Érase una vez

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.       

El negro de Chester Himes se puso a descargar su monstruoso revólver a su alrededor, como si fuera un rey mago repartiendo caramelos. No decía nada más que “¡Bastardos de mierda!” mientras que las balas del 45, enormes y peligrosas, rebotaban en las cabezas negras y en los corazones rojos. Y de pronto, fue entonces, estoy seguro, a ti se te vino encima la estupidez, la maldad gratuita. Y entonces sí que no sabes en qué pensar, en cómo quitarte de la cabeza la bala de mierda que pide paso como si fuera el expreso para Yuma. Te arrodillas y tratas de rezar, pero las balas del negro hacen un ruido ensordecedor. Ha vuelto a cargar su artefacto y está rociando al mundo entero. Tú estás perdido porque no sabes cómo defenderte. Los otros viajeros se escudan en sus periódicos blindados con tanta mentira y los proyectiles rebotan en las falsas noticias como si fueran abejas tontas en el espejo de Alicia en ningún país de las maravillas. Porque esto es Nueva York, compañero, y no es como en aquellas películas en las que fuiste extra y que cuando la cosa se ponía fea para el protagonista oías los cascos del 7º de Caballería que aplastaban los senderos para llegar antes. Al final siempre te sacaban del apuro.

Entonces se acuerda de que no ha deseado Feliz Año Nuevo a su prima la de Seattle y saca de su cartera una tarjetita. Pero se queda inmóvil con el lápiz entre los dedos. Con Donald Trump en la Casa Blanca con el capitán Bolsonaro en Brasil, Putin como siempre y China que quiere recuperar Taiwán, ¿será realmente el momento de escribir Feliz Año 2019? Una bala gruesa como un camión australiano rodando para la tele le impide tener que dilucidar el dilema.

Entonces es cuando te dan realmente ganas de perderte en las callejuelas de la Judería de Córdoba para ver si encuentras una salida al laberinto de tu vida.Pero llega a la conclusión de que es mejor callar. Ya vendrá la policía. Porque cuando te sientes desesperado es mejor no decírselo a nadie. La gente tiene la risa fácil para la desgracia ajena.

Tampoco se atreve a decirle al negro de la pistola gorda una frase que le ha enseñado un amigo cubano: “Hasta que se seque el Malecón”, que por lo visto quiere decir Hasta siempre, Imagina que se enfada y te reserva uno de sus cañonazos.

Decides seguir leyendo el periódico, donde te cuentan que ahora si tienes un cuerpo serrano, pechos fotografiables y mucha cara dura puedes hacerte un nombre y una buena cuenta bancaria en la tele. Te conviertes en celebrity y entonces ya no tienes ni que trabajar. ¿Y por qué no lo habrá hecho el pendejo que escribe esta mierda en lugar de escribirla?

Pero tú ya lo sabes. Hay momentos en que saltarías de un coche en marcha, pero como no tienes automóvil de tu propiedad propia tendrías que hacerlo desde un taxi y si al tirarte le estropeas la puerta, el taxista va a perseguirte con otro pistolón del 45, porque en esta ciudad es eso lo que se lleva. Lo más baratito sería arrojarte desde un autobús, cuando el chófer se toma por Fangio. Dicen que es la estética City. Vaya usted a saber con tanto cuento moruno como corre por las vías del Metro.

Pedro, el limpia cristales del Bronx, especialidad ventanas de no más de dos metros de alto porque tenía vértigo y el Dr. Chester Himes le había recomendado que no fuera ambicioso y que empezara su negocio con edificios enanos, de no más de una planta y con todo y con eso le recomendaba la más tremebunda prudencia.

El Dr. Himes era un sabio. Siempre decía que ninguna jaula es bella aunque sea de oro del antiguo Perú de los virreyes. Es preferible la peligrosa libertad. Por lo menos tienes una posibilidad de escapar con vida aunque sea en pedacitos como cuando en la guerra te tuvieron que cortar aquella pierna izquierda destrozada por un obús y tú te empeñabas en que se llevaran la derecha porque a la otra le tenías mucho cariño desde pequeño.

Cuando todo hubo terminado y que las cámaras de las 135 televisiones hubieron recogido las imágenes más impactantes, estaba todo lleno de sangre y los cámaras decían que era el color preferido de sus jefes, todos, por unanimidad, se procedió a la evacuación de los trozos de las víctimas: doce cabezas, catorce pares de patas y 42 torsos.

Luego, todos se fueron a comer. Hasta el ciego del pistolón.