Lola, suma y sigue

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Como todas las mañanas, Luis ya tenía el ordenador en marcha cuando su asistente se le acercó con un té fuerte y caliente. La muchacha se quedó un momento contemplando la playa a la que daba la terraza del piso de Leblond donde Luis ya llevaba un mes instalado.Hablaron un momento y ella volvió a marcharse. El ordenador siguió alineando letras, signos en la pantalla para explicar al mundo lo que estaba ocurriendo en un Brasil donde desde primero de año reinaba por primera vez un Presidente, Jair Bolsonaro, con pasado de militar y fama más que fundada de derechista furibundo.Los cuatro mil despidos de funcionarios por el mero hecho por pensar a la izquierda era un signo muy evidente de lo que estaba sucediendo. Bolsonaro parecía querer liquidar todo rastro de la izquierda del PT (Partido de los trabajadores) que con las dos presidencias sucesivas de Lula, ocho años de poder, había tomado alas.

Lula seguía en una cárcel sin grandes posibilidades de salir de inmediato. El juez que lo había mandado encarcelar se estrenaba ya como ministro de Justicia. Bolsonaro sabía agradecer los favores.Al cabo de treinta años de exilio, los uniformados estaban de vuelta en la vida pública de Brasil. Siete de ellos, los de más alta graduación estaban en el recién formado gobierno.

Y ya andaban diciendo, Dios y ellos sabrían por qué, que sería un gobierno “con militares” y no un gobierno “militar”.Estaba tecleando y tratando de comprender sus propìos pensamientos cuando su asistente le anunció una visita. Ni le hizo caso y siguió tecleando. Que esperara. Llevaba un mes en Río y le sobraban las visitas. La única que hubiera deseado era la de Lola, a la que había visto por última vez entrando en un hotel de la Opera con un hombre desconocido. Bueno, se dijo, todas las historias tienen un final. Volvió la asistente acompañada de alguien que no veía en la penumbra. Hasta que soltó un rosario de imprecaciones…

-¡Lola!

La muchacha estaba si posible más radiante que nunca, aunque tenía tristeza en los ojos y se le notaba mucha ansiedad. Antes de que él pudiese intervenir le dijo de carretilla:

-Desde que desapareciste llevo un mes escribiéndote, mandando mensaje, telefoneando cuatro veces por día. Estoy cansada, Luis, no me merezco tanto desprecio.

-¿Qué tal va el hombrecito del hotelito?

Lola reaccionó sin respirar:

-El telefonista… ¡Y yo qué sé!

-Ah, ahora te acuestas con tus telefonistas…

Se le puso el rostro rojo y pegó casi un alarido:

-¡No era un telefonista, sino un ingeniero en telecomunicaciones con el que tuve…bueno, ya sabes!

Luis siguió con su artículo, contestó a un par de llamadas y concluyó de teclear antes de que ella reaccionara. Se le había acercado y se sentó en un sillón junto a él. Dios mío, qué bella es, se dijo Luis, lástima que ya se haya acabado.

-Lo del telefonista no fue más que una pasada, una equivocación. ¿Tú nunca te has equivocado? ¿Entonces por qué tuviste que casarte dos veces para saber que habías metido la pata.

-Yo también tengo derecho a equivocarme.

Luis sintió deseos de tomarla en sus brazos y no dejarla escapar. Pero era demasiado grave. Sería mejor despacharla cuanto antes. Cuanto menos dolor mucho mejor.

Lola se había quitado un pañuelo del cuello, lo tiró con rabia sobre el ordenador y se enfrentó a lo que pudiera pasar:

-Estos últimos tiempos he pensado mucho en nuestra relación. Sobre todo en la diferencia de edad…

-Oye, que no soy ningún viejo chocho.

-Seguro que no. Pero tienes 76 años y yo apenas 35. ¿Tenemos futuro? No lo sé. Cuando me encontré con el telefonista en una reunión en Bali, ¿recuerdas?, fue el año pasado, me dije que tenía que probarme si de verdad mis sentimientos eran tan fuertes como para aguantar esos treinta y pico de años que nos separan. Porque ya sabes, que luego…

-Son 41 años, ni más ni menos. Pero si sabes leer verás que un señor presidente como Bolsonaro tiene una mujer a la que le lleva más o menos ese tiempo. Y por lo visto son muy felices. Claro que las brasileñas no son las europeas que solo piensan en ir de tiendas y en ponerse guapas para meterse en la cama del primer telefonista que se les cruza en el camino. Ellas, las brasileñas, tienen sentido de la familia, de la maternidad. Por si no lo sabes, porque supongo que no habrás tenido tiempo de leer los periódicos, no se puede hacer todo al mismo tiempo, la esposa del presidente tiene 25 años menos que él. Y es Presidente…

-¡Eres un engreído miserable al que le importa todo un bledo. Te largas de París de la noche a la mañana y sin avisar y me dejas tirada allí, sin preocuparte de lo que podía pasarme, de lo que era de mi vida!…

-¿Vienes para decirme que el telefonista te ha embarazado? Mi enhorabuena. Espero que tengáis muchos telefonillos, si posible portátiles porque por los tiempos que corren…

Lola se había levantado. Nunca la había visto tan enfadada. Le pegó un manotazo al ordenador, que fue a parar al suelo y salió corriendo hacia la puerta soltando improperios muy poco adecuados para una señorita.

Se precipitó hacia la puerta del piso, pero la asistente había sido más rápida que ella. Lola se frenó en seco, se dio media vuelta y gritó:

-¡Dile a tu telefonista que si no me deja pasar le estrello la cara!

Luis se incorporó con mucho cuidado y con más dificultades. Hacía unos días que el médico le había dejado que abandonase la silla de ruedas pero la experiencia había sido un rotundo fracaso. La esclerosis se lo estaba comiendo. Lola se dio cuenta que iba a caerse y llegó justo a tiempo para aguantarlo. Los dos cayeron como al ralentí sobre la alfombra.

Lola lloraba intentando incorporarlo con la ayuda de la muchacha que hacía un momento le hacía cerrado el paso. Cuando él volvió al sillón sudaba abundantemente y apenas podía hablar. Lola seguía en el suelo, llorando. Cuando se hubo calmado volvió a su asiento.

-Lo siento, no sabes cuánto lo siento. Déjame explicarte… Con el telefonista quise probarme que podía pasarme de ti. Que en realidad yo quería a mi lado un hombre joven, dinámico, capaz de darme una vida más fácil…

-Ah, porque yo soy el monstruo del Lago Ness…

– Todo este mes he estado preguntándome cómo sería esa nueva vida que yo pensaba querer. Bruno…, bueno, el telefonista, me dijo que estaba enamorado de mí y que no pedía más que casarse conmigo.

Luis estaba atento. Había llegado la hora de la verdad. Las cinco de la tarde. Pero no tenía ganas de ser el toro.

-Mira, Luis, he tomado una decisión, que he querido anunciarte personalmente. Las cosas no pueden seguir así. Yo queriéndote como una boba y tú… despreciándome… jugando con tu silla de ruedas.

Le caían las lágrimas silenciosamente.

-Entiéndelo, meu bem, es imposible seguir así. Tienes que cambiar. Y yo te haré cambiar. Porque me quedaré contigo hasta el final de los finales…

Luis estuvo a punto de volver al suelo cuando se le echó encima, riendo y llorando. La asistente hizo mutis por el foro silenciosamente.

La noche fue lo que habían sido las mil y una noches de otros tiempos. Por la mañana, cuando despertó, Lola parecía transformada.

-Para un paralítico, no ha estado nada mal. Creo que me voy a quedar contigo. La verdad es que el telefonista no me gustaba y, además, apestaba  a ajo. Y eso no lo soporto…

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