El olor de la locura

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Bicho, bichitos invisibles pero de un poder destructor sin par se acumulan, se ponen de acuerdo y asaltan el cerebro. Es la locura o lo que la medicina llama un brote psicótico.A partir de ahí todo es posible. Se alucina, se ve la vida al revés y uno mismo encalla su barco de la inteligencia en una roca llena de otros bichos que se comen todo lo que puede tener un gusto cualquiera a inteligencia. La medicina no acepta la definición de loco. Se emplea mejor agitación psicomotriz, brote psicótico (perdida del contacto con la realidad). El paciente entra en un mundo propio en el que todo lo que vive es pura alucinación, dice una doctora a la que interrogo. Ya no hay locos, solo enfermos mentales. La locura no existe pero nadar en la irrealidad sí. De pronto, un día sin fin, un día sin luces, oscurecido por la niebla de lo absurdo se nos presentó en casa. Mi esposa, Tina, llevaba años sufriendo una enfermedad hepática que con el tiempo, veníamos de Brasil y llegábamos a España, se transformó en una seria cirrosis hépatica primaria. Cirrosis que solo se da en las mujeres y que nada tiene que ver con la cirrosis alcoholizada de los hombres.Era una enfermedad que mermaba las mil funciones del hígado, el órgano que manda en nuestras vidas; lo iba destruyendo poquito a poco, pero con la paciencia de lo desconocido. Lo reducía hasta que quedase inservible. Entonces no metabolizaría ya nada y la vida sería un infierno. Como lo fue durante casi un año.

Una mañana, Tina salió a comprar no sé qué a no sé qué tienda, al lado de casa. No es que tardara pero sentí de pronto que algo estaba fallando, que algo andaba mal. Mi hijo y yo nos lanzamos a la calle a buscarla. La encontramos en la puerta de la tienda, con las manos vacías y el chaquetón rojo abierto. Explicaba, más bien quería explicar, balbuceante, que se había olvidado coger dinero con una sonrisa idiota. No supimos qué decir pero entendimos que aquello no era una bendición de Dios. Quizá del diablo.

El médico –hacía ya tiempo que siempre teníamos un médico a mano—pensó en un ictus. Una resonancia magnética realizada a uña de caballo demostró que al cerebro no le ocurría nada. Respiramos tranquilos. Será solo un despiste, dijimos con la absurda tranquilidad del que va a morir. Qué cosas. Qué sustos tan tontos. Pero pronto perdimos la sonrisa. En casa no se hablaba más que dos posibilidades indicadas por los doctores, Alzheimer o Encefalopatía.

El Alzheimer hace perder las facultades mentales y sobre todo la memoria. Irrecuperable. La encefalopatía es su prima menor, una disfunción cerebral. Ya en el hospital de Carlos Haya de Málaga, análisis más profundos y más dirigidos al hígado demostraron que la enfermedad hepática era la causante de su desbarajuste cerebral, que poquito a poquito había ido manifestándose con otros “despistes”.

Hasta que supimos que al no metabolizarlo debidamente el hígado, el amoniaco que entraba en su organismo salía disparado para el cerebro con un solo y terrible objetivo: destruirlo todo. Nada más que eso.Lo malo es que en el cerebro ese amoniaco, sí, algo parecido al que ustedes utilizan para limpiar y en general en la limpieza cotidiana, hacía lo que le daba la gana. Como el hígado no lo había neutralizado (metabolizado), le salía lo peor que tenía y bailaba el cha cha cha con la voluntad de la enferma. La volvía tonta. No. La volvía loca.

Ese día conocí a la locura, que no tenía nada de cinematográfica.La locura se manifestaba de forma perversa y extravagante. Un día Tina conseguía quitarse sin ningún recurso mecánico el yeso que le habían puesto en un brazo días antes tras una fractura, únicamente con sus manos, más con su voluntad. Los médicos afirmaban que era imposible.

Otro día en el sur de Francia. Casa de unos amigos. Tina va al baño y cierra con un cerrojo de lo más banal. Cinco minutos después llama a gritos angustiados que no puede salir. No sabe cómo abrir el cerrojillo que un niño de tres o cuatro años correría sin dificultad. Tenemos que echar la puerta abajo.

Otro día se arranca una prótesis dental fija con cemento y la esconde. El dentista no entiende nada. Porque él tampoco cree que la locura existe.El maldito amoníaco nos está matando mes tras mes. Ya va para nueve y la danza de la locura sigue. Cuando el bicho se cansa ella recupera algo de cabeza y podemos casi hablar. Pero el bicho nos acecha y cuando menos lo esperas empieza a funcionar. El resto del tiempo permanece aletargada, pendiente seguramente de las órdenes que le dan los bichos que pueblan su cabeza.

Por fin encuentro un sistema para detectar el desencadenamiento de la locura. Le doy a Tina un cuaderno y un bolígrafo e intento dictarle algo muy muy simple. Por el movimiento de la mano sé dónde está en ese momento el bicho. Cuando ya le ha llegado al cerebro no hay escritura sino garabatos, espantosa negación del ser civilizado. Y ella llora o calla.  Y entonces hay que correr hacia el retrete, que a los bichos malditos no le gustan nada.El médico me ha dado el medio de tenderle una trampa al bicho: que la paciente vaya al baño lo más posible y cague y cague y cague, no que haga de cuerpo, no que haga caca. Hay que utilizar botellas de Enema Casen 250. Una lavativa pero cargada de la dinamita necesaria para perseguir al bicho y destruirlo por un rato, al menos para que caiga rendido entre la mierda. Pero la operación hay que repetirla constantemente o casi. Y el bicho siempre es más listo. Siempre escapa a tiempo.Eso es locura y no la que nos enseñaban en aquella película culta “Vuelo por encima de un nido de cuco”. Ésta es la madre de las locuras. La que resistiría a los bárbaros tratamientos que le infligían al protagonista

Porque el amoniaco es más listo que nadie. En cuanto encuentra un hígado jodido, con fallos suficientes para que el construya su ascensor se sube en él y sale como un cohete para el cerebro, una y otra vez. Y una y otra vez el enfermo sucumbe a sus encantos, deja la inteligencia más primaria de lado y se convierte en nada, o en algo que obedece a no sé qué voces maléficas que la llevan a todas las locuras. Sí, locura, queridos y eminente doctores. Qué diablos brotes psicóticos. Es locura.Era tan espantoso que los propios médicos de Tina, algunos hepatólogos de primerísima fila, quedaron impresionados cuando comprobaron que no les contábamos fantasías. Cuando aceptaron de lo que era escapar la encefalopatía. Que todo era verdad. Que su apacible enferma era el Doctor Jekyl y Mr Hyde.Hoy ya no lloro. Hoy ya no lloramos porque hemos vencido al bicho maléfico, que además se vende libremente en todas las droguerías.

Tina está bien. Claro, he olvidado un detalle. El bicho no se fue con ningún tratamiento.Tuvieron que arrancarle el hígado, el viejo, el sucio, el contaminado, y ponerle uno nuevo. Es lo que se llama un trasplante. Al principio del trasplante, y pese a que los médicos nos aseguraban que todo estaba solucionado, estuvimos alerta con nuestras cargas de enema Casen 250 preparadas por si el bicho volvía.Si les hablo ahora de estas peripecias es porque este primero de enero, se cumplen diez años desde que el bicho tuvo que exiliarse. Desde que el Dr. Suárez y su equipo realizaron el trasplante en Carlos Haya, donde Tina tiene ahora como guía al doctor Juan Rodrigo.

Pero en mi casa siempre tenemos varias botellas de Casen 250 a mano. Y es posible que los bichos las vean. Por lo menos eso esperamos. Y que las respeten.