Adrenalina para vivir

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Son gente que dignifican el hacer humano, a diario empañado por personajillos que no piensa más que en sus propios y altos intereses. Se les ve en cualquier ciudad del mundo, pero casi no se les mira, forman parte del paisaje. Sin embargo son el elemento indispensable de una sociedad donde la catástrofe es el pan nuestro de cada día.No lo hacen realmente por dinero aunque ganan un sueldo, pero en muchos otros oficios pagan más y resulta menos peligroso, aunque ya les advierto que tampoco se balancean en un trapecio de circo ni se dedican al mantenimiento de la Torre Eiffel y otras alturas de vértigo. Gente ordinaria a la que le parece normal ejercer una profesión extraordinaria, donde hasta a veces se juegan la vida, sin que por ello cobren un sobresueldo. Corren de un sitio para otro, adonde les llaman, en una especie de nave espacial con ruedas cargada de todo tipo de medicamentos y artilugios de curar. Gente que sabe remediar lo remediable y a veces hasta lo que no lo es. Emiten un quejido de sirena remolona por donde pasan, mientras en su interior vistosos uniformes se cruzan alrededor de una camilla.

Los equipos médicos de las ambulancias tienen un cometido, único pero que no admite retraso: llevar a domicilio el bienestar o por lo menos tratar de que lo malo no sea lo peor. El técnico, que conduce con la suficiente pericia y asiste cuando el enfermo, el apachurrado de la vida le pide al médico, a la médica, al enfermero, a la enfermera, que le saquen de esa, por el amor de Dios.

Son clandestinos de la bondad. Nunca se les ve cuando operan en una carretera donde un coche se ha estrellado con su carga humana, en un domicilio o dentro de la ambulancia donde suenan órdenes de mando que deben de saber a oraciones. Mientras el enfermero canaliza una vía, el médico, la médica, ordena: “Ponle una amiodarona (antiarrítmico)”…”Ponle una adrenalina”… “Dame las palas y desfibrilador a 150 julios”… “Todo fuera, descargo”…

“Pero en los equipos nos conocemos y la enfermera o el técnico dicen que soy transparente y que me leen en la cara lo que quiero que hagan”, precisa la médica de guardia, María Victoria P.

Hace quince minutos, los tres tripulantes de la nave que se envalentona con su sirena departían tranquilamente en su base, quizá tomando un café o pensando en el día de descanso. Hasta que llegó la llamada y todos volaron. La adrenalina había invadido el estrecho cubículo de la ambulancia, que salía disparada hacia el destino comunicado por teléfono,

Si en un alto en el camino, cuando las aguas están calmas, interrogas a los tres mosqueteros de cualquier ambulancia, es posible que todos te contesten lo mismo: “Lo hago porque me gusta, La adrenalina se me sube en cuanto la sirena empieza a pedir paso. Quiero ayudar a los demás”.

Apenas la ambulancia ha frenado en el lugar del accidente de una carretera tomada por la policía para evitar males mayores, las puertas se abren y los sanitarios con sus mochilas de vida saltan al asfalto, se tiran literalmente en busca del herido. “El otro día era una niña de 7 años. La niña venía de la playa y al atravesar un automóvil la había embestido. Estaba rota por todas partes. Pero mantenía la conciencia intacta. Mientras trataba de componer lo que podía ella no deja de hablarme, de animarme. Pudimos trasladarla al hospital viva. Cuando la “entregué” en el hospital, estaba muy feliz”.

La médica que me lo cuenta no se ha ilustrado en ninguna guerra. Cursó medicina, se doctoró, curso estudios inacabados de teología y decidió que lo suyo era la adrenalina de las ambulancias, donde sabes que puedes hacer algo útil, y que la persona que requiere tu ayuda no está allí porque tenga un catarro. La médica es madre de dos hijos, tiene un marido también médico y no concibe la vida fuera de la medicina.

Tampoco es una loca aventurera, porque para ejercer ese oficio en las peores circunstancias no hay que tratar de jugar a la ruleta rusa. Pero mientras la adrenalina de la emoción le acelera el corazón y le alcanza al sistema nervioso, manos expertas se mueven sobre la persona que más ayuda necesita en ese momento. Jeringuillas, vías, sueros, tranquilizantes.

Con suerte, cuando el motor de la ambulancia vuelve a ronronear, el herido, el infartado, la mujer o el hombre que han necesitado la intervención, saben aunque sea desde el fondo de la inconsciencia que la sirena que oyen vagamente es para abrirles camino a ellos hacia un hospital donde seguirá o se terminará la “reparación”.

Ahora a esperar la próxima llamada. Para entonces la adrenalina ya estará de nuevo en su puesto.

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