El expatriado

 

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Si mi profesor de Literatura de secundaria hubiese sido un tío, no hubiese llevado zapatillas “cenicienta” que se les llamaba entonces y no hubiera tenido la cara más bonita del norte de África, hoy yo no sería escribidor y el mundo hubiese perdido un futuro Premio Nobel. Son cosas que pasan. La profesora tendría poco más de veinte años y yo 15. Un día, tal vez harta de mi adoración algo babosa, lo reconozco, me dijo que lo mío era escribir y que debería ponerme a ello. Es decir, largarme lejos y dejarla tranquila. No pronunció estas palabras porque las mujeres no las necesitan para decirte lo mismo. En cuanto acabó el curso, dos semanas, salí pitando para Tánger y mi adorada profesora, luego las malas lenguas me lo comentaron, pudo respirar.

Me había puesto a contarles este cuento, porque toda verdad es un cuento remodelado, pero tengo un sueño espantoso. Lo más prudente sería que diera una cabezada para no contarles demasiadas mentiras.

Mientras dormía, apenas dos horas mal contadas, he soñado con La Gioconda, que me ha dicho que está harta de que haya en el mundo varios tíos pesados que quieren descubrir su verdadera identidad. Porque aparte que fue la obra más singular y que más dio que hablar del pintor italiano Leonardo de Vinci, nadie sabe nada sobre la mujer que posó para que ella naciera allá por 1540 y tanto. La Gioconda que no es más que la encarnación más perversa de la mujer.

Doña Gioconda, que me apareció toda despeinada y sin maquillar (”Es que me traer locos los periodistas. Ya me gustaría a mí también saber quién me metió en este lio de la celebridad”) me pidió que le dijese a don Leonardo que dejase de complicarle la vida y que si lo hubiera sabido nunca hubiera posado para el cuadro.

Es que parece que tantos siglos después, esto lo leo en Le Figaro Magazine, nadie sabe quién es la moza a la que Leonardo de Vinci prestó una sonrisa que más que encantar intriga a todo el mundo. La verdad es que mirando el cuadro en el museo del Louvre, en París, se puede pensar que la mujer está pensando en si le conviene más guisar espaguetis o poner un buen plato de sardinas en aceite.

La conversación a 224 por hora de mis vecinas hindúes ha provocado un cortocircuito y vuelve a mí aquella Cenicienta mía que me enseñaba cosas de Literatura española, porque entonces yo vivía en una isla africana ocupada por las tropas españolas. Había 120 mil habitantes y 12 mil militares aparte veintidós mil putas que en un barrio reservado según se subía por la carretera del cuartel de Regulares ejercían ese bello y manual oficio de dar al que no tiene.

Yo era demasiado joven y estaba enamorado, como para pensar en guarrerías. Y por si fuera poco mi papá, el Coronel, me había puesto un taxi del Estado Mayor a mi disposición para que no me equivocase de camino.

Una noche en que estaba chupeteando una goma de borrar Milan –el vicio me ha quedado y mi médico me quiere convencer para que ingrese un ratito en desintoxicación—Cenicienta pasó por mi calle Falange Española.

Mi corazón ni se paró. Yo ya había publicado un cuento en un semanario de Madrid, Juventud, y la encontré mustia, más vieja y con gafas. Decidí olvidarla. Qué quieren ustedes, la vida pasa, y la celebridad es un carro que tira de todo. Yo ya me consideraba en lo alto del cartel, como luego entendería que decía un cantante francés, y ya no creía en el amor.

Tuve la tentación de volver a Tánger, mi patria verdadera porque allí me enseñaron a escribir, a vivir y a ser un hombre, pero pronto me di cuenta de que una tentación no es más que un sueño que no recuerdas al despertar.

Te das cuenta, de pronto, o a ratos, qué más da, de que en realidad no eres de esa Ciudad Internacional, que tan bien te acogió y a la que le debes más que a tus padres, ni tampoco eres de ninguna otra. Te echaron al mundo en un lugar que ni conociste, Tetuán, y a partir de ahí, la vida.

No eres de ninguna parte ni lo serás nunca, porque los expatriados de profesión nacen ya con ese estigma, el de que nunca echarás anclas en ningún sitio. Pasarás la vida queriendo coger el último avión, que tampoco tomarás. Cuando se es un perdedor, y perdedores somos todos, incluso ese lector que lee creyéndose un triunfador porque tiene una secretaría a la que puede mirarle la entrepierna sin demasiado peligro a la Inquisición.

Es cierto que nunca has presumido de nacionalidad, de lugar de nacimiento. En esto siempre has envidiado a los franceses de hondas raíces que necesitan una casita en el campo para probarse a sí mismos que en realidad, aunque viven y padecen en París, son bretones, normandos o de Niza, esa ciudad también sin alma, pero bella como todas las depredadoras, que se asoma al mar con descaro.

Llegas a no amar ninguna ciudad porque nunca te enseñaron a hacerlo. Llegas incluso a amar a tantas mujeres porque buscas a la que te ayude a echar el ancla, porque tú solo eres incapaz.

Pero las mujeres son exclusivas, testarudas en el amor, convencidas de que el hombre que ellas quieren es por derecho de ellas solas. Y no se dan cuenta que el expatriado necesita que lo amen cuanto más mejor. Que le digan buenos días al despertar de una dulce noche en francés, que le lleven a comer en francés y que le acuesten en árabe.

Los expatriados no son como los demás hombres. Son bichos que no quieren jaulas, a los que es muy difícil amansar y siempre por poco tiempo. Pero ellas no lo comprenden. Quieren la exclusividad del pobre diablo que nunca tuvo un puerto de atraque y que siempre viajó por la vida con el espíritu de un pasaporte de refugiado.

Ulises, explícales, tú que fuiste el exiliado de cuatro mares, el amante de doce beldades y finalmente el feliz esposo de aquella que supo esperarte con tanta paciencia en la isla ya olvidada de Ítaca.

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