El beso

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

No hay quien entienda a nuestro atribulado mundo de democracia encantada, según guión de Cantinflas e interpretación de la Cenicienta.En Venezuela, Juan Guaido, el hasta ahora señor presidente de la Asamblea Nacional, ha decidido saltarse los escalafones y se ha autoproclamado Presidente de la República. Mientras ocurre este ejemplo carrerista, en España, el jefe de la oposición llama traidor, y que lo repite, oiga, al Presidente de Gobierno, Juan Sánchez.Y desde Washington DC, Don Presidente de todos los mundos, incluyendo la Antártida, se carcajea de los norteamerianos y del resto del globo terráqueo mundial. Cuando estaba a punto de ahogarme entre tanto salivazo indecoroso, la salvación me ha llegado de un periódico cubano, no, por Dios, no de Granma, que lleva sesenta años sin el menor atisbo de sentido del humor.

El remedio a tanta cosa desagradable me ha llevado a leer Bohemia, que no es órgano del comité central del partido comunista de Cuba.En Bohemia, una dama llamada Yamila Berdaye, ha querido olvidarse de la ascensión social en Venezuela, del sonriente Presidente de los UsA y de todos los navajazos que cruzan por el mundo para dedicar un artículo al beso.

Sí, a esa función que hace que los labios, que normalmente sirven para emitir sonidos se acerquen a otros labios, no importa el sexo y las opciones sociales de la otra persona para afirmar con toda rotundidad que un beso lo vale todo, lo merce todo, desde una cuenta bancaria en la First Manhattan Bank hasta una casita en Acapulco.

Como el beso no hay nada, dice la osada escritora. Ellos, los labios, o los besos, que uno no es de chicle y tiene su corazoncito, son portadores de una reacción química en el cerebro, la explosión de oxitocina que se conoce como hormona del amor, porque interviene en procesos neuroquímicos, como la maternidad, la lactancia, y se dice que despierta sentimientos de afecto y apego.

“Según un estudio del año 2013, la oxitocina es particularmente importante para ayudar a los hombres a establecer vínculos con una pareja. Las mujeres, curiosamente, experimentan una inundación de oxitocina durante el parto y el acto de amamantar, lo cual fortalece el vínculo madre-bebé.

“Por otra parte, con la llegada de un amor aparece el efecto de la dopamina en la vía de recompensa del cerebro. Esta hormona se libera cuando haces algo que te hace sentir bien, como besar o pasar tiempo con alguien que te atrae·”.

Fíjense lo que puede un beso. Imaginen que Hillary Clinton le hubiese dado un beso a Donald Trump cuando estaban esperando que los electores decidieran su futuro. ¿Qué habría pasado? Probablemente que se hubiesen enamorado, que se hubiesen puesto de acuerdo para bajarse del carro de las elecciones para no tener que pelearse y que los dos estarían en las Bahamas de eterno beso que te pego. Y que la Casa Blanca estaría ocupada hoy por cualquiera que no hubiese leído ni comprendido ni ejecutado el estudio sobre el beso que tan generosamente nos ha brindado Bohemia.

Porque esto del beso es una locura. Un servidor, que pasó su vida ejerciendo el periodismo en Francia, donde el beso es una institución nacional recomendada muy seriamente por todos los dentistas de la República, puede asegurarles que cambia el mundo.

En los años 60-70, a París llegaban con mucha frecuencia jefes de Estado de África en la que entonces Francia tenía una sobrada influencia política. Era una delicia ver a todos esos presidentes africanos, que en general se habían ganado los galones un poco como el señor de Caracas que decidió reemplazar a Maduro sin que nadie le pidiese nada.

Pero quizá también con un pequeño impulso autoritario, o haciendo desaparecer a los ex presidentes porque no tenían la menor idea de gobernar y que ellos, los que venían a París, eran los único merecedores de tener el poder para alegría de todos los africanos.

Entonces llegaban al Palacio del Elíseo, residencia oficial del Presidente de Francia, y en lugar de estrechar la mano que generosamente tendía el primer magistrado de Francia, lo abrazaban y a veces hasta lo besaban en las dos mejillas, uno o cuatro besos según la tribu de procedencia.

Fíjense como sería aquello de agradable para todos que Valéry Giscard d’Estaing, un señor más que estirado, imperturbable, fue el más besado de todos los Presidentes de la Francia profunda.

Todo empezó cuando era solamente ministro de Hacienda, es decir el elemento indispensable para dialogar con esos presidentes que peregrinaban desde su lejana África para pedir dinerillos. Y el hombre que le conquistó, en el sentido más puro de la expresión porque Giscard estaba casado y tenía hijos, fue Jean Bedel Bokassa,,presidente de Centroáfrica. Un país más de la selva africana pero muy rico.

La primera vez que se vieron él y Giscard ocurrió como en el artículo de Bohemia. Hubo chispa entre ellos –entiéndase que era en el sentido más sano y cristiano del mundo—y Jean Bedel le dijo a su amigo Valery que le invitaba a una cacería africana, que allí tenían bichos a porrillo.

Giscard, llevado por su amor irrefrenable de los animales, aceptó ir a visitar a su amigo. Cuando regresó estaba encantado. Traía trofeos lógicos de un campeón cazador pero también unos cuantos diamantes que Bokassa le había dado como prueba de amistad.

Se armó el consiguiente escándalo en la prensa francesa, porque son gente muy aburrida que no entiende que unos cuantos diamantes, suficientes como para arreglarle la vida a cualquiera, pero ellos eran gente de bien. Se trataba simplemente de un gesto de amistad.

Estamos en 1974. Giscard ya había ascendido y era presidente de la República francesa. Entonces, Jean Bedel Bokassa, que estaba harto de ser un triste presidente de la República se acordó de Napoleón, y se dijo que por qué él no tendría derecho a serlo también.

Y sin pensárselo dos veces, en 1977 y después de consultar con su amigo Giscard, montó un enorme teatro en Africa Central para su coronación. Porque él quería ascender, como el señor de Caracas, pero de buena forma y con mucho tronío.

Cuentan que aquella coronación, auto coronación más bien, fue lo nunca visto. La corte del Rey Salomón, en aquella película en la que Stewart Granger llevaba por la mano a Deborah Kerr. Y aunque no se veía en la película, le arreaba cada beso a la muchacha que sin haber leído el artículo de Bohemia se lo sabía de memoria, que si la saliva debidamente untada, que si el salivazo debidamente repartido. Una felicidad.

Total que Bokassa, del que algunos envidiosos decían que si era un tirano, que sus cárceles estaban llena de gente, sí, claro, pero de falaces gentuzas que no le amaban, y él estaba por los besos de la conciliación. Decía cosas tan profundas como “Acércate morena que te voy a dar un beso”·.

El 4 de diciembre de 1977, se puso la corona encima de la cabeza para que la gente supiera que ya no era ni general ni presidente sino Emperador, que es lo que era el otro Napoleón nacido en Córcega. Y la gente se reía y se reía, pero no delante de él, porque el hombre tenía reacciones humanos y probablemente hubiese cortado la lengua a los más osados.

Todo por el beso de Bohemia, mon Dieu. Pues se coronó y así fue feliz durante dos años. Y probablemente nunca se enteró de que el carruaje que llevaba en su coronación, que se lo había enviado el presidente Giscard d’Estaing, como otras tantas cosas, era un carricoche de muertos.

Las malas lenguas se desataron entonces y pormenorizaron que no teniendo otro carromato que mandar al impaciente aspirante a Emperador, el gobierno francés echó mano de una carroza que estaba arrumbada en un pueblo y donde había servido durante años para transportar a los muertos.

Pero como todos los cuentos tienen un final. En 1979, ya se habían olvidado los besos de unos y otros, al Emperador se le cayó la corona. Malas lenguas dijeron que habían sido los paracaidistas franceses los que en una rápida acción aerotransportada le habían impedido seguir jugando al Emperador de Centroafrica.

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