Sea políticamente correcto, por favor

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Europa del Renacimiento floreciente, la de los grandes pintores, la de la libertad inventada en 1789 con la Revolución francesa, cuyas luces iluminaron a un mundo exterior algo atrasado, sin más intereses que lo que no se veía. Esta Europa perfecta de los Papas, de los señores de Florencia, de las Reinas más poderosas y bellas que tenían sus cortes en París, donde se inventaron Los tres mosqueteros, el libro de libros. Europa está cayendo desde hace algún tiempo en un letargo de inteligencia que aprovecha la imbecilidad ambiente para imponer una especie de censura automática, llevando a la corrección política más absurda, donde ya ni los humoristas se atreven a gastar bromas.

Nos faltan todavía los tribunales de la Inquisición para quemar a las brujas de Salem. Nos falta un McCarthy como el que gozaron los norteamericanos en los años cincuenta. Pero ya se nota que lo políticamente correcto, despellejado por Mayo del 68 y que nadie aceptaba, nadie o casi, está volviendo. Eso quizá en parte a la pandilla de analfabetos indocumentados que se apoderan de las redes sociales para decir majaderías, a veces peligrosas y aunque sea con faltas de ortografía.

Un niño se cae a un pozo y se organiza una cobertura periodística políticamente correcta.

Nadie dice una palabra que no esté en el guión que alguien ha decidido en el infinito.

Pero la verdad es que donde noto más el rigor inquisidor es en el cine.

Llevo medio siglo actuando como crítico de cine. He visto algunas películas y siempre he dicho lo que me parecía, aunque luego el responsable de prensa de la productora viniese a quejarse.

La tremenda proliferación de aficionados metidos a escritorzuelos, que no se cortan para hacer comentarios políticos, sociales, o de toros, o de cualquier cosa, sin tener más base que su propia cabecita que nunca estuvo hecha para estas esferas, es, creo yo, la que está agravando la crisis del políticamente correcto.

Hay una película que todo el mundo conoce, Roma, del mexicano Alfonso Cuaron, que va a llenarse de Oscars. Sin embargo, apenas ha salido en las salas y ha sido vista lo más a través de la plataforma televisiva Netflix que con medios delirantes quiere implantar otro tipo de cine. El que ya no necesite salas y se vea en las pantallas televisivas de todos aquellos que le hayan pagado a esa empresa el canon impuesto.

Para empezar, una película sin pantalla grande, sin el sonido de una sala, sin el ambiente de un público, no es película, es un telefilme que se ve en casa tirado en el sofá mientras hablas por teléfono o haces las cuentas del mes.

Se rompe la magia del cinematógrafo , de las salas, aunque sean pequeñas, donde se comulga todavía, donde la sensación de entrar en otra dimensión no ha desaparecido.

Llegamos a la hamburguesa cinematográfica. Aunque yo lo ignoraba, y probablemente una parte importante de la humanidad, el diario inglés “The Telegraph” tiene una crítica de cine llamada Eleanor Halls, a la que se ocurrió ver “Roma”, en su casa con una amiga y pagando la cuota que demanda Netflix.

Pero resulta que las dos mujeres pidieron una pizza y le dieron al play para ver la que mucha gente considera una obra maestra. La crítica de “The Telegraph”, encargada de juzgar, se quedó dormida durante gran parte de la proyección. La mujer publicó su crónica diciendo que Roma le parecía aburridísima. Le fue imposible verla entera, se durmió.

Entonces, por Internet ha circulado una versión en la que se insinúa que quizá la señora estaba borracha, aunque ella misma lo desmiente.Pero, oiga, que es Netflix, que a esta plataforma televisiva no se le chista y menos se le tose. Que ya quiso imponerse en el Festival de Cannes y que sus películas pasaran como hechas para cine. Les confieso que yo vi igualmente Roma en esa plataforma porque no había otra manera de verla –ahora parece que estará en algunas salas de cine clásico—y me pareció de un aburrimiento sublime que podría provocar una hecatombe de moscas que pasaran en orden de ataque delante de la pantalla del televisor durante la proyección.

No me ha gustado Roma No quiero Roma. Me parece que han falseado su fama como tantas veces se ha hecho, pero no con tanto descaro. Y lo digo porque soy crítico y todavía en Europa se puede decir.

Ya sé que Netflix no me va a llamar para concederme el premio al mejor crítico. Pero ya está bien de apabullar al personal.Aunque no importa porque hay cientos de aficionados, de los que escriben en esos medios abiertos a todas las estupideces y a todas las ignominias, que rápidamente se convertirán en críticos de cine aunque en su vida hayan visto más de tres películas y algunos noticiarios.

El políticamente correcto se consigue con mucho dinero o por las armas. Aquí, por el momento se utilizan a cuatro periodistas del montón que siguen órdenes y gritan que Roma es el portento, que Cecil B. de Mille era un cretino y que Luchino Visconti no sabía filmar una película.

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