Los camboyanos rojos brasileños

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Era en las montañas del estado de Goias, Brasil, en el año de gracia de 1998. En lo alto de la montaña, en el campamento de los sin tierras, asentamento como ellos decían, adonde se podía llegar dejando medio automóvil por caminos que ni las cabras hubiesen elegido.Bueno, sí, todos los hombres, mujeres y niños que habían ocupado aquellas  tierras y plantaban maíz, estaban convencidos, como el resto de los brasileños, que Jesucristo vendría cualquier día para  vengarlos. Debajo de una tienda de campaña de plástico negro como las que habitualmente utilizaban los Campesinos Sin Tierras, una mujer guisaba con un niño agarrado a su cintura. Ni uno ni otro pronunciaban palabra. A los ecologistas les hubiese encantado seguramente aquel lugar idílico desde donde casi se podía tocar el cielo. Lo malo es que cuando uno se metía en los maizales siempre podía acechar una serpiente, cualquier serpiente de aquella sabana, y lo que en otro lugar del mundo, a sólo doscientos kilómetros del asentamento, no hubiese pasado de un susto, un incidente, podía convertirse en tragedia antes de decirlo.

En el campamento los niños corrían por la tierra rojiza. Otros formaban círculo alrededor de un instructor político, delante de un árbol frondoso de cuyas ramas colgaba una bandera roja y la efigie del Che. A nadie se le ocurría pensar lo que podía pasar con una mordedura de serpiente porque eran fatalistas. Pero sí sabían que no tenían electricidad y por lo tanto carecían de una nevera por vieja que fuese para mantener a la temperatura ideal la ampolla que inyectada rápidamente anulaba los efectos del veneno. A veces habían intentado bajar a la víctima hasta la ciudad más cercana pero cuando habían conseguido llegar, casi siempre era demasiado tarde.

Quizá era ya también demasiado tarde para la revolución que todos los que estaban allí tenían en la cabeza. Abajo, en la civilización, a estos hombres y mujeres que se perdían por las montañas en busca de la dignidad que da la comida, por escasa que fuese, les comparaban con los camboyanos rojos, aquellos que en uno de los lugares más bellos del mundo habían perpetrado una de las matanzas más sonadas de la historia. Los campesinos eran gente pacífica pero determinada.

El instructor que adoctrinaba a los chiquillos debía tener veinte o pocos más años. Se sonrió cuando le hablé de la referencia a los camboyanos rojos. No podía decírselo  a aquel periodista que al día siguiente lo hubiese proclamado a los cuatro vientos, pero su sueño secreto, el que le permitía aguantar el bullicioso calor desde que amanecía hasta que el sol se marchaba, el que le hacía olvidar las llagas de las manos que nunca habían emprendido trabajos tan duros como aquellos del campo, casi sin herramientas, era poder marchar un día sobre Brasilia al mando de todos aquellos compañeros que se hartaban de padecer y apenas si tenían ganas de vivir.

Rodearían el palacio del Presidente —no lo conocían más que por fotos de algún periódico— y exigirían….Aquí es donde su sueño se bifurcaba por ensoñaciones que le permitían verse pateando la moqueta del despacho presidencial, pedir un cafezinho que un mozo de chaqueta blanca se apresuraría a traerle. Él había nacido en Pernambuco, allá en el nordeste, y desde los siete a los veinte años trabajó ayudando a su padre, carpintero, que apenas si sacaba al día suficiente para que sus cuatro hijos y su esposa tuviesen algo que llevarse a la boca.

Un día vio pasar una caravana de aquellos campesinos sin tierras sobre los cuales su imaginación hambrienta había tejido santísimas ilusiones. Cuando pasó otra caravana, decidió unirse a ellos. Todos los ratos libres que le dejaba la carpintería los había consagrado a leer cuanto le caía en las manos. Era uno de los rarísimos niños del pueblo que sabía leer con soltura y escribir con garbo. Un oficinista de una central de caña, ya entrado en años y al que sus mayores   habían educado en principios marxistas-leninistas traídos de la Italia que les vio nacer, se encaprichó con el chiquillo y se le metió en la cabeza que podría realizar todo aquello que él no había sido capaz de llevar a cabo.

Hasta muy tarde por la noche lo adoctrinaba de una forma tan confusa que el niño entendió que la revolución era posible a condición a estar dispuesto a dar la vida.

Los dirigentes locales de los campesinos quedaron impresionados por el lenguaje del muchacho y no tardaron mucho en mandarlo a la capital para que pudiese charlar con cuadros de la organización más poderosa de Brasil que nunca había querido convertirse en un partido político, como si temiesen disolverse en una vida política marcada por el poder de unos pocos y las ambiciones de muchos. Entonces se integraría a una sociedad que habían pasado toda la vida combatiendo. El mito desaparecería cuando los campesinos dejasen de morir en tierra de nadie y cesasen de ocupar fincas dejadas al abandono por propietarios que así le sacaban más partido que cultivándolas.

Mientras el “camboyano rojo” soltaba un discurso que ni siquiera los niños apiñados en los alrededores hubiesen podido creerse, me sentí de pronto frustrado, como si el viaje desde la opulenta Brasilia a este refugio montañoso le hubiese arrancado ilusiones. Desde que llegué a Brasil como corresponsal me había entusiasmado con las ideas que oí por boca de algunos de los líderes del Partido de los Trabajadores, de esencia marxista. Uno de ellos era Cristovam Buarque, entonces gobernador del distrito federal.

Profesor universitario, muy allegado a Lula, creía firmemente que la mejor manera de dar un futuro a los jóvenes pasaba por la educación a toda costa. Nunca le había oído citar a Danton, pero Buarque parecía firmemente convencido de que después del pan lo más importante para un pueblo era la educación.

Allí, en la montaña, donde el sol ardiente del mediodía empezaba a picar, todo parecía irreal. A mi alrededor había poco pan, más bien mazorcas de maíz, y menos escuelas. No sabía que unos años más tarde, ante el estupor de la clase pudiente, Brasil tendría como presidente al mismísimo Lula, a quien los burgueses de Brasilia siempre imaginaban con un cuchillo entre los dientes, sediento de sangre. Lo peor estaba por llegar.

También ignorábamos que después de ser presidente tres veces, el mismo Lula terminaría en la cárcel. La feijoada, el plato nacional brasileño que curiosamente era el que los conquistadores portugueses permitían comer a los esclavos brasileños (deliciosas judías negras con suculentas orejas y otras partes consideradas menos nobles del cerdo) era el plato fuerte del banquete de bienvenida que los campesinos sin tierras reservaban a sus invitados de marca. La degustamos con austeridad, sin la tradicional cerveza fría ni el aguardiente de caña caliente, en la única construcción de ladrillo y cemento que se veía en medio de los maizales, probablemente la vivienda que alguna vez ocuparon los caseros de la hacienda. Cuando nosotros iniciamos el camino de vuelta, ellos seguían trabajando y soñando.Pero pronto, unos años después, en 2018, Brasil caería en manos de un capitán-Presidente que no piensa ni mucho menos como la gente de las montañas de Goias. Y probablemente será otro Brasil.