La sensibilidad del langostino

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Eran tiempos en que las langostas tenían probablemente alma en Varadero, donde nuestras vacaciones playeras transcurrían a la sombra de Fidel Castro y en un bungalow donde una noche nos llegaron rumores de invasión de Cuba. Pero cuando a la mañana siguiente llegó un camarero con el desayuno, nos dijo que los barcos que desde Norteamérica querían armar barullo se habían tenido que alejar a marchas forzadas ante la resistencia que encontraron.

Los camareros de los chiringuitos de la playa trataban a las langostas con la misma sensibilidad que un cocinero español dice que hay que tratar a los langostinos para cocerlos a la plancha.

Mientras la langosta pasaba a mejor vida acompañada de cerveza Bucanero, tuve la revelación de que Ulises el griego, el protagonista de La Odisea, el vencedor de Troya, el rey de Ítaca, el esposo amoroso y un poco casquivano de la fiel Penélope, anduvo perdido por Varadero porque, al contrario de lo prescrito por la leyenda, estuvo vagando con su navío por el Caribe, donde escuchó el canto de las sirenas y donde más de una bruja quiso apropiárselo como trofeo amoroso.

La verdad es que todavía no encontré ningún documento que lo atestigüe, pero hay razones que la razón no conoce. ¿Imaginan que un gigante como Ulises, que salió de su palacio de Ítaca, allá en Grecia, para hacer unos recados, y no volvió hasta por lo menos veinte años después, se habría limitado a pasear por el Mediterráneo, que es un mar de lo más aburrido, y por el mar Egeo, que tampoco está para tirar cohetes? Yo afirmo que no. Lo que ocurre es que en su huida de las deidades que querían hundirlo en el fondo del mar, no se dio cuenta de su desvío de navegación.

Pero la verdad es que si esta teoría es probablemente falsa, tiene su gracia y debería de convertirse en una verdad romántica.

¿Se imaginan que los turistas yanquis que inundan Cuba supieran y creyeran de verdad, como creen a veces los tuits del Presidente Donald Trump, que Ulises el maravilloso, el amante más famoso de la Odisea, estuvo allí antes que ellos.

El único problema es que a la mayoría de esos bondadosos viajeros habría que explicarles, por lo menos a algunos, quién era Ulises y que son el Mediterráneo y el Mar Egeo. Pero eso es un detalle. La idea ya está lanzada y no me extrañaría que cualquier verano de estos algún avispado comerciantes de Varadero bauticen sus chiringuitos Casa Ulises, con argumentos publicitarios como “Coma usted la langosta que embrujo a Ulises, cuando Penélope le buscaba por las playas mediterráneas, allá por costas europeas”.

No soy partidario de que se le tome el pelo a los turistas pero sí de que se le haga vivir sensaciones que sus propias agencias de viajes no pueden ofrecerles por falta de conocimiento y de imaginación. Mientras degustábamos las langostas prescritas por todo régimen serio, una vez que el cocinero las hubo dorado con sensibilidad, sin ello todo falla, en un rincón cuatro sudamericanos se repartían una pizza en medio de aullidos. Dejándome llevar por su lenguaje altisonante, deduje que probablemente sus antepasados fueran tripulantes de la nave de Ulises el griego y no es aventurarse más de la cuenta pensar que a los tripulantes se les atracaba con pizza mientras el capitán, el vencedor de Troya, ¿se acuerdan del caballo, de la bella reina, de los trastos de oro que se llevaban después de la batalla?, compartía las langostas, langostinos y otras exquisiteces con su estado mayor.

Me atrevería a pensar que cuando el dios del mar, Neptuno, que no se llevaba del todo bien con Ulises se dio cuenta de que había abandonado el Mediterráneo sin pedirle permiso ni por cortesía para buscar caminos de aventuras en desconocidas aguas que luego conocerían los conquistadores españoles, las del Caribe, se enfureció como hacía cada vez que algo lo contrariaba, no solamente porque la injuria fuese grave sino porque el hombre tenía un carácter irascible.

Menos mal que Ulises se llevaba bien con Eolo, dios del viento en la corte de aquellos dioses griegos que se aburrían y tenían que acudir a los más descabellados pasatiempos, como cuando el dios de todos los dioses, Zeus, se aburría tan espectacularmente en el olimpo que se bajó de sus alturas disfrazado de cisne para enamorar a una de las más bellas mujeres de su reino, Leda, a la que conquistó y preñó en menos de lo que se tarda en contarlo, según los cronistas más sesudos.

Eolo estuvo de acuerdo para que Ulises ampliara horizontes cuando éste le contó que tenía informaciones de que en aquellas latitudes lejanas de islas donde el sol no dejaba de ponerse nunca, donde la belleza de sus mujeres no era comparables ni con las que los pasajeros del Bounty con Marlon Brando descubrirían muchísimo después en otros mares, estaban llenas de riquezas como el buen tiempo, la alegría de sus habitantes, y que hasta se podría encontrar hidrocarburos. Ulises, que era un adelantado, intuía que aquel líquido más bien sólido y viscoso se convertiría con los años en una fuente de riqueza.

Y Eolo, que se aburría, le dijo que sí y así, a la chita callando, fue cómo Ulises, al cabo de muchos mese de navegación, descubrió una primera isla en forma de cocodrilo o algo parecido donde echó anclas.