Lorca en mi isla africana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

En el barullo lingüístico de mi isla africana te acuerdas de la civilización, de cuando creías que un día serías un hombre, hijo mío, de que existía otro mundo plagado de la esperanza del futuro. Ya habíamos atravesado mil veces el hediondo café de Rick en “Casablanca”, ya habíamos creído en Dios y en los ángeles en espera de que Satanás se pusiera de moda. Aquella tarde de octubre te habías paseado durante dos horas por los alrededores el teatro des Varietés en el Bulevar de los Italianos de París y no la habías encontrado. Teníais que encontraros para degustar unas ostras en el Vaudeville de la Place de la Bourse. Pero ella no había venido. No era la primera vez, ni la segunda, ni la tercera. Monique tenía ese privilegio de las mujeres en tiempos de Herodes el chico, que te pedían la cabeza en bandeja de plata y si no se la dabas te decía que no, que no es no. Empezaban a chisporrotear truenos en el cielo de París y el agua caía con parsimonia, porque ella sí que no tenía prisa, se lo había dejado todo hecho antes de subirse a las nubes para una agotadora jornada de doce horas sin descanso.

Si, les digo, les susurros a mis parientes noruegos con los que comparto playa en el fin del mundo, donde el Mediterráneo se convierte en autopista para adentrarse en el África negra, aquella de Tintin y de los exploradores blancos. Ya ni me acuerdo cuando Stewart Granger rodaba “Las minas del rey Salomón” y tomábamos café a la salida de Tánger con Deborah Kerr que te enamoraba sin decir palabra, con su pinta de mujer que se ha perdido en otra película que nunca se rodará.

Les cuento a esos noruegos que nos roban el sol, única riqueza del mundo pobre, que no se preocupen, que cuando se acabe el sol y vengan las lluvias machaconas lluvias con el tifus virulento y otras gracias, tendremos las epidemias pavorosas que acabarán con Bombay como ya acabaron con Delhi y que habrá que refugiarse en Jerusalén, donde los templarios son muy acogedores.

Jane es hija de madre sueca de cuando estas señoras de ese país nórdico llegaban al sur de España en busca de la virilidad de jóvenes pescadores que no pescaban por compasión y que las complacían día y noche, los pobres con Franco estaban atrasadillos en los deberes de copulación.

Jane es un encanto de mujer con sus cuarenta y tantos años, siempre morena como las sirenas que querían aturrullar a Ulises y con un cuerpo de gata moruna perdida por la casba de Tánger un día de independencia con cuchillos y palos que atacan porque la gente es así, porque mandan atacar.

Jane se gana la vida como animadora en un espectáculo de cocodrilos amaestrados, los bichos más repugnantes del mundo, ¿puede usted creerlo? Y dice que me ama. La primera vez me lo contó en su pisito de soltera y la explicación duró toda una noche y parte de la mañana hasta que fuimos a desayunar espetos de sardinas con un rico café con leche, casi como los que le preparaban en un café del barrio Latino a Ernest Hemingway.

Jane quiere que nos casemos, pero yo le doy largas contándole que Armando Manzanero vio llover y no estaba ella. Se volvió medio majareta. Jane, que siempre es ingenua salvo en la cama, llora cuando le cuento este cuento.

Hoy ya es lunes y el otoño africano es bello como las medianoches en Montmartre, en aquel bar donde te enamoró Monique cuando la invitaste a un café sin azúcar.

Ella se quedó en África porque decía que Europa la aburría y aunque era funcionaria de la Unión Europea no le interesaba todo aquel rollo carpetovetónico de reunir a veintiocho países que no se parecen ni en los andares.

Esta noche me pasearé por ese cacho de Granada que conserva el perfume de Federico García Lorca, asesinado cuando él no era más que un poeta y lo único que ambicionaba en la vida era seguir componiendo versos para contárselos a la más bonita, aunque tuviera que llevársela al río sabiendo que era virgen. A Jane le encanta Lorca y cuando lo recita, con el dulce acento jamás borrado de un mundo del norte agrio, los ojos se le vuelven miel y entonces todo es posible. Nunca Lorca conquistó a tanta gente, hombres y mujeres, niños y ancianos, como desde que manos criminales curtidas en la imbecilidad de ideas que ni entraban en cabeza humana, manos criminales, pero sobre todo ignorantes, le descerrajaron un tiro, dos tiros, cuatro tiros, al poeta más grande del mundo.