Como un músico ciego de la Alhambra

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El escribidor siempre tiene miedo de que le ocurra como a la Sherazade de Las Mil y una Noches. Que cuando ya no tenga cuentos que contar, el sultán le corte la cabeza al tercer bostezo.Por eso y por muchas otras cosas que solo la sinrazón puede entender, muchas veces preferiría ser uno de aquellos músicos ciegos que en tiempos del reino nazarí de la Alhambra de Granada tocaban dulces melodías en los baños donde se solazaban las mujeres del sultán, que por supuesto eran todas bellísimas de la muerte. Pero, ¿los músico eran realmente ciegos? Una vez me contaron durante una visita a la Alhambra con un pintor que parecía haberse escapado de una mazmorra de los tiempos de Boabdil el chico, que los músicos tenían que someterse previamente a su incorporación en la plantilla de aquella extraña orquesta a un pequeño requisito: dejar que les vaciaran los ojos. No me dijo si la paga merecía la pena. Aunque lo cierto es que las mujeres que se bañaban no estaban ciegas…

La salud mental se va con la escritura. Los personajes que inventes o que surjan vestidos de palabras te chupan el cerebro, los sentimientos y parte de tu vida.En vísperas de otro año que será tan maldito como el que acabamos de rebañar, recuerdo las veces que he contado la historia de aquella muchacha morena de pelo rizado y sonrisa ladina de triunfadora que se estrelló una noche también de fiesta contra un muro, en una carretera de Francia.

Otro muchacho, que quizá tenía su edad bajo sus ropas de motero, también se estrelló hace unos días contra un muro, en otra carretera, esta vez en España. Cuando llegaron los socorros, la médica se lanzó de la ambulancia y se tiró al suelo para meterle el estetoscopio entre pecho y espalda, con la esperanza de que pudieran salvarlo. Pero en seguida se dio cuenta de que estaba muerto, aunque su juventud gritase que era una imbecilidad. “Parecía un trapo tirado en la carretera”, comentó la médica a su enfermera y al conductor de la ambulancia. Se guardó las lágrimas hasta que estuvieron lejos. Entonces lloró, como dicen que Boabdil lloró por no haber sabido conservar el reino de la Alhambra, que no valía más que el reino de una vida joven.

Todos los sueños están permitidos, sobre todo esos imposibles. ¿De qué vale soñar si lo que soñamos está al alcance de nuestras manos? Hay que soñar imposibles, como el fin de todas las guerras ocultas, disfrazadas que siguen donde el petróleo reemplaza a los reyes magos y a la moral, o el de la miseria de la muerte codificada que sigue desde que los norteamericanos echaron a los rusos de Afganistán con la ayuda inestimable de los mismos feroces talibanes que hoy se han convertido de nuevo en el enemigo.

Soñar es el verbo del nunca jamás, de lo que nunca sería aunque parezca que ya está a mano por la magia de una casualidad. Nos dejan soñar para que no nos desesperemos más de la cuenta y nos convirtamos en malos perversos. Que comprendamos por fin que lo bueno de un mundo desigual siempre va a parar a manos de los mismos.

Los otros, los pobres, los que no tienen tarjetas de crédito interminables, solo tarjetas de débito, se conforman con ese invento malévolo que es la lotería, una suerte de trampa para que la desesperación no lleve a entonar de nuevo aquel canto que hizo temblar a los malos en 1789, “Allons enfants de la patrie”, vociferado como una oración en las calles de París y del mundo.

Porque aquella Revolución francesa, la única verdadera en el mundo civilizado, la única, engendró ilustración, civilización, conocimiento y virtud, porque hay que ser virtuoso para exponerse a morir voluntariamente.

Cómo hemos cambiado.La terraza del bar que Vincent Van Gogh frecuentaba asiduamente en Arles, podría decirse donde vivía cuando no pintaba, sigue iluminada con su luz amarillenta única. Para los que allí están charlando y bebiendo la copa de la desesperación, el día no ha terminado y es siempre de noche, para no ver lo que merece verse.

Van Gogh sabe que todavía no ha sonado la hora del último trago de esa vida suya tan joven y tan resquebrajada.Tampoco ignora que nadie le impedirá meterse un tiro cuando le de la gana terminar. Sabe que todavía no han inventado las ambulancias y que nada interrumpirá su agonía, que duró una eternidad, cuando su viejo revolver le taladró la sien.

 

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