La otra oreja de Van Gogh

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No creo que el “viejo” Van Gogh (murió con 37 años) tuviese nunca la humorada de comparar su retrato con el de algún dibujo en que se le viera, joven y entusiasta, trotar por las tierras pobres de Holanda con la intención de catequizar a los mineros, como hacía su padre, cura protestante. Es algo espantoso. Compara los retratos, no necesariamente pintados por el holandés, y parece como si hubieras muerto y te dejaran ahí al lado de la otra foto de joven por misericordia o por puro escarnio. Van Gogh amaba el amarillo, y en el sur de Francia pintó dos maravillas que bastarían para decir que amarillo Van Gogh es el más bello color del mundo. Me lo dijo Ulises mientras tomábamos un café descafeinado, yo había vuelto al comienzo de mis borracheras con leche, y hacíamos proyectos. El acababa de llegar de nadie sabía dónde, ni el mismo. Dice que con su barco pasó, vio luz y convencido de que en aquella costa no habría brujas que quisieran hacer de él su esclavo sexual había embarrancado.

No recuerdo por qué pero estábamos desanimados. Me hablaba con nostalgia de su reino perdido, la isla de Ítaca, que había sido comprada por una multinacional norteamericana y habían construido en ella un pueblo para homosexuales ricos. Lo que más le costaba aceptar es que Penélope se hubiese largado con los millones de la transacción, que se gastaba tranquilamente en Jamaica o Dios sabía dónde.

Pero Ulises era un “bon vivant”. Desde que estaba en nuestra isla africana situada en ningún sitio, con inútiles referencias a Europa se tomaba la vida como venía. Podía vivir como un señorito porque todavía le quedaba para fundir el oro conseguido en Troya, aunque él prefería no hablar de eso.

Nada más llegar se fijó en María, la más independiente de las mujeres, señorita en otras tierras que había decidido gastarse su dinero, y un amigo banquero decía que tenía mucho, en aquel pueblo miserable donde El Café Esperanza era una institución algo asquerosa, cutre para ser elegantes y donde desde muchos años desembarcaban todo lo que podría haber parecido escoria en cualquier otra playa. Allí no se veía la diferencia.

Un día aterrizó con una idea. Se le había metido en la cabeza reconstruir la terraza del café que Van Gogh había pintado totalmente de amarillo en Arles, allá por el sur risueño francés, lejos del lugar donde se pegaría un tiro.

Y cuando a ella se le metía algo en la cabeza… Frente al Café Esperanza había un terreno baldío que ella decidió utilizar. Lo había comprado y esperaba que los albañiles llegaran para reconstruir un cachito de Van Gogh.

En dos semanas, las paredes fueron levantadas. Dos semanas más se tardaron en construir todo el interior, con un mobiliario calcado del que existía. Ella había pasado varios días en Arles desenterrando archivos.La noche de la inauguración allí estaban todos. Se servía únicamente absinto, algo de coñac y pare usted de contar. La locura del pintor nos perseguía.Cuando llegaba la noche y se encendían las farolas de las calles, Van Gogh resucitaba en una terraza tranquila donde las negras sillas resaltaban sobre el amarillo imperante.

La loca María había conseguido que la municipalidad le dejara poner luces amarillas chillonas en todas las farolas de los alrededores del Café.

Tanto invocar los espíritus…, le había advertido Ulises.

Van Gogh, que había salido de un infierno parecido al que Dante describió, esperaba siempre la noche cerrada para presentarse en el café, provisto de una cachimba apestosa y de un sombrero que unos gitanos le habían regalado en Arles, cuando todavía no se había suicidado. Ahora que tenía tiempo trataba de pensar en por qué aquel tiro, aquellos sufrimientos para morir e ir al infierno.

Ahora, gracias a Ulises y otras relaciones, tenía permiso para escabullirse de noche y tomarse unas copas en el café amarillo que ni siquiera tenía nombre.

Desde el primer día, Van Gogj se fijó en María. Tenía el tipo de aquellas hembras que él frecuentaba en Arles y por una de ellas, decía la leyenda, se había arrancado, cortado, un trozo de oreja.

Cuando María se lo preguntaba con los ojos encendidos, los labios mojados, el busto altivo, el pintor siempre le contestaba lo mismo: -Me mutilé porque estaba loco, no por ninguna mujer.

–¿Y por mí se mutilaría usted?, le preguntaba María, con una entrega de todo su cuerpo en la voz.

–Por usted, quizá… Pero tendría usted que sentir por mí un amor muy profundo.

María se decidió. Quería saber qué sensación causaba ver a un hombre mutilarse por amor.

Y una noche, en una habitación del primer piso, toda pintada de amarilla, con muebles amarillas y lámparas amarillas, se entregó a él con toda la audacia sexual que demostraban las prostitutas de Arles y que él le había relatado en sus más mínimos detalles.

El encierro duró dos noches. Ni siquiera comieron.

Al tercer día, ya de noche, María bajó a la sala para tomarse un café. Estaba contenta, como iluminada.

Antes de que los parroquianos que se apiñaban a su alrededor pudiesen preguntarle, ella sacó un ancho pañuelo y lo desdobló cuidadosamente. En medio había algo sanguinolento. Era la oreja de Van Gogh. Presumía María que se la había cortado entera diciéndole en francés: Me has dado tanto amor que mereces toda la oreja.

Varios de los presentes se precipitaron al primer piso. La habitación estaba vacía, la cama hecha y no se notaba ningún desorden. Van Gogh había desaparecido, O quizá es que nunca estuvo.

Al bajar al primer piso vieron un corrillo más estrecho alrededor de María: -¡Me ha engañado! ¡Su oreja no está aquí!”.

Ulises se había acercado:

No hay oreja porque Van Gogh no ha estado nunca aquí. Ya os dije que tuvieseis cuidado con

El anisete de Arles que puede hacer perder la cordura.