La fiera de Lola

Mª Victoria Páez | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Una fiera, Lola iba hecha una fiera.

Llevaba a cuestas a Daniela, aún dormida, mientras que Juan, la seguía a toda carrera con Valeria en sus brazos, tanto o más dormida que su hermana:

-Hola, amor ¿dónde vamos?

-Vamos a buscarlo Juan. ¡Hasta aquí hemos llegado! Empezó con una entrevista y se ha colado en nuestras vidas, en nuestra historia… ¿quién se cree que es? ¿ cómo puede manejarnos como personajes de una novela?…¡ Ohhhhh!…. ¡ Una vieja gloria!¿ No lo ves? ¡Cómo va de “vieja gloria” se cree todopoderoso!¡ Ni fobias ni carajo!¡ Me tocó las narices!

Juan la miraba con los ojos como platos mientras acomodaban a las niñas en sus asientos de bebe. Ni siquiera el día del desembarco de los cuadros del Ermitage la vio tan nerviosa, ni cuando se enteró de “lo de Ana” vio tanta cólera junta… y eso que no se le había ocurrido preguntar porque habían comprado un coche para transportar cuadros.

-Lola, corazón, ¿dónde vamos?- soltó Juan en un hilo de voz

-Cariño mío, vamos a un pueblo del fin del mundo. Cuando descuartice a ese engreído tomaremos espetos y cervecita

Necesitaron veinte minutos para que Lola aporreara aquel 21 campanita del porterillo electrónico y pegara un bocinazo colérico:

-Abajo, estoy abajo, con el coche cargado de vida. Ni fobias, ni amarillos, ni cuadros, ni leches. Tiene usted cinco minutos para bajar. Y me está escuchando medio pueblo, porque hay mercadillo de gitanos…..¡ ya!¡ lo espero ya!

-Un momento doctora Gutiérrez, voy a asomarme al balcón de mi ático……

Un alarido: Lola soltó un alarido

-Ni balcón ni nada, o baja usted en cinco minutos o lo pregono en el mercadillo, entre bragas y sostenes.

Debió sonar altamente convincente, porque “la vieja gloria” tardó 60 segundos en estar en el portal.

Lola lo cogió de la mano y lo arrastró hasta la furgoneta para cuadros. Abrió todos los portones:

-Este es Juan. Juan López, de profesión ingeniero naval; funcionario del Ayuntamiento de Málaga, encargado del control ambiental de museos. El padre de mis hijas, y de los que vienen en camino

-Estas son nuestras niñas, casi cuatro años ya. El regalo de nuestras vidas.

-Este es mi vientre, ¿lo ve abultado?. Vuelven a ser dos, pero esta vez, Alejandro y Rodrigo. Tan hijos de su padre como la primera vez

-¿ Cómo osa tomar mi vida, sacarme de mi casa y colocarme con un discapacitado?

-¡ No se da usted cuenta de que yo era una desgraciada hasta que me abrazó Juan¡¿ No ha comprendido, en mis cuadros negros, que yo vivía en la oscuridad hasta que llegó López midiendo temperaturas en gráficas de papel térmico?¿ No entiende que no fui mujer hasta que mis niñas patearon mi vientre desde el interior?¿Quién le dio permiso para entrometerse en nuestra historia?¿en nuestra felicidad?

Juan estaba pálido como el papel. La “vieja gloria” rompió a reir, con carcajadas que hicieron volverse al personal de aquel mercadillo.

Se acercó con precaución a Lola, por si le mordía, y le acarició la mejilla:

-Lola, mi Lolilla, eras la mujer perfecta para seguir la saga. ¿No se te escapó nada Juan?¿ Ni en el momento más intimo con esta leona?¡ Si que tienes aguante hijo!¡La has preñado por doble dos veces!¡Le has pedido matrimonio en la Plaza de Armas de la Alcazaba delante de lo mejor de Málaga!¡ Y en ningún susurro se te escapó de donde vienes “ingeniero naval”! ¿ Quién de los dos se lo cuenta?

En ese justo instante las niñas empezaron a lloriquear, Juan guardó silencio y se fue a hacer de padre, del padre, que él nunca había tenido.

-Lola, mi Lolilla, siéntate, estás pálida, los “ hijos de mi hijo” no puede correr riesgo.

Se sentaron en una cafetería , próxima a un parque infantil. Lola pidió un descafeinado caliente, por lo del embarazo, Juan un cortado y “la vieja gloria” un té ( cómo odiaba Lola el té).

-Me seguirás llamando engreído, opulento, egocéntrico. Juan había picado en mil sitios, todos sin valor, sin madera para seguir con la estirpe, y si fuera posible, mejorarla. Vimos en el periódico le exposición del Museo Ruso, y tus fotos… Sin duda: la mujer de Juan, la madre de mis nietos, la sucesora de una estirpe de hombres de letras, que han ido de desgracia en desgracia. Cuando te quedaste a dormir con mi hijo, la noche que te conoció, entendimos que eras el desparpajo y la frescura que nos faltaba. Juan se enamoró en aquel restaurante chino y se rindió a tus encantos en tu apartamento en las playas de las Misericordia. Perdóname por entrometerme en vuestras vidas, sólo quise rascar un poco para la mía.

Sólo le pido un favor Doctora Gutiérrez, se lo pido a los dos: Deje que esas niñas se acerquen a mi, que se rían con este impostor de la realidad. Permítanme estar en el hospital el día que lleguen mis nietos, y, por favor , os suplico, no le pongan Alejandro, llamadle Juan, grande entre los grandes, único conocedor de Cristo.

Dos manzanillas necesitó Lola, además del descafeinado. Juan la miraba con ojos destellantes desde el parque infantil. A punto estaba de estallar en cólera cuando escuchó a sus espadas:

-La Doctora Dolores Gutiérrez: Una firma por favor

Cien rosas amarillas, del Ecuador a ella, cada una con un calificativo colgado:

  • Tierna
  • Dulce
  • Amorosa
  • Impetuosa
  • Madre ejemplar
  • Culta
  • Pintora………

Lola lloró, lloró y lloró, hasta que el jersey azul de su engreído acompañante empapó sus lágrimas y las niñas saltaron corriendo:

-Mamá ¿ hablaste con abuelo?

Juan se sentó a su lado:

-Lolilla, mi bien….. Lolilla.. surrealista como tu Dalí… amor de mi vida.

Juan acarició el vientre de Lola, allí dormían Rodrigo y Juan, y el universo seguía su curso