El cuscús de la lejanía

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Soy un tipo con suerte. Tengo un amigo que desde hace dieciséis años y varios meses me espera en París para comer un cuscús en uno de los templos de este manjar, en el bulevar de los Italianos, vía más de amoríos y de citas olvidadas, como la mía, que sigue siendo mi lugar preferido en París. El tío tiene un aguante infernal. Cuando salí de la Agencia France Presse, después de 40 años de labor, según atestan un diploma y una medalla, mi única joya en esta vida, quedamos en comer ese cuscús la misma semana. Yo partía después de haber pasado la vida haciendo periodismo en ese templo del buen escribir, del buen decir y, sobre todo, del buen informar, porque no quería exponerme a las represalias de una pandilla de maleantes indocumentados.

Ni siquiera dije adiós. Cuando hubo terminado el papeleo con una deliciosa mujer me bajé al vecino Vaudeville, que era como un anexo de nuestra agencia, donde pasábamos una parte de nuestras vidas, y le pedí al camarero con mandil negro hasta los pies, una copa de champaña del mejor, como dicen los catetos. Mi amigo me vio y se unió a aquel triste duelo. Y del mostrador no fuimos a una mesa, luego nos visitaron unas señoras ostras de muy buen ver y los funerales siguieron.

Por supuesto que yo no quería dejar France Presse. Era mi casa, mi vida, mi escuela pero la existencia te enseña que hay un momento para todo. Y entonces, ese amigo formidable y yo nos fuimos a comer un cuscús, que resultó ser el cuscús no royal ni otras babosadas. Era el emperador de los cuscús. Y quedamos en volvernos a ver delante de otro acompañado con vino gris argelino que es el que mejor le pega a ese invento culinario marroquí.

Cuando la sémola que ya había recibido la bendición del petit gris argelino, vino que a muchos les sabría a vinagre, nos acordamos de las dunas de Paul Bowles y tú, que solo querías abrazar las arenas rebeldes y eternas, que hoy sirven para no sé qué rally de imbéciles destructores de la vida y de la imaginación, le pediste a la chiquilla que traía una tetera en la cabeza que te diera un beso.

Era la primera vez que habías avanzado a duras penas por la arena fresca y olorosa de llantos de camellero que durante millones de años han transitado por ella en busca de rutas comerciales.

Las otras muchachas que querían tomar té verde en lo alto de la duna más alta me llenaron de gentiles besos afectuosos que olían a jazmín salvaje como aquel que una novia tuya criaba con mimo en su terraza de una casa de Tánger, a la entrada del barrio árabe.

Finalmente, aquel cuscús tanto buscado, tanto traído y llevado, te lo tomaste en un lugar de Brasilia DF, capital del imperio de Brasil, llamado, creo, Carpe Diem, donde de vez en cuando nos reuníamos los periodistas extranjeros para charlar, chapotear en las indiscreciones que pescábamos en aguas de la Cámara de Diputados o en cualquier otra dependencia oficial.

Conociste finalmente el desierto que Paul Bowles te había enseñado una tarde de desesperación, cuando ya la luna había salido. Era una fiesta de las mil y una noches, con una piscina llena de ninfas como las que se promete a los fieles en el paraíso de la muerte. Pero no era igual. No había muchachas vírgenes y descalzas corriendo por las dunas con un mantel blanco, recién lavado, para plantarlo como bandera en todo lo alto. Otras llevaban la cafetera, otras los vasos, otras la yerbabuena.

Hace dieciséis años que reservo esa mesa a la que, ya lo sé ahora, nunca volveré a sentarme. Mi amigo me esperará estoy seguro y le deseo que cuando se canse se siente y se tome el cuscús de la amistad.

Siempre he sido un exagerado de la puntualidad para las citas. En Brasilia, un día llegamos todo emperifollados a la embajada de Francia, construida nada menos que por Le Corbusier, para celebrar la fiesta nacional, el 14 de julio. Con un cachondeo propio de otros parajes, el jefe de la seguridad, que ya me conocía, se me acercó: “Bienvenido a la Embajada de Francia. Pero si es para la fiesta del 14 de Julio llega usted con una semana de adelanto”.

Nos reímos y ya a solas, con un cabreo monumental, tuve que dar media vuelta.

Desde entonces el reloj me falla y me temo que cuando yo llegue al bulevar de los Italianos la cuscusería se halla ya convertido en un banco o en un parking, que sería hasta más doloroso. Pese a todo, estoy convencido de que mi amigo sabrá comprender.

El cuscús fue probablemente inventado para que los que creemos en la amistad pudiesen reunirse alguna vez. Y también para excusar a los ausentes y brindar a su salud con una copa de vino argelino.

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