Cuba, Heras León y la intelectualidad que cuenta

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

De oído me llegó su narrativa allá por los años 60 del siglo pasado, cuando desde mi ignorancia conocí sin estremecimientos que los guardias rojos del momento lo habían estigmatizado. Casi una década después, su osadía –narrar la vulnerabilidad humana sea cual sea la ideología política- era puesta como mal ejemplo a quienes iniciaban la carrera de Periodismo en la Universidad (UH) de La Habana. Y hoy le rinde tributo la Feria Internacional del Libro de la capital cubana, uno de los acontecimientos culturales más trascendentes del país. No me corresponde escribir de Eduardo Heras León, “El Chino” para sus amigos. Sin embargo, tras descubrir lo dicho desde el alma por Germán Piniella hace pocas horas; luego de seguir el andar de este narrador sui géneris con el decoro con el que solo los grandes son capaces de sobrepasar estigmas; transportado a aquella década de definiciones, cuando nos adentramos en otra etapa similar, considero que una aproximación a este cubano singular, es buena manera de entender a quienes nunca se han considerado “más importantes que el país” y lo siguen dando todo por lo que consideran su bien.

No voy a seguir enumerando la obra literaria de Eduardo o su otra obra fundadora como la del Centro Onelio. Otros lo harán mejor que yo. Solo quiero mencionar que cuando el tiempo de persecuciones había terminado, Eduardo, fiel y consecuente con la misma actitud hacia la literatura y la vida, ganó el Premio UNEAC (Unión Nacional de Escritores y Artista de Cuba) en 1983 con su libro Cuestión de principio. Si los censores hubieran seguido al mando, al Chino lo habrían tronado otra vez”, comentó Piniella, casi en el cierre de su exposición sobre el escritor, que comenzó así: “Hace algunos años, tantos como llevan de casados Eduardo Heras e Ivonne Galeano, nuestro común amigo Pablo Vargas me pidió que hiciera, en víspera de la boda, la presentación de la segunda edición de Los pasos en la hierba (libro maldito por los guardias rojos) . Lo hice, creí entonces como ahora, no porque yo fuera capaz de hacer un exhaustivo análisis literario de esa obra, sino porque esa edición se convertía en un hito de justicia, después de los años de ostracismo de Heras, y yo había sido testigo y cómplice de ese y su libro anterior, La guerra tuvo seis nombres, acompañante en la concepción de ambos libros, su escritura, la Mención única de Cuento en el concurso Casa de 1970, la crítica despiadada primero y luego la cacería de brujas a la que fuimos sometidos en la Universidad de La Habana, los años de no publicar, su resurgir y su posterior ascenso y reivindicación”.

Los 60 fueron tiempos de bombazos en las esquinas, de bandas armadas por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos para impedir que pariera la utopía de una sociedad más justa e inclusiva; eran los días de “Tu hijo será patriota o traidor. ¡De ti depende!”, en respuesta a aquella consigna de la Iglesia católica de “Tu hijo será creyente o ateo. ¡De ti depende!”; los minutos y las horas nunca alcanzaban, se dormía muy poco y se hacía lo inimaginable; así era el momento en que Heras León, ya con unos cuantos años encima –como hicimos muchos-, ingresó a la UH y de esta manera lo recordó Piniella: “De la tropa de Periodismo, Eduardo era el líder indiscutible, ni elegido ni anunciado, sino de manera espontánea por su carisma, su disciplina, sus conocimientos enciclopédicos de cosas que para nosotros eran esotéricas. Además de haber sido maestro normalista, profesor en la Escuela de Artillería, teniente del ejército en una época en que pocos milicianos alcanzaban ese grado y estudiante en la Escuela Superior de Artillería de la antigua URSS, donde se dice que había una placa con su nombre, Eduardo había sido limpiabotas en la Esquina de Tejas, campeón juvenil de ajedrez, escribía críticas de ballet, era un melómano cultísimo y conocedor de no recuerdo cuántas cosas más. Para nosotros era lo más parecido a un hombre del Renacimiento. Alguien del grupo decía que, si en vez de ser narrador o artillero o escribir críticas de ballet el Chino hubiera sido carpintero, sería una estrella de la profesión. De haber seguido por ese camino, hoy podría ser Premio Nacional de Carpintería, como también lo es de Literatura, algo que Eduardo no hubiera dejado, como demostró más tarde, a pesar de sufrir persecución y ejercer otros oficios”.

Eduardo Heras León, El Chino, es un cubano de aquellos y de estos tiempos, es uno de esos isleños testarudos que creen en lo que dicen y escriben, es de los que siempre cuentan aunque lo estigmaticen o ignoren. Es, pienso yo, de los imprescindibles en la literatura y en la vida.

 

 

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