La garota de Brasilia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Empezó a teclear sin saber adónde iba ni siquiera por donde iba.Recordaba su última carta, la que le había traido un amigo desde París. A Luis no le gustaba corresponder con ella por internet. Le parecía horroroso.Se estiró en un rincón de la cubierta y releyó una y otra vez. Y cada vez Lola aparecía entre dos líneas, donde estaba agazapada. Se conocían tan bien que no necesitaban ni hablar: “Sí. Me has inventado…Te miro y te remiro, para guardarte en mis pensamientos. Y volver a repasarte. Y a soñar con esa risa que se te pinta en la cara. Ese brillo en los ojos al mirarme. Escucho mil veces los susurros de tu boca. Por eso no te quito la vista de encima.”

En el correo también había llegado un libro sobre Léonide Moguy, recién salido de la imprenta. Lo olió porque estaba convencido de que el olfato era el más perfecto de los sentidos. Volvió a olerlo y era el mismo olor que tenía Moguy cuando se conocieron en París hacía tantos años que ya era historia sagrada, historia de la vida que no vuelve, pero para eso está el olfato para conservar los amigos, los amores, el amor más grande por encima de todo, sin necesidad de más milagro.

Léonide Moguy había sido un enorme director de cine francés que un día apareció en París con la reputación de haber sido uno de los montadores más acertados del cine soviético. Nadie lo conocía pero fue por poco tiempo. Con medios sacados de Dios sabe dónde, porque era el más secreto de los hombres, empezó a hacer cine. Pero no cualquier cine. Lo suyo eran los temas sociales, que trataba como nadie. Sabía, estaba convencido de que no había nada tan necesario ni tan bello para llevar al cine. Y el público le seguía a fondo.

Fueron amigos en la medida en que un periodista y un sujeto son amigos, con todas las precauciones, porque el periodista busca algo que publicar y el publicable busca alguna publicidad que sacar. Polos opuestos pero que se entienden porque la supervivencia de uno depende de la del otro. No hay publicidad sin periodista y no hay periodista sin personaje.

El rio Amazonas seguía su curso monótono. Con la carta de Lola en una mano, fue ojeando el libro del que había sido su amigo. Moguy ya era sesentón y él apenas tenía veinte años cuando empezaron a verse en los estudios de cine de Billancourt. Y un día en su casa, un maravilloso piso que abría los balcones sobre la torre Eiffel, Moguy le pidió que se sentara en un enorme sofá de piel blanco que presidía el salón. Y como un profesor que explica un concepto difícil a un alumno predilecto le dijo, señalando con la mano: en ese sofá, a su lado mismo, se han sentado las más bellas estrellas del mundo.

En realidad no le dijo que se habían sentado sino que habían sido amantes suyas, una tarde, una noche, o una mañana.Cuando llegó a su hotel de la Rue Houdon, en el volcánico París de la Place Pigalle, Luis repasó la documentación de su amigo:

Entre las actrices a las que había lanzado a la fama a unas y a otras las había situado un poco más allá en la gloria, leyó el nombre de las principales; Michele Morgan, Ava Gardner, Sofia Loren, Ana Maria Pier Angeli, Mylène Demongeot, Michéle Mercier…

Miró al río y lanzó el libro al agua. No había mejor tumba para un personaje como aquel amigo de cine.Cuando hubo amanecido tomó un taxi en el embarcadero y recogió todas sus cosas en el hotel de Manaus donde llevaba alojado una eternidad. Se le había ocurrido esconderse allí, una forma de decir pero lo cierto es que ni Lola sabía dónde estaba, sus cartas las entregaba siempre a un amigo común, cuando el médico le certificó que el tiempo corría y no en su favor. Le habían diagnosticado una esclerosis múltiple en placas y el neurólogo de Brasilia, que le seguía desde que empezaron los primeros síntomas, le había dicho que se había acabado de bailar. Y que si quería seguir con su vida no olvidara una buena silla de ruedas. De paso le recordó a otro periodista francés, igualmente amigo suyo, que hizo los primeros reportajes en Libia tras el asesinato de Gadafi acompañado de un asistente y de una silla de ruedas en la que se desplazaba casi siempre.

Si se había escondido tanto tiempo era porque no sabía cómo le diría a Lola que el baile se había acabado y cómo le enseñaría el informe del médico y sus terribles conclusiones. Pero conocía a Lola y sabía que ella era capaz de decirle que el más grandioso astrofísico del mundo no podía despegarse de su sofisticada silla de ruedas.Lola vivía en París desde hacía unos años, donde se había hecho muy amiga de Corinne, hija de Luis, a la que todo el mundo creía muerta desde hacía años. El encuentro de las dos mujeres había sido muy curioso.

Lola era ya una doctora en psiquiatría muy acreditada, lo cual le permitía llevar una vida de mucho trabajo pero agradable en París. Un día recibió la visita de una mujer todavía joven que ejercía de reportera gráfica y había recorrido el mundo y seguía recorriéndolo, ahora ya más bien a través de sus colaboradores a los que había agrupado en una agencia con sede en París. Corinne le contó una extraña historia. De muy joven tuvo un accidente de automóvil y la dieron por muerta. Las circunstancias eran tan extravagantes, tan rocambolescas que Lola se limitó a escuchar y a tomar notas.

-Mi padre es periodista, tal vez le conozca, siguió diciendo mientras Lola tuvo que reprimirse mucho para no dar un salto.Engañamos a todo el mundo. La persona que habían enterrado era una amiga que viajaba en mi coche y que conducía. Cuando el auto se aplastó contra una casa yo salí disparada. Mi amiga murió en el coche con la cara totalmente irreconocible por el impacto. Me encontró una gente rara, creo que eran contrabandistas y me metieron en el hospital con un falso nombre por no sé qué embrollo que ellos se traían. Luego mi amnesia duró lo que me pareció un tiempo infinito. Y cuando estuve recuperada preferí desaparecer con la ayuda de un amigo muy querido, un fotógrafo de categoría mundial que usted también debe de conocer.Corinne se reía con una alegría tan contagiosa que las dos terminaron siendo excelentes amigas. No, su padre no sabía nada. Ella había preferido esperar porque se había enterado que estaba bastante enfermo. Lola tuvo un momento de duda. Y entonces fue cuando se enteró de que Luis, el amor de su vida, el único hombre sobre la tierra, andaba por Brasil escondiéndose más que de la gente de él mismo.

Dos meses después, mientras las noticias de Luis eran escasas y confusas –al final había optado por quedarse en Brasilia, donde vivía su especialista—las dos mujeres terminaron una tarde de otoño una larga conversación con muchas carcajadas.Brasilia será siempre Brasilia. La más extraña ciudad del mundo. En un coche alquilado en el aeropuerto, dos mujeres, extranjeras sin duda, habían tomado la carretera agradable que conduce a Lago Sul, zona residencial de ministros, embajadores y otros personajes de la farándula local como los periodistas extranjeros.Lago Sul es una zona de la ciudad que está al margen de todo. Allí no llega el rumor del mundo y apenas las aguas del lago Paranoá se divisan al horizonte. El auto alquilado aquella misma tarde en el aeropuerto anduvo entre las residencias, algunas auténticas mansiones. De vez en cuando se paraba y ellas se bajaban a hacer peguntas. Un oficial del batallón Blanco, encargado de la seguridad y sobre todo de la paz de sus habitantes condujo por fin al coche a su destino. La casa parecía abandonada. No se percibía el menor ruido ni se veía ningún coche aparcado.Se bajaron y se acercaron a la verja. Un jardinero de tez morena como el carbón se les acercó y tras saludarlas les estuvo hablando del tiempo. Mientras andaban hacia la entrada el hombre les dijo como en una confesión que no hicieran ruido porque allí vivía un tipo un tanto irregular de la cabeza, fue su expresión, al que horrorizaban las visitas. ¿Estaban seguras las señoras de buscar a ese señor? Lola y Corinne quedaron calladas, sin saber qué contestar. Iban a hacerlo cuando la verja se abrió y una silla de ruedas se acercó velozmente.

-¡Me habéis encontrado! Me alegro.

Abrazos, besos, una auténtica zarabanda se organizó en segundos alrededor del jardinero que no paraba de sonreir.

-¿Hice bien, señor?

-Muy bien, Serge. Las hemos engañado.

Luis las miraba con arrobo a dos metros de distancia. Nii ellas se atrevían a avanzar ni él parecía querer acercarse. Casi a gritos les confesó:

-Hace mucho tiempo que lo sabía todo. Años que sabía que Corinne nunca murió pero la seguí a distancia y cuando vi que se abría camino me alejé. Cuando ella estuviese dispuesta a verme ya sabría cómo hacerlo. Corinne ya no pudo contenerse y se arrancó a correr y a besarlo durante lo que pareció una eternidad. Lola observaba con los ojos llenos de lágrimas.

-Ustedes habéis venido a ver a un pobre paralítico. Pues observen…

El jardinero había dejado en el suelo un casetero y pronto sonó una de las más bellas canciones de la música brasileña, “Garota de Ipanema”. Las ruedas de la silla empezaron a moverse y a seguir el ritmo sin la menor dificultad.

Luis sonreía. Una vez más le había hecho un corte de mangas a la muerte. La vida le había sonreído.