La penúltima foto de Lula

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La última vez que me comuniqué con Lula a través de los rituales postales que se llevaban antes de los correos electrónicos fue hace ya unos años, cuando Luis Lula da Silva había sido elegido presidente de la República de Brasil, qué maravilloso título para un peleón como él, en su primer mandato. Creo que le mandé este libro del que saco estos recuerdos, “Lula y otros gladiadores” (Editions Publibook, París). Pero déjenme que les cuente mis impresiones de aquellos felices días en Brasilia cuando Lula no era más que el hombre del Partido de los Trabajadores, incansable y nada dado a la melancolía. Entonces tomamos unos cuantos vasos de vino chileno. Ahora no creo que sus carceleros sean tan exquisitos. Aunque los brasileños son imprevisibles. Tan imprevisibles como para dar la Presidencia al ultra derechista Bolsonaro.

Tengo dos fotos que para mí que le he conocido marcan el antes y después de Lula, Presidente de Brasil. La primera la tomó el fotoperiodista Tony Berrocal hacia 1998 en el angosto despacho que sus correligionarios de izquierdas le prestaban en la planta baja del Congreso, en Brasilia. La capital federal brasileña es pura luz y trapecio sin redes. Los edificios han sido concebidos para gozar de lo que aquel páramo tenía de salvaje cuando todavía no lo habitaban más que serpientes y pequeños roedores, que les servían de comida.

Entras en una de las salas principales de Itamaraty, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, y te encuentras suspendido en el vacío. La mirada se pierde para siempre en un horizonte que no dice su nombre. En el Congreso, maravilloso edificio neoyorquino amparado por una taza y su platillo, símbolo de lo que el café ha significado siempre en este país, ocurre otro tanto. Hay que ser retorcido para meterse en la planta baja, sótano de infinita tristeza, donde oyes el rumor del agua que circula en el exterior sin que el sol te haga una visita inopinada.

Lula, el hombre que ha demostrado que se puede ser un perdedor y que un día te cambia la suerte (tres veces, tres, había perdido la elección presidencial), estaba sentado en un sillón de plástico arrinconado en un despacho que probablemente no se usaba para nada. Estaba vacío y no tenía alma. En la ciudad mágica por excelencia, era la primera vez que entraba en una pieza donde los espíritus no podían vivir. Lula se dejó caer en el sillón como las piedras que arrojábamos a los peces de Itamaraty en espera de que comenzase la ritual conferencia de prensa con algún pájaro de peso internacional que se había equivocado de avión y no se había quedado en Río de Janeiro. Brasilia es la prima solterona de ese Río del que fluye la alegría nada más abres la ventana o pones un pie en la calle.

El inspirador de Brasilia, el presidente algo comunista Juscelino Kubitchek, quiso someter a los cuerpos gobernantes del Estado a una cura de humildad y de absoluta nostalgia de la alegría. Brasilia es la austeridad bella, de belleza impresionante pero inalcanzable. Río es la mulata dicharachera que busca la fiesta a toda costa. En la capital federal, los diputados, senadores, jueces y otros caciques del poder tienen que acudir a lugares muy precisos para que les dejen reír.

Brasilia es el Escorial. Tanto que cuando llega el viernes por la noche, al menos así eran las cosas hasta que me fui de allí a finales de 1999, la mayoría de los cargos oficiales abarrotaban los aviones rumbo a Río o a Sao Paulo. A los políticos no les apasiona la virgen brasiliense.

Metido en aquel despacho de paredes de caoba que ocultaban a su manera la eterna derrota de la izquierda brasileña, en un país donde no gobernaban más que los ricos, le vi angustiado, con las mejillas sumergidas en algún recuerdo poco agradable de la infancia. Tiene ojos muertos, como los de un enorme pez que unos días antes habíamos compartido en el restaurante del lago, donde como presidente de la Associacao de Impresa Internacional le había invitado a cenar, una de esas cenas en las que los políticos se desabrochan el alma para jolgorio de los periodistas que les acechan detrás de sus platos. Bebimos vino chileno y él sonrió alguna vez pero muy fugazmente. Sabía, todavía no había vencido en ninguna elección presidencial pese a haberlo intentado tres veces, que los corresponsales extranjeros querían oír al perdedor de siempre.

Escucharle lamentarse de la mala suerte y prometer que el día en que consiguiera el poder… Lula no nos falló. Fue igual a la imagen que la mayoría de aquellos aburrido periodistas tenía de él. Hemingway le hubiese adorado. Era el mejor loser, perdedor absoluto e inconmensurable, que se le ofrecía. Pese a los revolcones electorales, Lula seguía siendo el más tozudo de los candidatos.

Un día, en una de esas charlas de sobremesa, en esa ocasión quizá con vino argentino, Lula me había dicho que volvería a presentarse porque así lo quería su partido, porque sabía que su papel consistía en ofrecerse como virgen para el ritual sacrificio de los políticos. Otra foto suya me acaba de llegar. Preside una reunión y en nada se parece al hombre con el que tan largamente charlé en aquella mañana. En ocho años, el perdedor de siempre, el político por el que nadie apostaba un real, se ha convertido a sus 64 años en el más influyente del mundo según la revista norteamericana Time (abril de 2010) y ha ganado dos veces consecutivas las elecciones a la Presidencia de Brasil, en 2002 y en 2006. Lo increíble, lo impensable ha sucedido en el país de la magia, donde todo es posible, menos que se acabe el hambre, claro. Tenía años de jugar cuando ya andaba trabajando como un esclavo en cualquier taller de la ciudad más industrial y mortífera de América Latina.

En Sao Paulo se hizo sindicalista, allí llegó a líder sindical. Allí le hicieron líder del Partido de los Trabajadores. Nunca hablamos de Fidel Castro aunque todos sabíamos que era uno de sus emblemas políticos. Luiz Inácio Lula da Silva contaba apenas quince años cuando Fidel Castro iniciaba el camino de la Revolución cubana que todavía en este siglo XXI sigue siendo la espinita socialista que los norteamericanos tienen clavada entre ceja y ceja de unos monstruosos ojos maniqueos, donde los buenos son ellos y los malos el resto del mundo. Aunque sus biógrafos no son muy explícitos, puede suponerse que mientras Fidel ponía de moda la barba descuidadamente extendida por un uniforme verde olivo, Lula vendía cualquier cosa en cualquier pueblo de ese inmenso país que es la ciudad de Sao Paulo, donde cada fin de semana hay entre cuarenta y cincuenta muertos a balazos.

Supo escapar al plomo porque el trapicheo con las drogas y otros menesteres del mismo tipo no iban con él. Como millones de brasileños, tenía que ganarse la vida como mejor supiese o como mejor pudiese, haciendo esos cien oficios que en Estados Unidos sientan tan bien en el currículo de un millonario. Como cameló o como lo que fuese, que entonces las cámaras de la actualidad no se hab- ían detenido en él, conseguía llevar unos cuantos cruzeiros a un hogar de trabajadores.

En realidad, dicen sus biógrafos oficiales, primero, a los 12 años, fue recadero de una tintorería, dos años después consiguió entrar en una fábrica. Y aunque trabajaba doce horas diarias, dicen los mismos exégetas, todavía le quedaba un rato para estudiar lo que necesitaba para ser un día tornero. Ese día fue de 1964. Al poco de estar en la fábrica, una mala maniobra se quedó con parte de uno de sus dedos de la mano izquierda. Con el gracejo de un andaluz brasileño, Lula cuenta que la gran incógnita de su vida fue la fecha de su nacimiento. Todavía hoy muchos padres no registran la venida al mundo de sus hijos porque para conseguirlo tienen que pagar unos cuantos reales, pocos pero demasiados cuando no se tienen. “Mi padre me inscribió en el Registro Civil el 6 de octubre… La verdad es que prefiero creer a mi madre que dice que vine al mundo el 27 de octubre”.

Una fecha que es como un fetiche puesto que fue otro 27 de octubre, el de 2002, cuando fue elegido Presidente de la República en la segunda vuelta y tras haber sufrido tres derrotas en peleas parecidas. El trabajo era lo único que había conocido desde que en un parto de pobres, el de esa inmensa mayoría de brasileños, había venido a un mundo que no estaba hecho para los miserables. De su ciudad natal de Garanhuns se marchó a los quince años a la inmensa Santos, huyendo de la miseria y en busca de mañanas más risueños. En 1952 ya era tornero o algo parecido en una industria metalúrgica, en una máquina que un día se le comería medio dedo de la mano izquierda. Mientras a él le arrastraban hacia un hospital para que la hemorragia no pudiese más que el hambre, Fidel Castro, revolucionario curtido en los libros de los jesuitas, estaba realizando uno de los grandes acontecimientos del siglo XX, la revolución de las masas cubanas contra un inepto y analfabeto sargento, Fulgencio Batista.

Cuando a Lula le vendaban la mano de mala manera, como podían, el cubano formaba parte de la elite intelectual cubana. Mientras al brasileño, dos compañeros de fatigas le daban una calada de un cigarrillo negro para atenuar el dolor y la frustración de haber perdido algo que era suyo, el cubano se paseaba por La Habana acompañado y protegido siempre por uno de los personajes más singulares de la historia de ese país, Alfredo Guevara, gran patrón de la cultura cubana. Dicen, me dijeron, me contaron, que este hombre tímido y hoy ya en el reino de los dioses, se paseaba entonces por La Habana con un tremendo Colt en el cinto para defender a su amigo Fidel, el mismo que muchísimos años después, una eternidad, vi abrazarle en una noche habanera y delante de cientos de invitados de camisa comida por la humedad y de buenos vasos de ron con rocas en la mano. El barbudo ya también en la recta final, con cuarenta años de poder a las espaldas, con la cruz del saber que todo se acabaría, que la Revolución, que su Revolución, un día u otro caería en manos de desaprensivos, estrechó en sus brazos a Alfredo y con una voz llena de ternura le llamó hermano. Por supuesto que Luiz Inácio Lula da Silva, bonito nombre para un mendigo de la metalurgia, no tenía ni perrito que le ladrara. Ya con los militares bien sentados en la poltrona del gobierno tras un golpe dado en 1964, el rebelde sin causa Lula se encuentra no se sabe muy bien cómo al frente del sindicato de los metalúrgicos de Sao Bernardo e Diadema. En 1979 entra en política, en el marxismo más primitivo que no necesita conocimientos chupados en El Capital o en las barbas de Carlos Marx y con otros líderes de tan poca monta como él fundan el Partido dos Trabalhadores, el famoso PT, que muchos, muchos años después, como en un sueño en technicolor de la Metro Goldwyn Mayer le llevaría al Palacio de Planalto, una de las más bellas construcciones de Brasilia, que cus- todian día y noche soldaditos como aquellos de plomo de nuestra infancia vestidos de mil colorines.

Me hubiese gustado verle el día de la toma de posesión subiendo la aérea pasarela que desde los pies de la Plaza de las Tres Culturas se alza por el cielo en busca de una puerta. Allí es donde los soldaditos de plomo lucen día y noche. Durante tres años que pasé como corresponsal en esta ciudad extraña y adorada por todos cuantos la odiaron un día nunca se me ocurrió pensar que el Lula que yo solía ver en un oscuro cuartucho de la planta baja de la Cámara de Diputados un día pisaría las alfombras de colores de ensueño. Hoy Lula está perdido para la historia. Para mi historia. Pero ese es otro cuento que nunca contaré.

Una tarde de Brasilia con calor fuerte y humedad baja, a punto de la deshidratación, nos habían convocado para asistir a una manifestación antiimperialista delante de una embajada, ya no sé cuál. Cuando llegamos allí había cua- tro monos del Movimiento de los campesinos sin tierras que vociferaban como si fuesen cuatrocientos mil. Quema- ron una bandera norteamericana y se desgañitaron agitando al viento inexistente una banderola en la que re- saltaban los ojos tristes del Che Guevara. Al día siguiente, mi secretaria me entregó un folleto más o menos revolucionario. No me interesó nada de lo que allí decían salvo un anuncio destacado en la primera plana: “Se venden banderas norteamericanas para quemar. Llamen al teléfono…” Así lo hice y una voz de esas que durante esos tres años siempre me causaban la misma impresión me explicó que como las banderas auténticas costaban muy caro, de- masiado para los revolucionarios de tres al cuarto, habían inventado unas imitaciones que se inflamaban con el pri- mer fuego que respirasen. Y ustedes seguirán preguntándose que a qué viene todo esto.

De pronto Lula ha vencido dos veces seguida en el examen que nunca había podido pasar. Y aunque no ha conseguido erradicar el hambre, esa asignatura pendiente de todos los presidentes brasileños, pero peor para el iz- quierdista al que dicen que ahora viste Armani, ha logrado vencer a la mala suerte y convertir a Brasil en el país faro del mundo. Porque para los tecnócratas, y sobre todo para los militares de Washington, Brasil no solamente es un país-continente, el mayor de América Latina y potencial- mente uno de los más poderosos del mundo por las inmensas riquezas que tiene todavía en las entrañas de su suelo. Incluso con gobiernos como el de Fernando Henri- que Cardoso, cuyo liberalismo de boquilla y su elegancia no eran razones suficientes para conquistar a los amos del norte, es sabido que Estados Unidos siempre ha tenido planes de conquista que afectarían directamente a Brasil. La historia se ha acabado. Lula sigue en su prisión, como los malos. Y las cárceles brasileñas, por muchos favores que le hagan a un expresidente, no son lugares para pasar vacaciones.