Las falsas cobras de Brasilia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Una foto me ha despertado del letargo de diecisiete años, como si hubiera estado en coma inducido, terrible definición para decir no se qué en Medicina. Una amiga muy querida me ha preguntado por una foto tomada en la piscina de mi casa en Brasilia cuando yo era el rey del mambo. Y entonces le he contado. Era una especie de mansión, mansión pura y dura para un pobrecito europeo salido de sus 72 metros cuadrados de París y de piso. El salón de esa mansión era tres veces más grandes que mi casa de París pero, sobre todo, estábamos en el fin del mundo, donde ni siquiera los pajarillos cantaban para no molestar. De vez en cuando un mapache se paseaba por el porche cuando había caído la noche. Amanecer en Brasilia es cosa de brujos, aunque no sé cómo será ahora que los brasileños tienen un capitán- Presidente que te puede quitar las ganas de fantasear y hasta de vivir. Acaba de autorizar la posesión de armas, en un país donde la violencia es alarmante.

Estábamos a unos 1.200 metros de altitud sobre el nivel del mar, porque en la selva, en nuestra sabana particular donde se había erigido diecisiete años Brasilia el tiempo estaba detenido. La mejor temperatura de Brasil, pero que nadie quería porque allí no existía el cachondeo fundacional que rige la vida en la que antes de Brasilia fue la capital de Brasil, Río de Janeiro. Dos ciudades, dos maneras de vivir, dos maneras de existir, de rezar y de llorar a unos 1.100 kilómetros la una de la otra.

Río era la ciudad de todos los pecados, la ciudad de todos los pecadores, donde las temperaturas de 40 grados a la sombra incitaban a todo lo prohibido, desde beber una caipirinha fría y dotada del músculo del alcohol hasta encontrar en la playa de Ipanema a una de esas garotas que enloquecen a los extranjeros, porque los brasileños ya están vacunados.

Yo era más bien de Iglesia, católica y enseñanza de Jesús que decía amaros los unos a los otros, y yo amaba a mis hermanas en Cristo como ellas me amaban a mí, pero nunca entré en la diatriba de las iglesia Evangélicas, donde ejercían una linda labor porque repartían ilusión al que no la tenía, aunque ahora como tienen como principal feligrés al presidente Bolsonaro, ya me echo patrás, compañero, que si tú estuvieras ahora allí, con ese señor Presidente que autoriza tener pistolas, como en tiempo de los cangaceiros, aunque ellos eran más bien de facas para cortar…

El caso es que en mi casa de muchos m2 teníamos una piscina gigantesca donde un día aterrizó, Dios sabe cómo, un montón de serpientes. El jardinero me dijo que eran cobras. Y yo repercutí la alarma: ¡Tenemos cobras en mi jardín, por Dios, que nos van a tragar! Que venga Shiva. Eran todas las películas de nuestra adolescencia.

Unos cuantos de los los corresponsales extranjeros en Brasilia, que llevábamos vidas de príncipes, ahora no sé cómo será y me importa un carajo, nos reuníamos todos los sábados, cuando todos los diputados habían salido zumbando por el primer avión para Sao Paulo, alrededor de mis piscina, de mármol y amor.

Ella, la inefable Any, de la agencia de prensa norteamericana AP, siempre sonreía, me contaba todos los chismes de los diputados y el argentino-italiano Humberto Giannini, de la agencia italiana ANSA, agarraba su guitarra y nos cantaba tangos, mejores que los que oí en Montevideo, la patria del rey de los tangos, o en Buenos Aires, la patria del todo lo que no tienes y querrías tener en París y Londres.

Se me acaban las pilas, Ya no sé de qué hablo. En aquella mansión, un día mi jardinero inefable me dijo que teníamos “cobras”. Yo pegué un aullido que llegó hasta el servicio de personal de la AFP, agencia de prensa mundial para la que yo trabajaba.

Luego, una tarde en que releía Los Miserables de Victor Hugo, se dan cuenta en Brasilia, en el fin del mundo, me percaté de que las “cobras” eran inofensivas serpientes cortas de envergadura que salían de aquella tierra roja sin cabeza. Llegué a amarlas y a punto estuve de adoptarlas.

Pasábamos las tardes de los sábados bebiendo güisqui acompañado de algunas tapas y cualquier cosa que hubiera de comer. Todos éramos europeos y latinos, sólo dos brasileños. Humberto Giannini, se me va la cabeza, tengo que preguntarlo, cantaba hermosos tangos acompañados de la guitarra y seguíamos dándole al güisqui, porque el propósito era emborracharse hasta comprender que éramos unos fracasaos de la vida y que si habíamos caído en Brasilia era porque es realmente el último refugio, el último “Casablanca”.

Gianinni lo sabía y murió en el intento. Otro imbécil se quedó y ahora sigue con el militar Presidente. Yo escapé porque me sacaron, a la fuerza, es cierto, porque hasta quisieron mandarme un avión sanitario para repatriarme a Francia cuando tuve un amago de infarto por culpa de la devaluación de la moneda.

Pero me arrepiento de no haberme quedado para y ver al Presidente Jair Bolsonaro, que saluda como uno de esos militares de élite de los Estados Unidos de América. Olvidé Cuba, mi primer amor, y ahora trato de olvidar Brasilia. Ya todo se acabó. Al carajo, compañeros, y que Dios os bendiga. El Dios-Jesús del que nunca se habla.

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