Un Prozac, por favor, sin hielo

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Alguien ha tenido la humorada de mandarme, supongo que con buenísimas intenciones, la historia de un tipo que tenía una depresión y trataba de sacársela del cuerpo. A mí, que llevo hace cuarenta años en el mar de las depresiones. Pronto será el cumpleaños de la primera de ella, a la que más cariño le tengo, porque fue la primogénita. El psiquiatra me había advertido; “Esto es como un infarto. Se le queda la marca y de vez en cuando se acordará de usted”.Prometo avisarles para el cumpleaños de aquella desconocida y terrorífica criatura que se metió en mi cerebro sin avisar y como si yo supiese qué hacer con ella. Y prometo también invitarles a un sorbito de Prozac, antidepresivo que ahora tiene mil formas diferentes y que sigue haciendo ricos a los laboratorios farmacéuticos. Les aconsejo mezclarlo con media copita de orujo asturiano del que tomaban los mineros antes de meterse a trabajar en aquellos profundos pozos en busca del sustento cotidiano. Eso era, naturalmente, cuando todavía había minas de carbón en Asturias.

Nunca vi a un minero deprimido. Ellos le daban más bien a la silicosis. En una ocasión, allí todo el mundo se conocía y yo era una especie de invitado de piedra, uno de los mineros, tipo de buen aspecto y simpático, llegó a la hora de su turno, bajó con la jaula, se lio no sé cuánta dinamita alrededor del cuello y se voló la cabeza, y todo lo demás. No era, según me dijeron, un problema laboral, sino mal de amores, me contó uno de sus compañeros en un chigre, esos bares solo para mineros, donde todos los que salían del pozo iban a lavarse las tripas con unos vasos de coñac. Lo de las copas quedaba para los señoritos.

Y ahora quieren que yo me compadezca por una depresión más o menos. Como si la depresión se pudiese comprar en el chino de la esquina. La depresión, esa que viene y va y hasta te permite vivir casi normalmente, no se la venden a cualquiera. Es como los besos de amor de esa tonadillera que decía que un beso de amor no se lo daba a cualquiera. Para tenerla en propiedad hace falta una licencia nunca escrita y probar que la mereces y que sabes utilizarla.

Todo había comenzado con un café con leche entre amigos. Todos se conocían menos tú y ella. Y de pronto, mientras la leche enturbiaba el café de Colombia mezclado con otro de Madagascar, ella se dio cuenta de que aquello no podía seguir así.

Tú acababas de estrenar tu primera depresión al cabo de un largo viaje con muchos mares y playas donde las muchachas se llamaban garotas. Ella, científica con cierto renombre, acababa de abandonar a un esposo brillante pero que no sabía dar amor porque le parecía un ungüento para pobres. Cuando salisteis de aquel bar sin puertas y sin camareros la acompañaste hasta su hotel y le pediste un beso porque lo necesitabas como a veces un vaso de agua puede aparecer como una bebida mágica.

A la mañana siguiente, cuando ya ibais por la segunda taza de café, ella le dijo que le quería.Él no sabía qué era aquello porque nunca nadie le había amado en serio, como en las películas, como cuando Gregory Peck se enamora de la princesa virgen y perdida en las calles de una Roma que ya no existe porque los bárbaros terminan por ocuparlo todo.

Cuando dos días después os encontrasteis en la Redacción del periódico, él le sonrió y ella le devolvió la sonrisa con un beso feliz. Y entonces, en el preciso momento en que los teletipos escupían la noticia con campanitas de la ejecución del Che Guevara en Bolivia, supo que su íntima depresión, aquella que había arrastrado por tres continentes, le había dado una tregua y le dejaba ser feliz. Aunque fuese un rato, se dijo mientras cortaba el teletipo y salía disparado para preparar la noticia.

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