Cuba, 60 años después

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

Recuerdo hasta el detalle aquel 1 de enero de 1959. “¡Se fue Batista, se fue Batista!”, anunció mi padre eufórico cuando La Habana se espabilaba en el inicio desconocido entonces de 60 años de revolución. El dictador Fulgencio Batista había optado por escapar horas antes y al trascender la huida se desparramó por la isla una ola de fiestas callejeras y esperanzas desbordadas porque a partir de ese día, fue la suposición, “todo será mejor”. Recién había cumplido 14 años y rememoro aquellos instantes del predominante blanco y negro como postales a todo color, bendecidas por el más radiante de los días. Pero poco después mis viejos y el resto de mi familia, amargados por el rumbo de los acontecimientos, se fueron del país en el que nacieron, hasta morir con nacionalidad cambiada sin que Washington me permitiera despedirlos. Había arrancado una fracturación familiar sin precedentes; estaba en marcha un estremecimiento social de fuerza telúrica; parecía que al fin paría la utopía, sin que determinaran apellidos encumbrados, riquezas, grados militares o colores de piel; comenzaba un desafío de alcance infinito al que nos entregamos teniendo como único código el romanticismo de los buenos cuentos de aventuras; y guardamos las heridas, sin siquiera imaginar que ellas seguirán abiertas seis décadas después.

Hoy ando hacia los 74 años. He sido protagonista entre los de a pie y sigo narrando mi tiempo sin que nadie me lo pida. Desde aquel lejano enero ha habido de todo para bien de unos y mal de otros. Cada quien tiene su historia, sus desgarraduras e ilusiones. Para la familia Argote, de las montañas orientales, donde hace 60 años no se conocían ni el cine ni los helados, lo ocurrido “es una bendición”, porque él y los suyos tienen trabajo “bien pagado en el café”, y cuentan al alcance de la mano con el maestro y el médico; “ahora somos gente”, dice con orgullo (la salud y la educación devinieron públicas en cualquier parte del país y con paneles solares se ha llevado a luz a comunidades intrincadas). Amelia está abrumada, ella y su familia viven en un albergue colectivo, porque su casa se deshizo hace 20 años en un edificio colapsado por vejez, no tiene dinero para “vivir como Dios manda” y el Estado no alcanza a resolver la demanda (el déficit habitación es de cerca de un millón de viviendas. El Estado -principal constructor- no contempla solución en menos de otra década). Rodrigo hace planes para emigrar tras cuatro años de graduado como ingeniero en telecomunicaciones porque en este país, dice, “no hay futuro” (la tendencia a migrar aumenta entre los jóvenes profesionales, cuando el salario medio mensual en el predominante sector público no llega al equivalente a 40 usd). Y Diosdado asegura sentirse “esperanzado con el nuevo presidente” y su andar por todas partes “para desenredar problemas que pueden ser resueltos”, según asegura el mandatario Miguel Díaz-Canel (asumió la presidencial en abril pasado y la economía cerró el año con un crecimiento del 1,1 por ciento, no se cumplió el 2 % previsto. El presidente ha anunciado que 2019 será otro año de “retos y victorias”).

Si, han sido 60 años muy duros, no podía ser de otra forma. El bloqueo de Estados Unidos dejó solo en 2018 pérdidas por 12 millones de usd ¡DIARIOS!, lo que mantiene viva la urgencia de que la economía marche a ritmo de reloj suizo, reto en gran parte pendiente entre quienes aquí tienen la facultad de decidir y única manera de atenuar el impacto entre los simples mortales de esa política de ahogo. Hay desidia en muchos; hay rabia en otros por lo que no debe perderse y se escapa entre reuniones y más reuniones sin sustancia en el diario; hay auge en la guerra no declarada por Washington; y la mística que envolvió aquel enero distante tiende a diluirse en la cotidianidad. El tiempo no cree en descansos y la cuesta se empina todavía más.