La nieve de todos los peligros

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

He pasado la mayor parte de mi vida en la dulce Francia, donde todos los años, por la misma época, la gente se preparaba para irse de vacaciones a esquiar, actividad que me parecía extremadamente violenta y en la que nunca participé.He visto en la tv, todos tenemos un momento tonto,  la película Fuerza mayor, drama sueco de 2014 de Ruben Ostlund, seleccionada para Un certain regard del Festival de Cannes, donde se llevó el premio del Jurado. La seleccionaron también para no sé cuántas cosas más.Pero qué más da, gracias a este filme me he dado cuenta por qué yo odiaba ir a la nieve.Relata el sueco la historia de una pareja de compatriotas suyos que con sus dos hijos se va a esquiar, sin saber, pobre pareja, que les esperaban todos los ingredientes de esos cuentos mercuriales que tienen la facilidad de reunir todos los horrores posibles y probables.

Para escribir un cuento sobre la nieve me parece que hay que tener sentido del humor, de la perspectiva, del aburrimiento y de la enajenación más cercana. La nieve es un montón de materia fofa blanca y aburrida como un polo de leche.

La nieve no es nada. Es la ilusión de un rayo de sol porque se funde. Si no me creen vean cómo estamos cargándonos los majestuosos paquebotes de hielo que navegan por los mares helados cuando nuestros desaciertos ambientales no los hacen fundir. Pero vamos, que la nieve no presta ni a la carcajada ni a la felicidad infantil. Eso sí, es una llamada para el alcohol. El frío incita a beber y si además solo hay frio, sin nada más que nieve que ya hemos quedado que no es nada…

Pues ni les digo la parejita de la película llega a las planicies nevadas creyendo que se lo va a pasar bomba…Están comiendo y se produce una avalancha (controlada, se precisará después por si había otros amantes de la nieve) y ellos al ladito en una terraza. Se arma un barullo y mientras la mamá se había quedado para proteger a sus niños, el macho de la tribu había corrido y, lo que es peor, filmándolo todo con su teléfono portátil.

Y en una reunión posterior con una pareja más (todo parece Halloween, los personajes, las circunstancias) el vecino que toma una copa con ellos –en Suecia el vino vale un riñón por lo que comprenderán la importancia de decir que bebían este espeso líquido rojo y no zarzaparrilla o Coca Cola light—dice que lo mejor es ver la grabación.

Y resulta que el pobre padre de familia, que Dios sabe el tiempo que estuvo ahorrando para estas maravillosas vacaciones en un maravilloso hotel con delirantes avalanchas controladas y todo, enmudece. Vamos, que se aterroriza como Ulises cuando las sirenas querían seducirle.

Explicaciones y más explicaciones, planos que no entiendes, fijos, muy fijos (el cámara seguramente se dormiría varias veces), y tú empiezas a sentir que te diluyes en el último plano, que aunque bien doblados en español seguramente que hablan sueco por debajo cuerda y por eso, claro, ustedes ya me entienden. Es como subliminal.

Luego salen a esquiar y aquí hay un plano que ni Bergman se hubiese atrevido. Sola en un bosque de nieve, pero con sus correspondientes arbolitos, no crean, que el atrezzo daba para todo, la heroína se baja los pantalones y las bragas y cuando esperas un momento sutil de heroicidad pornográfica más o menos hard, ella se limita a hacer sus necesidades con un primerísimo plano que nos la enseña haciendo gestos de que no puedo pero ya llega.

En toda mi carrera de crítico de cine, la futura puntuación de la película siempre estaba en consonancia con mi estado de ánimo en el momento de meterme en la sala. Reconozco que esa noche estaba en pleno drama de delirio interno fatal y moral y nada me inclinaba a la clemencia.

De pronto vi que se había acabado la película, pero había estado en un estado cataléptico, probablemente provocado por un problema en mi oído derecho según se sube, y me perdí los treinta segundos del fin con lo cual estoy un poco deprimido.

Porque claro, el fin que yo hubiese prescrito para esta cosa, prescrito con receta y número de colegiado no vayan a creer es simple: todos los personajes se suicidan durante la barbacoa de despedida. O todos perecen en una avalancha que llena la pantalla de nieve y aparece la liberadora y bendita palabra FIN.