Sádica violencia norteamericana a domicilio

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Es asustadora la forma en que las películas televisivas norteamericanas invaden nuestra intimidad en una histérica banalización de la violencia más sádica en forma de series policíacas, que hace cuarenta años eran sencillos enfrentamientos entre la ley y el desorden, con un fin aleccionador. Los representantes de la ley usaban revólveres Smith and Wesson de 6 balas, lo que parece una broma al lado de las pistolas ultrarrápidas, mortíferas a más no poder del arsenal que hoy exhiben todos los héroes, también los malos, claro, que incluyen fusiles de asalto y el material militar más sofisticado. Toda esa gentuza lleva una eternidad, una generación o casi, imponiéndonos un realismo siniestro, al que añaden por si fuera poco todo un estudio alrededor de los cadáveres con autopsias en vivo, sin que nadie pueda perderse el más mínimo detalle.

Antes, los mismos estudios norteamericanos producían aventuras como las de “Las calles de San Francisco”, donde el espeluznante “realismo” no existía, y donde se planteaba un caso que dos inspectores, Kirk Douglas y Karl Malden, la juventud y la experiencia, trataban de resolver. Incluso las aventuras de Clint Eastwood en “Harry el sucio” (años setenta) no tenían nada que ver pese a que entonces los métodos de aquel inspector eran considerados como lo no va más de la ausencia de sentimientos, puro fascismo. Ahora todo ha cambiado para peor, claro. Los actores no dejan huella de su paso por los episodios porque son decenas, en general en parejitas poco simpáticas, los que parecen tratar de justificar la represión más brutal, más dañina para la mente, para combatir a la violencia callejera. En Europa tenemos también series policíacas, como las francesas, las alemanas o las británicas, pero totalmente distintas en el concepto. Aquí se trata de sacar a relucir la inteligencia, la astucia para combatir el crimen. Otras veces es más que nada una descripción de ambientes perfectamente lograda. Se diría que el objetivo principal de esos telefilms norteamericanos es hacernos ver, meternos en la conciencia que la violencia no puede ser combatida más que con una violencia cien, mil veces mayor e incluso utilizando los recursos de la ciencia, que en principio está hecha para otra cosa más noble, consiguiendo de este modo facilitar una represión bastarda y realmente terrorífica.

De forma que cuando toca ver un reportaje sobre la guerra en Afganistán que sigue callada pero con espantosas fuerzas del mal agazapadas para destruir al bien, suponiendo que en esos países quede algo que no sea satánico, los cadáveres por centenares y las atrocidades más sádicas pasan desapercibidas. Las series policiacas han servido para preparar las mentes a la guerra más destructiva, inútil pero liquidadora de vidas en tiempo real sin que ni un niño de siete años tenga derecho a asustarse. Y desde la pantalla, el mensaje de la ficción parece ser: ya ven ustedes cómo les defendemos, cómo les quitamos de en medio a los malos. Pero tenemos que emplear medios liquidadores que quizá hubiesen hecho retroceder hasta a los nazis. Horrorosas producciones que en principio deberían estar reservadas al entretenimiento y que parecen casi más fáciles de aceptar que las matanzas de Vietnam o de cualquier otra guerra terrorífica ya anclada en nuestros cerebros, que poco a poco aceptan lo peor como remedio.El mensaje parece muy claro: acepten la violencia hasta el infinito porque es lo que hay y la única forma de mantener una cierta paz en las calles. Otro mensaje podría ser: los norteamericanos sabemos cómo hacer respetar la ley en nuestras calles pero también fuera de casa, como hicimos en Irak, en Afganistán y en otros frentes ignorados casi. La banalización de la violencia se convierte así en una especie de lección de moral de la que los niños, porque esos programas también les están destinados, deben de aprender, y distinguir sobre todo quiénes son los buenos y quiénes los malos. Los malos pueden estar en cualquier país extranjero a Estados Unidos, incluyendo la cercana Cuba u otra nación cualquiera de América Latina. Los buenos son ellos, sin la menor duda. Cuando la pornografía era un tema cinematográfico rentable, en ciertos países había salas que estaban reservadas para este tipo de películas. Imposible verlas fuera de ellas. El contenido de estos films que se consideraba moralmente dañino era, por lo tanto, visto solo por los espectadores que acudían a esa especie de reserva. Es verdad que luego la pornografía invadió la televisión, pero nunca en horarios de gran audiencia que se le reserva al sadismo de los telefilmes policíacos estadounidenses. Con las plataformas televisivas dedicadas al cine, las películas violentas han encontrado una via segura. Pero estas plataformas son vistas por quien quiera verlas. Lo que no sucede con la televisión familiar.

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