El bolero de Patricia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Errol Flynn había desembarcado en la playa desde una barquichuela que le trajo del fondo del horizonte. No sabía dónde estaba, yo tampoco. Nos encontrábamos en una costa africana donde se hablaba español con acento cubano y un maridaje de español y francés que quitaba el hipo. Se asomó por la rejilla de la piscina y dijo a lo lejos: – Ponme un güisqui, mesero, por los cuernos del diablo me estás hastiando. El mesero, que resultó ser un antiguo maître d’hotel del Ritz de París le miró con el desprecio que los franceses reservan a todos los extranjeros y le puso una Coca-Cola. El otro, el actor, el pirata de todos los mares, más pirata que el tontito del Caribe, y que se las sabía todo en cuestión de hembras, le tiro la Coca a la cabeza. Agarró una botella de güisqui etiqueta negra y me sirvió un buen chorreón, acompañado de un brote de Perrier llegado de Francia por correo especial.

Entonces le dije con mi acento de meteque de Tánger, S.A, territorio internación al reconocido por todas las Naciones Unidas que no sirvieron para nada cuando a Patrice Lumumba lo quemaron con astillas de cerezo rosa: – Tío, el Perrier tiene su dosis, su calidad y su cantidad. No tienes ni puta idea.

Patricia Wymore, con sus gafas de colegiala de película para adolescentes norteamericanos, retrasados mental desde la primaria a la universidad, apareció en un rincón con una copa de brandy. Habíamos pasado parte de la noche en la cubierta de su yate anclado en Tánger discutiendo de lo divino y de lo menos divino. Vamos era ella la que hablaba. La que me enseñaba. Cuando se dio cuenta de que yo era un reportero como Tintin, ignorante de todo y sabiondo de nada, se sintió a sus anchas.

Patricia era deliciosa, la mujer con la que uno sueña cuando tiene 18 años, ella tenía 32 según la biografía oficial hollywoodense, y me enseñó y enseñó. Tanto que dejé la libreta de notas y el Parker recién comprado en el bakalito (tienda moruna de Tánger en los años 50-60 en la que se vendía de todo, un supermercado en miniatura) y la escuché durante horas.

Todo lo que sé, lo que sospecho que es y lo que podría saber lo he aprendido de las mujeres. La de Pedro Navaja me enseñó que querer no es amar y que el amor no es baladí, que se puede amar a Jesucristo y adorar a su madre, la virgen, es decir la mujer inmaculada que sin embargo le había tenido a él en su vientre y luego se había deslizado hasta salir por su vagina virginal.

Patricia no pretendía ser virgen ni santa. Me habló y me habló y ya no sé de qué me habló, salvo que cuando volví al puerto – ella tenía entonces el mismo vaso en la mano que unas gaviotas bellas y azules se lo llenaban a medida que ella lo vaciaba—me parecía que tenía tres años más.

Nunca conté esta falsa historia porque la gente es tan tonta que da pena. Todo el mundo cree que sabe pero no sabe porque no aprende, porque aprender cuesta.

Si tu no lo sabes nunca lo sabré yo porque tú eres capaz de analizar los problemas médicos más agudos y de pronto una taza de té deja en blanco… Eres capaz de aliviar a un pobre viejo con una cadera jodida y no sabes por qué mi té me sabe a nada. Nunca me gusto el té, pero una novia que no tuve en Tánger me abandonó porque yo prefería el café con leche. Entonces entendí que el té es como tantas cosas que no te gustan pero que terminas por paladear porque es la puñetera ley de la sociedad.

Sé contar una historia, hacer vibrar con mis personajes y soy incapaz de conducir mi vida Puedo interesar al público, a gente que no conozco, con un artículo, y soy incapaz de apiadarme de mí mismo.Puedo llorar con el viejo al que Hemingway no dejo pescar el pez de su vida y no puedo hacerlo por mí.¿Por qué en una película o en un libro se puede resolver hasta la cuadratura del círculo y en la vida real nadie es capaz de salir de su jodida existencia?

Llorar es muy difícil, todo un arte salvo para un actor con un poquito de glicerina. A ti el oftalmólogo te dice que tienes el ojo seco y ya no tienes más derecho a echar lágrimas, con lo ricas que están. Casi todos los niños lloran porque les gusta tragárselas como el más fino de los consomés.

En las novelas negras el detective privado casi siempre es un desgraciado al que no quiere ni su novia. Todos somos detectives.¿Que haríamos con nuestra puñetera soledad si ni tuviésemos una tele enfrente día y noche y mediodías?