La última cena

Sergio Berrocal| Maqueta Sergio Berrocal Jr

La foto fue tomada el 24 de diciembre de 1981 en París. Noche de fiesta aunque los franceses no tengan la exuberancia de los latinos a la hora de festejar lo que sea. La protagonista de la fiesta es una mujer muy joven, 18 años quizá, mediana de estatura, delgada, escultural, con rostro de una gitana bonita que el pintor español Francisco Ribera ha dejado en el cuadro que está por encima de ella. La muchacha tiene el pelo negro alborotado por los rizos. Viste una falda que apenas se nota en la foto, una blusa blanca muy gitana y se ha pintado de rojo las uñas de la mano con la que tiende una copa de champaña a uno de los asistentes. Por debajo de ella, la cabeza curiosa de un chiquillo que mira fijamente al fotógrafo. Ninguno de los presentes, a la izquierda una mujer rubia, en medio un hombre moreno puede imaginar en ese momento de alegría que para todos ellos la vida cambiará radicalmente en el plazo de poco más de un año. Seguro que tanto Patrick Dewaere, joven actor muy en boga, un poco “chien fou” (perro loco) decían los franceses, o el mayor terrorista de todos los tiempos, el venezolano Carlos, celebraban también Navidad, probablemente Dewaere en Francia y el más buscado por todas las policías del mundo y sus alrededores en uno de sus escondrijos principescos.

Es una de las raras noches en que los franceses están de acuerdo para reunirse alrededor de una mesa y recordar, aunque no sean creyentes, aunque para algunos de ellos el niño Jesús, al que se homenajeaba, no sea más que un personaje de la mitología cristiana.

Lo que ninguno de los comensales sabía es lo que le reservaba el futuro, esa espada de Damocles que todos tenemos sobre nuestras cabezas desde que nacimos. Al tercer mes del año 1982, es decir casi un año después de la cena navideña en la que la paz parece flotar en el mundo, el terrorista venezolano Carlos, que ya se había “distinguido” como uno de los más feroces criminales políticos con la toma masiva de rehenes en la sede de la Organización mundial del Petróleo en Viena en 1975, era señalado como el cerebro de un atentado contra el tren París-Toulouse, que dejaba 5 muertos el 29 de marzo de ese año.

El 22 de abril, el mismo Carlos organizaba otro atentado, esta vez con coche bomba en el mismo París, con un saldo de solo un muerto. En julio, el actor Patrick Dewaere, siete meses después de haber trinchado el pavo en la cena de Navidad de 1981, se quitaba la vida con solo 35 años de edad.Para entonces, la muchacha de la foto, la que tanto se parecía a la gitana de Ribera, había perdido la sonrisa. Nunca más serviría el champán.

A mediados de mayo de 1982, en medio de atentados y suicidio, una noche decidió ir con su novio a una playa de Normandía, cerca de París. Tampoco ella llegó, como aquellas otras cinco personas del tren París-Tolouse aunque Carlos no estaba detrás de esta muerte. A ella le sorprendió el azar de la mala suerte que se rifa todos los días y reparte sus premios a los interesados directamente. Al atravesar un pueblo dormido, el automóvil se salió de su camino, la playa, y paró en seco y a toda velocidad contra una pared.

Los gendarmes dijeron que la muchacha había muerto en el acto. El conductor solo tuvo unas heridas sin importancia. Algo así como lo que sucedía en el juego La rueda de la fortuna, como se llamaba un programa de la televisión francesa.

La muchacha de los ojos azabaches que tanto se parecía a la de Ribera no llegó a la mayoría de edad. Ni siquiera tuvo tiempo de llevar a cabo sus sueños. Como tantas otras que se matan estúpidamente en una carretera. La diferencia es que ella era mi hija. Y usted, querido lector, tranquilo, lo de querido no es más que una fórmula de cortesía, se dirá, incluso si es un tipo amable, que cree en Dios o en Satanás, “¿a mí que me importan los problemas de este tipo?”. Si es algo más desconsiderado es posible que piense que lo mejor sería suicidarme y dejarme de dar la lata. La verdad es que no tengo valor para hacer lo que usted piensa pero le prometo esforzarme.

Mientras tanto, hágase feliz pensando que a usted no le ha pasado eso y que, forzosamente, es más listo que yo. Si pasa por mi isla africana, llámeme, le invitaré a un descafeinado con leche en una playa contaminada por el turismo internacional. Y hasta puede que un día me devuelva usted la invitación.