El fin de una Revolución, el comienzo de un ron

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Todo había sido un casualidad o tal vez no. Cuando bajó del avión en La Habana, buscando la maleta el se adelantó para ayudarle a sacar la suya. Apenas se fijó en ella. Ya en la calle, con el remolino del calor cubano que había salido para recordarle que allí estaba en el lugar donde todo es posible, la mujer se le acercó para preguntarle a qué hoteliba. Compartirían taxi. Entonces se fijó en ella. Era una cincuentona europea, hablaba español con acento francés, alta, bastante delgada y con un rostro indefinible a primera vista. Si te fijabas, y él lo hizo cuando ya salían hacia el Hotel Nacional, veías unos ojos de un negro rabioso, una boca graciosa, de esas que parecen que nunca saben decir no y un pelo castaño rizado y loco. Se llamaba Monique. Él se presentó como Luis, periodista.

Cuando llegaron ya sabía que había venido a Cuba para presentar una ponencia en un congreso de hematología. Cuando le preguntó a él el motivo de su visita, con el rigor de una policía de aeropuerto, se encogió de hombros. “Vengo a ver lo que pasa en Cuba. Fidel ya se murió, tal vez lo haya oído”. Le gustó el desparpajo de aquel tipo ya mayor –le echó entre 70 y 75 años—y sonrió.

Luis tenía 75 años, muy poca vida por delante según el médico que últimamente le había tenido encerrado haciendo pruebas cinco días en París, y ganas de saber si su sueño de la Revolución había sido una chiquillada o si con la muerte de Fidel había muerto la Revolución.

Había otro gobierno, un Presidente por primera vez, una Constitución y muchas promesas. En los jardines del Nacional, Manolo, periodista cubano de largo recorrido, que había hecho la guerra por Fidel, había pasado todo lo que había que pasar por Fidel y tenía la impresión de que no estaba donde debía estar, expelió el humo de su habano con el placer que siempre ponía en todo lo que hacía, sobre todo en sus estupendas crónicas para diarios latinoamericanos.

Cuando hubieron tomado tres cafés se separaron con la impresión de que el mundo ya no era el que ellos habían soñado. Cuba se “modernizaba” vía turismo con una velocidad de vértigo sin que los cubanos conociesen una vida mejor. Seguían las correrías para conseguir los productos más básicos y algunos ya estaban cansados.

Luis no le dijo a Manolo la verdadera razón de su estancia en La Habana o lo hizo a medias. Le habló de escribir antes de acabar con todo pero cuando su amigo le preguntó por aquella muchacha que le había traído loco tanto tiempo, habló de este modo:

-Todo se acaba. Yo también me estoy acabando y aunque evite sacar a pasear el bastón que va en mi maleta no creo que aguante mucho. Hace ya un año que lo sé y por eso antes de venirme se lo conté a ella y le pedí que buscase otra vida. La que había tenido conmigo ya llegaba a su fin. Me negaba a convertirla en viuda sin papeles. Fue más fácil de lo que pensaba. Entendió que una mujer tan joven no podía seguir esta aventura sin salida. Las mujeres son muy listas y saben mejor que nosotros cuándo hay que acabar.

Se encontró con Monique por la noche, cuando después de haber mandado a su periódico un artículo donde echaba toda la amargura que le hacía sentir este momento de Cuba, con una Revolución que él ya no veía porque Fidel ya no lo decía. Estaba muerto, enterrado, el mito se había llevado sus propios sueños, los de millones de personas en el mundo que pensaban que aquella Revolución sería de rebote también lo de ellos.

Estaban en los alrededores de la piscina, en busca de un poco de fresco. En un momento, Luis sintió que se iba al suelo y se agarró a ella que le miró un poco sorprendida y asustada.

-No te preocupes. El jet lag sin duda. Ya me va a pasar.

Se sentaron a una mesa y cuando apareció el camarero, su camarero de tantos viajes en busca de esperanza, con el que una noche habían celebrado una juerga en un ascensor averiado entre dos pisos que nadie había olvidado, pidieron ron con nieve, bueno con hielo. Pero esa expresión la había oído en una fiesta inolvidable en Guanabacoa con Fidel Castro y Alfredo Guevara, el amo del cine cubano, y se le había quedado.

El camarero les dejó una botella de Havana Club 7 años, un cacharro lleno de hielo que parecía salido de la Antártida, y dos vasos gordos. Monique le miraba con preocupación y algo más. Tanto algo más que al cuarto vaso, Luis le dijo con su mejor sonrisa y su tono más irónico, el que prefería para hablar con los funcionarios cubanos.

-Espero que no pienses en enamorarte de mí. He visto en tus ojos esa mirada que tenéis de vez en cuando las mujeres. Soy un despojo, aunque no sé todavía por cuanto tiempo, y tengo el corazón roto. No solo por otra mujer, a la que pedí se alejara para que no viese el derrumbe, sino también por esta puñetera Revolución que se nos va al carajo y yo sin poder hacer nada más que escribir y volver a escribir. Soy un llorón, dicen mis amigos cubanos que soportan todas las penurias que aguantan desde hace sesenta años. Pero ellos son capaces de ilusión. Yo no.

Monique sonrió como se hace con los niños traviesos.

-No pensaba enamorarme de ti pero me interesas como individuo. Has perdido la fe en todo, hasta en ti mismo, que es lo más peligroso. Lloras como aquel rey de Granada a la que su madre reprochaba que no hubiese sabido defender su reino. Pero tú no lloras por la Revolución que finalmente no te atreviste a vivir, a padecer como hicieron los cubanos. Tú la has vivido y la vives como un intelectual en un palco, en plan señorito, desde el palco mientras nos ahogamos en un excelente ron. Así se puede con todo.

La orquesta estaba desgranando notas de los Bee Gees. Ella se levantó y se puso a bailar sola en el borde la pista al lado de la piscina. Luis la miró, volvió a mirarla. Y de pronto ya no tuvo ganas de morir, de marcharse. Se puso de pie, con el miedo de caerse, pero el ron es vitamina pura y le permitió enlazarla. Ella se pegó a él y durante minutos y minutos, minutos y minutos que parecían horas, se deslizaron como si no tuvieran otra cosa que hacer.

El camarero había traído otra botella y les había preparado dos vasos que les llevó a la pista. Los tomaron con gozoso jolgorio y Luis contó a Monique aquella aventura de una noche en el ascensor del Nacional cuando se creía el rey del mundo, cuando tenía esperanza.

Volvieron a la mesa blanca sin haberse siquiera abrazado pero no paraban de mirarse, ya no hablaban y los Bee Gees seguían con sus canciones de otros tiempos, de otros amores, de otras ilusiones.

Cuando hubieron dado un trago profundo, Isabel le recitó: “No te rindas, aún estás a tiempo/de alcanzar y comenzar de nuevo,/aceptar tus sombras, enterrar tus miedos,/liberar el lastre, retomar el vuelo”. Era una estrofa de un poema de Mario Benedetti.

Dieron otro paseo por la pista de baile, esta vez con Stevie Wonder, y tomaron el camino del hotel. Cuando amaneció el día, un nuevo día quizá, nuevo de verdad se dijo Luis al abrir los ojos, se percató de que aquella no era su habitación. Isabel salía del cuarto de baño recién duchada y con una sonrisa que hubiese hecho andar a todos los paralíticos del mundo incluso sin echar manos a Jesús.

Una vez más, pero habían sido tantas, tantas y tantas, Luis se ilusionó. Cuando Isabel se le echó en los brazos como si tuviese miedo de perderle, de perderse ella misma, pensó, pero lo había pensado tantas veces, y tantas veces había fallado, que quizá todo volviese a comenzar.

Juntos fueron a la terraza que daba al malecón, donde tantas veces él se había ilusionado, pensado que todo podría volver a comenzar, pero esta vez con corrección de errores. Quién sabe si Fidel había muerto de verdad. Se oyen tantas cosas en La Habana vieja…