La primera vez

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cuando tenía siete u ocho años tuvieron que zanjarme un furúnculo en mi trasero nunca maltratado. Aquello ocurría en un pueblo de Andalucía de cuyo nombre ni me quiero acordar y el encargado de aquel trasplante o casi fue el practicante del pueblo, Don Augusto, un tipo bajito, que conocía ya todas las miserias de la humanidad y que era un personaje sumamente popular.Decidieron que la operación se desarrollaría en un dormitorio de lo más alto de la casa, donde entraba el sol a raudales y mis primorosas primas, cinco de entre 17 y 20 años, me mimaban esperando el terrible momento. Con su traje negro de los domingos, un bigote impresionante y gestos decididos, el practicante se presentó a la hora prevista para el sacrificio. Había gran expectación en la habitación que hubiera podido ser una plaza de toros. Las primas primorosas rodeaban mi enorme cama de mullido colchón, todas vestiditas de blanco. Eran las cinco de la tarde y en un santiamén me dejaron con el culo al aire y el practicante hincó la espada hasta que aquello estuvo hecho. Creo que no sentí nada porque me había dado una anestesia local pero lloré, aullé, vociferé como probablemente lo hizo San Juan Bautista cuando le cortaron la cabeza por el encargo caprichoso de una hija de Herodes.

Fue todo muy rápido y en un santiamén la corrida había terminado. Las primas me habían rodeado. Estábamos en agosto y el sol era una bendición. Todas se metieron en la cama, enorme cama, y me mimaron tanto que a las siete menos cuarto de la tarde yo ya no sentía ningún dolor sino una sensación en la entrepierna que nunca había conocido. Era muy agradable. Las muchachas hacían todo por distraerme y no les importaba enseñarme unos cuerpos que con diez años más me hubiesen perdido.

Durante días y días, fui el rey de la casa. Mi habitación era el harem de las Mil y una Noche y aquellas primas, que empecé a mirar de otra forma cuando sentí el gustillo que me daban sus caricias maternales, o más o menos, o como sea. Creo que fui allí, durante esa crisis culera, donde me convertí en hombre que pronto comprendió la diferencia entre los mimos maternales y los mimos carnales.

De aquellos miles de momentos felices me ha quedado una pequeña cicatriz que de vez en cuando contemplo en el espejo con cariño. Don Augusto el prácticamente fue mi primer contacto con el mundo sanitario. Su operación había sido tan glorioso, tan maravilloso el tiempo de recuperación, aunque yo traté por todos los medios de alargarlo, de no salir de mi cama, donde me despertaban, me mimaban y me querían.

Tal vez fuese la primera y la última vez que me sentí querido de verdad, bueno más bien adorado. Además, había miradas que me descubrieron otro mundo. Cuando me dieron el alta, pese a mi resistencia, me organicé siete u ocho “recaídas”. Mi infancia se había quedado entre aquellos colchones donde Sherazade se hubiese sentido como en el paraíso.

Con toda la gloria que había conseguido con la delicada operación trasera me paseé por el pueblo como seguramente no lo hizo MacArthur cuando llegó de las Filipinas. Era un hombre. Había vencido el dolor y había aprendido que lo único que vale la pena en la vida es una mujer amante.

Ustedes dirán que mucha ciencia para un mocoso de siete u ocho años. Pero, por Dios, si es que los hados habían querido llevarme al cielo. Pasaron los años y el pueblo se difuminó con aquellas iniciadoras primas ennoviadas, casadas y yo que sé. Fue la primera desilusión de mi vida. Estoy al otro lado del cuadrante solar de la vida y sigo viendo a aquel maravilloso Don Augusto, el practicante, que sin saberlo me hizo un hombrecito.

La vida ha cambiado mucho desde aquella operación a culo abierto. El mundo, que yo solo veía a través de la bondad de la gente que me rodeaba en aquel pueblo pese a las carencias y a las heridas que había dejado la guerra, la de España. Yo nací justo cuando terminó pero luego fueron enterándome de que aquello no había sido como los enfrentamientos que con espadas de palo confeccionadas con todo su amor por el carpintero del pueblo librábamos nosotros contra la injusticia.

Ya de mayor, de más mayor y desde el cuadrante solar de ahora he vuelto más de una vez al pueblo pero he encontrado casi nada. La calle, destrozada por esos genios de la estafa y del negociado que son los modernos mercaderes del templo. La casa donde tuvo lugar aquella memorable operación realizada por Don Augusto ha sido convertida en una especie de tienda horrorosa, con todo el mal gusto de que es capaz la gente cuando cree que sabe algo.

Las primas de mi operación de hombre han desaparecido. Quizá quede alguna pero prefiero no saberlo porque en este cuadrante solar las cosas ya no son igual. Don Augusto murió, creo, y con él las ilusiones.