El ángel de Van Gogh

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Me gusta pensar que Van Gogh, que pasó una gran parte de sus 37 años envuelto en una tenue locura, tuvo siempre a su lado un ángel, uno de esos que los brasileños atribuyen a todo el mundo. Ellos dicen que cada cual tiene un ángel que le acompaña siempre, aunque nadie sabe cuáles son sus funciones. Pero el pintor holandés, el más grande de todos los pintores, el más expresivo, el que daba vida a cualquier pincelada, que inventó el más impresionante de los colores, el amarillo, su amarillo, que nadie sabe o no ha querido explicar si le chorreaba en su cabeza desgastada por la soledad y sobre todo por el desquicio de ver que otros pintores vendían sus cuadros. El no. Algunas fuentes dicen que una vez vendió uno. Pero probablemente era un admirador optimista.

En realidad, todo lo que pintó acababa en los almacenes de su hermano Theo, marchante de arte en París, quien regularmente le mandaba una especie de pensión gracias a la cual pudo vivir hasta el momento en que decidió que no aguantaba más, que era un desperdicio, que no valía la pena seguir la lucha y se pegó un tiro, en un campo de Arles, ese pueblo francés del sur que él tanto amó.

Jesús no conoció a Van Gogh y es realmente lástima. Los dos eran rebeldes, llenos de amor y de humanidad pero un tanto anárquicos. Se hubiesen entendido a las mil maravillas.

A su manera, Van Gogh predicaba con sus pinceles, y hacía que el mundo fuese más bello, aunque él estuviese aislado por su manera de ser, quizá por su enfermedad, que de un manicomio a otro le permitió seguir su camino de cruz dejando el rastro de sus maravillosos colores, de sus figuras que parecen salidas de otro planeta, de otro mundo, del universo en el que él moría poquito a poco.

Durante mucho tiempo pintó Arles, su gente, sus campos. Y su café en el que él pasaba parte de las noches esperando probablemente que llegase el sueño ayudado por ese veneno llamado absinto que entonces era el licor de moda.

Qué delirio más bello el suyo cuando se contempla su cuadro La terraza del café, la suya, en la que él se iba desgastando pero al mismo tiempo imaginaba deliciosos tonos como ese amarillo fabuloso.

La terraza la pintó de noche, cuando el cielo de Arles se llena de visitantes de luz que no llegan a ser estrellas, cuando las gente de bien y de paz va ya para recogerse en casa. Mientras, él departía en la terraza con algunos parroquianos. Y de pronto, el oscuro café Van Gogh lo ilumina con una pincelada. Lo llena todo de amarillo, su amarillo, el único.

Es uno de los más bellos cuadros. Te sientes preso del amarillo nocturno que solo deja entrever las siluetas de los clientes. El personaje principal es el color, nada más que el color. Ni siquiera el color, el amarillo que tiene vida propia, que se mueve por esa calle donde el pelirrojo holandés se refugia con sus angustias que siempre le acompañan, que ni siquiera le abandonan cuando se corta de un tajo un pedazo de oreja. La versión más delicada es la que afirma que lo hizo por el amor de una prostituta que le rechazaba. La más terrible es que estaba celoso de Paul Gauguin, otro pintor francés al que las cosas le iban mejor.

En el semanario francés Le Figaro Magazine, he descubierto la foto de una esquina de una terraza de un café de París, arrasada durante las recientes y violentas manifestaciones. A la derecha, un fogonazo de luz, de un amarillo casi Van Gogh.

Un amarillo violencia, revolución, un reflejo que se alojaba con sus miedos en la cabeza del pintor.

Un amarillo de lucha, de fraternidad, de ganas de cambiar las cosas, de cambiar las vidas, las de los más pobres como él conoció a tantos antes de empuñar los pinceles, cuando ayudaba a su padre, pastor protestante, en sus visitas a los mineros holandeses hundidos en la miseria del carbón.

Van Gogh, cuya única violencia a lo largo de su existencia fue pegarse un tiro, sin molestar, sin aspavientos, ganó la batalla de los colores pero perdió su propia batalla, la de ser algo más que un pintor que un día sería famoso. Ser un hombre feliz.

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