Langostinos con croissants

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando menos te lo esperas, a la revuelta de un ensimismamiento, te caes en el pozo de Alicia y todo es posible.Ibas temprano a la boulangerie. En aquellos tiempos en que Charles de Gaulle ajustaba el uniforme cuando tenía que decir algo importantes a los franceses por televisión, aunque el resto del tiempo vistiera el traje clásico de raya diplomática cruzado, más conveniente para un Presidente de la República. Los panaderos de París parecían creer entonces que una sencilla baguette era un objeto sagrado que no valía solo para saciar el hambre. Los croissants au beurre o los más pobres, sin mantequilla, eran los objetos del culto de comer. Ni siquiera te quitaban el hambre porque eran solo una delicia, un pasatiempo para el paladar.

Mientras la mantequilla de encaje te llegaba al fondo del alma, podías imaginar que aquella mañana le llevabas un cartucho de croissants a Audrey Hepburn, que harta de desayunar con diamantes, te esperaba Rue Royale con gafas negras y guantes que le había prestado Rita Hayworth.

¿Qué te queda cuando por tu mala cabeza has perdido París y La Habana, después de que casi has olvidado a qué sabía el aire del amanecer en el puerto de Tánger, hoy convertido en una ciudad ultramoderna, preparada para los altos negocios?

Entonces a Tánger la internacional le pasaba como a La Habana de tiempos Revolucionarios, donde olía sin tapujos a especies y a sudor de sobacos de muchacha casadera. También Tánger estaba perfumada de croissant fresco, recién salido del horno de algún panadero francés exiliado de la vida, que dejaba manchas de mantequilla sabrosa en la bolsa de papel marrón.

Aquella noche con aspiraciones a madrugada de 1985 en La Habana todos los olores del mundo los eclipsaba un saborcillo a langostinos recién arrancados al mar, donde iban de compras cuando un pescador los atrapó. Era en un monumental salón-selva del Palacio de la Revolución y Fidel Castro recibía a gente del Festival de Cine de La Habana, además de nuevo cine latinoamericano.

Nunca he olvidado el gusto de esos langostinos repantingados en bandejas de plata de la gata, que formaron desde entonces parte de mi leyenda cubana.

Ni los tornados pueden con ese encanto de una ciudad que cientos de años atrás fue descubierta por aventureros. Pueden caer trozos de los edificios pero La Habana vuelve a levantarse, con el orgullo de una señorita bonita y elegante que ha resbalado cuando iba al baile del gobernador.

Hubo un tiempo de la película “El olor de la papaya verde”, que cuenta un cachito de Vietnam con la poesía que solo saben declinar los desesperados de la vida.

El cine olía a papaya y tú olías a papaya verde. Con ese olor imaginario de una sala de cine me enamoré de ese lejano país que tuvo la desgracia de conocer toda la violencia del mundo, primero la de los franceses, más romántica, y luego la bestial embestida de las tropas norteamericanas. Ni todo el “agente naranja” que cayó en sus selvas bastó para borrar ese olor de un fruto sin mayor trascendencia.

Es curioso cómo un olor identifica a una ciudad, a un barrio, a una casa. Es como el perfume que define a una mujer, que puede ser incluso sudor natural.

Y casi siempre, y de eso saben mucho los negociantes perfumeros, el olor es el pasaporte, la manera de conocer, de acordarse de lo que ya estaba olvidado. Los olores de nuestra infancia, de la adolescencia. El perfume de mujer que bailaba Al Pacino ciego con una muchacha que se había dejado tomar por la talla.

Mi enamoramiento por la papaya verde era antes de que conociera de madrugada una ciudad que había vivido una Revolución y cuyas mujeres olían, seguirán oliendo imagino, a ese perfume indefinible con que se adornó Leda para acoger entre sus piernas al dios Zeus disfrazado de bello cisne.

Luego, aquella mañana-noche del aterrizaje en el aeropuerto Martí, en la calle 23 me tropecé con una miliciana de verde olivo. Y fue el enamoramiento ciego y absurdo que dura hasta ahora.

Está visto sin embargo que todos los ensimismamientos acaban alguna vez.

Un día, llegaba yo de Brasil con ganas de Europa, me percaté de que ya París no me quería. Tal vez fuese culpa mía, porque la había dejado abandonada demasiado tiempo quizá.

Y regresé a La Habana en busca del olor de los langostinos del Palacio de la Revolución. En una esquina, un ciego, que en nada se parecía a Al Pacino, me dijo que no perdiera el tiempo: “Todo cambia, sabe usted. Pero no se aflija. Ya le llegará otro enamoramiento y olvidará el anterior. Esa es la vida. Y yo tengo mucha vista para estas cosas”.

Aquella noche, cuando una muchacha de largas uñas rojas como la ira me empezó a contar no sé qué cuento milonguero en los jardines del Hotel Nacional, llamé al camarero y le pedí que por favor me confeccionase, me construyese, el más increíble ron con rocas que fuese capaz de imaginar.

A la mañana siguiente, sin uñas rojas al horizonte, comprendí que el cuento se había acabado. Que había que despertar. Y tomé el primer vuelo de Air France, que ni siquiera pudo llevarme a París. Porque París ya no existía.