Todos somos Thelma y Louise

Sergio Berrocal

Es una vieja película, una vieja obra maestra del maestro Ridley Scott, se titula “Thelma y Louise” y quien no la haya vista que se cubra la cara de cenizas.Dos amigas, una más joven que la otra, pero las dos bellas y llenas de vida y de talento de vivir, llegan a la conclusión de que los sueños son auténticas trampas, asquerosidades que no valen la pena y salen pitando por una carrera, a bordo de un descapotable, allá por el cañón del Colorado, para airearse el cerebro o quién sabe si quizá ya con el esquema bien aprendido. Gena Davis, deliciosa, rubia, es la más joven de las dos. Susan Sarandon, imparable en todo lo que hace, la veterana en el sufrimiento matrimonial.No son mujeres apaleadas pero quieren una libertad de la que no gozan, como cualquiera en un momento dado de su vida.

Estás viendo la película en casa, estás degustando la maestría del realizador, el arte de la pareja de actrices que parecen divertirse enormemente, y te acuerdas de tu propia vida mediocre precisamente en el momento en que el coche de las dos fugitivas de la vida corre como si el mundo fuera sin límites y las carreteras interminables. Piensan que con mucha gasolina, muchos kilómetros y mucha voluntad encontrarán una solución para sus problemas, que ni siquiera son los malos tratos o maridos posesivos, celosos.

No, Thelma y Louise solo quieren libertad, en la medida en que esta palabra pueda representar lo absoluto. Marcharse por una carretera, tomar otra, repostar y seguir adelante. Como cualquiera de nosotros o de vosotras que un día decidimos que ya está bien de la comodidad de la vida moderna plagada de convenciones, de repeticiones, de momentos de siempre, repetitivos, aburridos.

Thelma y Louise buscan otra vida, pero no saben qué es lo que buscan. De lo que están convencidas es que lo que tienen en sus casas, con sus maridos, con sus idas y venidas de todos los días, no les basta. En el correr hacia no se sabe dónde, encuentran las trampas de las que creían escapar, un amor de una noche que ya por la mañana se ha enfriado y que además les ha robado el pequeño botín que tenían para seguir la aventura. Atracan, son atracadas, engañan son engañadas. No es más que el juego de la vida, el juego de todos los días. Ellas terminarán casi matando por nada o por casi nada.

Hasta esa grandiosa recta final, cuando un gordo e infame camionero quiere llevarlas al catre y el enorme camión de gasolina que él conduce y el cómodo descapotable de las fugitivas se encuentran en un aparcadero para hablar y ajustar cuentas.El machista conductor no quiere arrepentirse de sus pecados y Thelma y Louise deciden castigarle. Empiezan a tirotear su camión hasta que explota.

Helicópteros, coches de policía, la caza se ha organizado. Thelma y Louise ya no son unas mujeres algo locuelas o ansiosas de libertad. Ahora se han convertido, por las leyes que rigen a los humanos, en delincuentes, en fugitivas que la justicia tiene el deber de aleccionar. Porque, ¿si no que sería mañana? Decenas, centenas, quizá miles de mujeres tomándose la vida a su manera y haciéndose justicia de su condición de mujer.

No es una película feminista. Thelma y Louise son simplemente dos mujeres asustadas y cabreadas que quieren conquistar el derecho a hacer lo que les de la gana.Como cualquiera de nosotros. Suponga que usted, señor, se levanta una mañana con el cerebro harto de seguir los caminos rígidos y bien trazados que le pone vallas a su vida.

O usted, señora, que se ha dado cuenta al levantarse sin más ilusión que tomarse un café para aclararse la cabeza, que su marido es un soberano cabrón, machista, de macho, que no le permite respirar más que cuando él lo dice.

Pero las enseñanzas de Ridley Scott son también para los hombres, hartos de ser una pieza en una sociedad que probablemente les desprecia y en todo caso en la que ellos se sienten cada día más explotados, menos considerados. Y cuando llega a casa el despreciado de todos y de cada uno, la mujer y los hijos le tratan como si solo fuese el burro que trae malamente la pitanza y con poco entusiasmo y menos billetes el sueldo a final de mes.

Se da cuenta de pronto que es un explotado. Que su vida no consiste más que en mantener a una familia de la que ni siquiera forma parte, porque después de todo no es más que el elemento exterior que procura regularmente la gasolina para que ellos, su familia, funcione.

Y entonces surge la solución de Thelma y Louise. ¿Por qué, para qué, soportar una vida que no tiene ningún sentido, ningún aliciente? Y se encienden las ideas de volver a empezar, de que te equivocaste y que seguir jugando al esclavo hasta que te metan en un ataúd no tiene gracia. Y a él, que ya empieza a ser rebelde, no le hace una pizca de gracia.

En Europa no existen esas grandes carreteras que llevan al fin del mundo, al infierno, pero al cabo de un larguísimo recorrido. En Europa, te pones al volante de un coche, de un camión y en menos tiempo de lo que quemas el contenido de tu depósito ya estás fuera de tu país, y entras en otro, del que sales en un rato, y vuelves a otra frontera.

No, en este mundo tan pequeño no hay escapatoria.Entonces esos dos amigos, Eduardo y Luis, se ponen de acuerdo y se organizan un viaje a California. Cuando se meten en el descapotable que quizá rodó en alguna película saben que ya tienen la decisión en sus manos. Y empiezan a correr, a acumular kilómetros, delitos de tráfico, terminan por matar a un asqueroso coyote que quería robarles. Ya tienen los helicópteros por encima de sus cabezas. La caza ha comenzado. Como en Thelma y Louise.

Y llega la escena final. El coche, perseguido por una manada de automóviles pintarrajeados de ley y con ruidosos avisos, sigue corriendo pero ya sin esperanza. Y como en Thelma y Louise se encuentran al borde del acantilado. Más allá es la nada. Más atrás, la justicia, peor que la nada. Jueguen a este juego y pregúntense si serían capaces de decir lo que Thelma dice a Louise antes de que ésta de el acelerón final: “¡Oye, Louise, no nos dejemos coger. Sigamos adelante!”. Y se agarran de la mano. Y el coche toma velocidad. Y el coche vuela libremente, libres por fin, en el agujero del infierno que ya han rebasado.

 

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