El viejo y la eternidad

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Acabó de preparar el artículo sobre Jair Bolsonaro, Señor Presidente, Mi Capitán, y miró los mensajes que le habían llegado al teléfono. Ya, que se anulaba aquel almuerzo que le hubiera hecho tan feliz. Bueno, así tenía tiempo para afinar el enfoque del próximo artículo.Llevaba una eternidad en la Redacción porque ya no tenía adónde ir. Aunque siempre le quedaba la posibilidad de bajarse al “Vaudeville” y tomarse un par de huevos duros con sal, no mucha, viejo, que ya sabes lo que dice el médico, y un café con leche. París tenía un lindo fin de mañana. La gente de la bolsa ya se arremolinaba en la verja del grandioso edificio, al que tanto partido le había sacado Emile Zola con sus banqueros henchidos del orgullo de ganar, nadie se vanagloria al perder, y aquella condesita arruinada que espiaba siempre desde un coche de caballos en la esquina la llegada de algún ganador que le alegrara también la vida a ella.

Atravesó la plaza y tomó por los bulevares. En vez de sus tradicionales huevos duros de la soledad podría darse un homenaje tomándose un cuscús allí enfrente. Pero no. Demasiados recuerdos. Se atragantaría. Y no veía nadie al horizonte con quien echar un ratito de conversación que lo librara de aquella soledad que se le había metido en el cuerpo.En el fondo, se dijo, tienes una suerte de granuja. Estás jubilándote y todavía te ha tocado en esta lotería de la vida o de lo que sea ese bellezón de mujer que dice que te quiere y que te mima. Sí, claro, menos hoy. Hoy te has quedado plantado y sin novia. Seguro que no pudo liberarse. Una ejecutiva de altos vuelos como Lola tenía siempre mil compromisos. Demasiado que se acordaba de tu cara, viejo infame.

Como no tenía nada mejor que hacer repasó la entrevista que la noche anterior había tenido con el Director de la Información de su periódico. Le había propuesto mandarle una temporada a Brasil para observar cómo iba a ser ese gobierno de extrema derecha que tantos clamores provocaba en el extranjero.

Él ya había pasado varios años como corresponsal en Brasilia y Río de Janeiro y se trataba, le explicó su colega, igualmente a punto de jubilarse pero desde las alturas, que siempre era menos traumático, de establecer comparaciones y sobre todo intentar saber que llevaba en la barriga de su política exterior aquel antiguo militar que de una manera bastante sorpresiva, aunque eso sí, con Lula Da Silva en la cárcel por si las moscas, se había convertido en Presidente del más poderoso de todo el continente americano. Un país no solo potencialmente rico en todos los sentidos sino poseedor de esa Amazonía que era el pulmón del mundo y que guardaba uno de los elementos más buscados por todos, el agua potable.

Estando él de corresponsal, ya hacía años, cuando fungía el Presidente Fernando Henrique Cardoso, un grupo de izquierdas del Senado había denunciado que Washington tenía preparado un plan para ocupar la Amazonía cuando lo creyese necesario. Y el agua, la preciosa agua, era el principal tesoro que perseguían aquellos planes. Porque los especialistas habían llegado a la conclusión de que dado el deterioro climático del mundo, el tesoro mayor acabaría por ser el agua.

Mientras deambulaba por los bulevares recibió una llamada de Lola. Durante cinco o seis minutos, la muchacha, apenas tenía treinta y seis años, le entretuvo contándole los líos de su empresa y lo aburrido que estaba resultando su almuerzo de dirección.

Finalmente optó por los huevos duros y el café con leche que, como siempre, le supieron a gloria.Ya se le hacía tarde. Había prometido terminar el dossier de Brasil y todavía le quedaban algunos ajustes. Se apresuró pero quiso darse una vuelta por la Opera que estaba a dos pasos. Lo había decidido. Cuando volviese al periódico lo primero que haría sería ir a darle su acuerdo al Director de la Información para el viaje a Brasil. Lo había hablado con Lola y a ella le parecía estupendo. Le animó todo lo que pudo. Sería la última oportunidad para alejarse de París y luego volver ya preparado para colgar los guantes.

El recuerdo de la alegría que tuvo Lola cuando se lo dijo le hizo sonreír. Iba a entrar en la calle del 4 Septembre cuando se paró el seco. Le parecía haber visto a Lola saliendo del Café de la Paix. Seguro que le quería dar una sorpresa y que dentro de un rato subiría tan parlanchina como siempre a su despacho.

Reanudó la marcha cuando se quedó nuevamente parado en seco. Sí, claro que sí, era ella. La acompañaba un señor muy elegante, sin duda alguno de los altos ejecutivos de la empresa. Tres minutos después veía cómo los dos, en medio de una conversación que parecía muy animada –a él le pareció oír la contagiosa risa de Lola—atravesaban la calle y se metían en un hotelito al que ellos habían acudido más de una tarde y alguna que otra noche. Seguramente iban a dejar algún mensaje para un cliente. Esperó un buen rato. Dio media vuelta y entró en la estrecha recepción. Allí estaba como siempre Jean-Pierre, el conserje día y noche. Le miró y casi le preguntó. El hombre quedó un poco desconcertado pero no tuvo más remedio que asentir con la cabeza.

Salió casi corriendo y cuando llegó al periódico se encontró con el Director de la Información en el ascensor, quien le preguntó si le ocurría algo. “Estás un poco pálido”, le dijo.Antes de que llegasen al sexto piso, estaba decidido. Partiría para Río por el vuelo de Air-France a la tarde siguiente.

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