Gunther Grass, guerra y fútbol

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me gusta Gunther Grass, ese escritor alemán que con un tambor de hojalata revolucionó la literatura y las conciencias en los años setenta, con toda una serie de circunstancias de su Alemania natal por la que había pasado el rodillo de Hitler y sus muchachos. Gunther Grass falleció en 2015 casi con noventa años. Una vida apretada de todas las vivencias del mundo, porque escribir es el arte de saberlo todo, de decir lo que te sale del solsticio oriental.Este hombre, que soportó la altivez de Hitler y la estupidez de la Alemania Roja, la del Este, merecería más respeto del que se le otorgó en ciertos momentos cuando vivía. Pero eso ya es otra historia. Odio el fútbol y las cuatro personas que me quieren lo saben. Odio que un señorito gane millones simplemente porque sabe jugar con un balón. En ese juego de yo te paso la pelota y tu rematas no hay la menor sabiduría, solo casualidad del destino, Pero el tipo que llega al balón de oro y a la cuenta bancaria sin suficientes ceros no es nadie. Un advenedizo.

Pero en el fondo la vida es un partido de fútbol. Se gana o se pierde por la idiotez.Los escritores son los que no saben jugar al fútbol.En su libro “Mi siglo”, Gunther Grass cuenta de todo y de nada y hace un punto y aparte en el fútbol, y en una circunstancia que coincide conmigo.

Resulta que hacia 1960 el Real Madrid fichó al que entonces decían que era uno de los mejores jugadores del mundo, el húngaro Ferenc Puskas. No sé por qué ni me preocupa demasiado aquel fichaje alborotó al mundillo multimillonario del fútbol. Yo vivía entonces en París y colaboraba con una agencia de prensa con sede en Madrid, Keystone-Nemes.

Un día, el director me telefoneó a París para pedirme que acudiese a Madrid. Era más o menos amigo de Puskas y estaba seguro de que le daría un reportaje super exclusivo en cuanto llegase a la capital española recién fichado por el Real Madrid, pero quería que las fotos las hiciera yo. Por lo visto tenía en mí una confianza excesiva o es que no tenía a mano a nadie de quien fiarse.

Pasé un par de días en Madrid haciéndole las fotos que quería, del texto se ocupó finalmente él, y me volví a París. Por eso y nada más que por eso me ha hecho gracia el apunte que tiene en su libro Gunther Grass sobre ese fenómeno del balompié: “Después de la sangrienta sublevación húngara (Puskas) se quedó en Occidente, porque estaba de viaje en Sudamérica con el equipo nacional, renunció a su acreditado restorán de Budapest y adquirió luego la nacionalidad española. No tuvo dificultades con el régimen de Franco, porque de Hungría, en donde el partido en el poder –lo mismo que los checos a Zatopek—lo habían exaltado como “héroe del Socialismo”, había traído las experiencias del caso. Durante siete años jugó con el Real Madrid e hizo millones, que metió en una fábrica de embutidos: Las Salchichas Puskas se exportaban incluso al extranjero. Y, de paso, aquel comilón, que siempre tuvo que combatir el exceso de peso, tenía un restorán para gourmets: el Pancho Puskas”.

El libro está dividido en años y, forzosamente alcanza la II Guerra Mundial, en la que su país fue el protagonista principal. Y el escritor no deja de contar algunos horrores de esa guerra, que para los alemanes siguió en realidad en forma de miseria, hambre, calamidades de todo tipo y otras menudencias cuando las tropas soviéticas, que llegaban con ganas de vengarse de Estalingrado, entraron a saco en Berlin y violaron a troche y moche. De estas violaciones no habla Grass pero constan en informes oficiales.

Pero sí da alguna pincelada, como cuando cuenta que los incesantes bombardeos habían incendiado su casa en Alemania: “Y presencié cosas que no es posible…En la vivienda de dos ancianas que vivían encima de nosotros, ayudé a apagar las llamas de su alcoba, en donde las cortinas y las dos camas ardían… Apenas había terminado, una de las ancianas dijo: “¿Y quién va a mandar a alguien para limpiar la casa?”.

Otro apunte: “Sin embargo todavía veo en la Friesenstrasse los cables del tranvía colgados entre las ruinas humeantes, bueno, como serpentinas de Carnaval. Y en la Breite Strasse, cuatro grandes edificios comerciales eran sólo esqueletos metálicos… A la jefatura de policía le faltaban los últimos pisos… Y Santos Apóstoles partida por un hachazo…”

Para los periodistas a los que nos han escapado todas las guerras, supongo que una atrocidad de ese tipo da para crónicas callejeras como las de Grass o las de Ernest Hemingway cuando los bombardeos de Madrid.