabe qué poner. Hubo un tiempo que en París se vendían imágenes perfectas de esos libros por metros. Solo había que colocarlas, como empapelando la realidad. Por supuesto, no se veía más que el lomo del falso libro pero causaban una cierta impresión de cultura entre gente al borde del analfabetismo cerebral.

Vuelve a dar la impresión de que la gente no sabe que las bibliotecas públicas son un lugar donde te prestan libros, adonde hay que ir para leer. En realidad, la mayoría sirve ahora más bien para leer los periódicos del día sin tener que comprarlos y para utilizar la red informática que se pone gratuitamente a disposición de la gente.

Además de esas funciones esenciales de las bibliotecas públicas hay que agregarle la de lugar para estudiar cuando no se tiene sitio en casa o para llevar a niños y contarles cuentos con la lejana y baldía idea de que un día comprenderán que los libros existen, que están llenos de toda la cultura del mundo y que deberían hacer un esfuerzo para leerlos.

Vuelvo a hojear “Kaputt” por si ustedes no tienen tiempo de hacerlo. El terrible frío de aquel invierno había producido una rarísima dolencia. Millares y millares de combatientes –cuenta más o menos Malaparte—perdieron las articulaciones, y a millares también el frio había arrancado las orejas y los órganos genitales·.

No sigo porque no vale la pena. Nadie cree lo que no conoce. Los japoneses nunca creyeron que los norteamericanos podrían ensayar sus bombas nucleares tomándolos como conejillos de indias. En Hiroshima y en Nagasaki los supervivientes no lo han olvidado.