Nostalgia de la cinematográfica Revolución cubana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Todavía chorrean algunas publicaciones europeas de nostalgia por los sesenta años de la Revolución cubana, aunque los comentarios sean a veces totalmente adversos y pongan en tela de juicio los sacrificios que tuvieron que consentir los cubanos a lo largo y ancho de ese largo período. Nostalgia porque, para nosotros europeos, fue un mito, una fantasía en una isla junto a los Estados Unidos. Todo eso lo pudimos contemplar a distancia porque nada teníamos que perder y solo ganábamos con una admiración barata que nos apartaba de los problemas cotidianos en Europa hasta llevarnos a magnificar a un país que no conocíamos más que de referencias y como mucho y posteriormente de vacaciones de los más idealistas. Algunos podían recordar el alzamiento de Hungría de 1956 contra el régimen comunista. Pero Hungría nos cogía al lado de casa y, sobre todo, no tenía nada de exótica y allí hacía un frío que pelaba.

Al comienzo, es un hecho histórico, a Fidel Castro lo apoyó hasta una cierta prensa progresista de los Estados Unidos. Y en Europa los medios de comunicación acogieron el acontecimiento por su olor exótico. Las primeras portadas de “Paris Match”, con los barbudos en primer plano llevaron a los europeos al estupor y luego a considerar que se estaban perdiendo probablemente la mejor película de aventuras del siglo.

Fuera del egoísmo medido de las Cancillerías, de los cálculos políticos y hasta económicos que pudieran hacer los especialistas, la aventura de Fidel Castro de levantarse en armas para derrocar al malo, el dictador Fulgencio Batista, constituyó una auténtica odisea que a ocho mil kilómetros de distancia podía verse, exaltarse e incluso adherirse a ella porque era exotismo puro, algo que no habíamos conocido nunca.

Éramos demasiado jóvenes cuando se produjo la Revolución de 1789, la auténtica, la madre de todas las revoluciones, la que enseñó al mundo que la libertad era también y ante todo comer ese pan que el pueblo pedía, enseñar al que no sabía, aprender un nuevo modo de vida, lejos del feudalismo, a años luz de la opresión de los poderosos, la monarquía, los nobles.

Nobles adornados con el lujo que ocultaba la peste de la poca higiene incluso en Versalles, donde los reyes vivían entre fiestas y cortesanos una existencia que nada tenía de parecido con la vida de mil necesidades de las madres que en el París auténtico, el París popular, se echarían a la calle en busca de comida para sus hijos. Y entonces surgen los líderes, los salvadores del mundo, Danton, Robespierre y otros que dan al movimiento un cariz reivindicativo político. Y nace la Revolución con sus guillotinas que no paran de cortar cabezas en la Place de la Concorde.  Menuda concordia.

Es la Revolución que va a marcar al mundo entero el camino a seguir en busca de una vida mejor.En Cuba no hubo guillotinas pero murió quien quizá no tendría por qué haber muerto. Todos los procesos revolucionarios se nutren de la sangre de sus víctimas. Hasta ahí la comparación.

La Revolución que en Cuba cambiaría la visión del mundo –más de un comentarista ha hecho hincapié en este extremo—dura ya sesenta años, nada que ver con la de 1789. Es como si no se hubiese sabido terminar la tarea. Muchos han sido los intereses y muchos los titubeos. Diez, once millones de personas que todavía en 2019 tienen que echarse a la calle, pacíficamente, para buscar pan, porque de pronto falta harina en la Isla, porque Cuba está aislada, arrastrando a duras penas el pesadísimo fardo del embargo norteamericano.

Y desde que Donald Trump se hizo con la Presidencia de los Estados Unidos, vuelve a sonar la voz de alerta. El nuevo presidente quiere una América para sus americanos, y todos los demás sobran y el que se mueva, ya veremos. Y ya no hay Comandante que mande parar.

Los millones de jóvenes que en Europa y en el resto del mundo veíamos de lejos, de muy lejos, esta ópera espectacular, nos entusiasmamos hasta lo indecible por aquellos rebeldes barbudos que se decía llegados de una tal Sierra Maestra con sus uniformes verde olivo para expulsar a los malditos señoritos que festejaban el Año Nuevo con esmóquines y perfumes de lo más fino. Nos entusiasmamos hasta el paroxismo, pero como niños mal criados que éramos y como nos hubiésemos exaltado por cualquier aventura en las pantallas del cinematógrafo.

Confesemos que cuando empezamos a ir a Cuba, aunque hubiese que dar una vuelta por Canadá, y comprobamos en La Habana las carencias, preferíamos quedarnos con la belleza de las sonrisas que nos acogían, con el salero de unos señores que querían vendernos un medicamento milagroso o puros habanos salidos de Dios sabe dónde, estuvimos encantados. Insisto, pese a quien pese, que era como si hubiésemos podido colarnos en unos estudios de Hollywood y asistir de cerca a las mil argucias y fanfarronadas de Errol Flynn disfrazado de espadachín vengador.

Porque si ya entonces los cubanos carecían de todo, no nos emocionábamos suficientemente cuando en alguna casa nos ofrecían un café, porque nuestra ignorancia no nos permitía suponer que para aquella señora que te traía la tacita con sus dos manos y todo su amor, aquello era un sacrificio importante. No tenían ni para ellos y se permitían obsequiarte. Grandeza de esos cubanos.

Pero éramos europeos mal criados, lo repito, y se nos antojaba casi normal todos los homenajes que pudiéramos recibir. Y cuando alguien nos hablaba de que en ese momento en Cuba la gente nadaba en carencias de todo tipo pero sobre todo alimentarias, porque vivíamos el Período Especial, déjenme que le ponga mayúsculas, nos sabía el café todavía más rico.

Un día, sin pensarlo, nos felicitábamos de ver una enorme bandeja de ricos tomates, que a nosotros nos sobraban en Francia, pero que el amigo europeo afincado en La Habana como corresponsal de prensa extranjera, te presentaba como algo excepcional, porque hacía meses que no se encontraban en ningún mercado, en ningún revendedor.

Y en ese momento hubiésemos preferido que sacara algunas de las langostas que se aburrían en el enorme frigorífico de la cocina. Nosotros en Europa sí que echábamos de menos las langostas. Eran cosas que por lo menos teníamos la vergüenza de callar.

Pero no nos importaba inflarnos de ricos tomates, hacer gracia a la que considerábamos como una extravagancia de nuestros amigos.Éramos unos caprichosos perdidos en un país que hubiese necesitado de nuestra seriedad, de nuestra cordura y, sobre todo, de nuestra solidaridad.La Revolución cubana había llegado antes de que nosotros, jóvenes europeos, aprendiésemos ese tipo de cosas.