Cecilia, el nuevo amor de La Habana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Me he vuelto a enamorar y, como siempre, de una mujer imposible, imposible de alcanzar, imposible de lograr aún con todos los doblones que transportaban los galeones que surcaban las aguas de América cuando los europeos, en cabeza los españoles, expoliaban a los indígenas de sus minas, de su oro, piedras preciosos, plata. Ella, mi nueva pasión, es la Virgencita de bronce, que está en la flor de su juventud y de su belleza “y empezaba a recoger el idólatra tributo que a esas dos deidades rinde siempre con largueza el pueblo sensual…”

Se llama Cecilia, tiene muy pocos años, es una niña de apenas dieciocho, y es cubana. Me la ha presentado con la inefable prontitud a la catástrofe que tienen las mujeres, una amiga, una angelical mirada de paz. Ella es mi bibliotecaria, tiene la sonrisa fácil y callada y los ojos negros de la aventura. Me la presentó en medio de los libros de la biblioteca, como quien no quiere la cosa, una amiga más.

Pero no, Cecilia es mágica, es una criolla cubana de la que era dueño un tal Cirilo Villaverde, hombre de letras y de mundo. Es el deseo, la inocencia, con la apariencia de una niña de casa de monjas en andurriales empedrados de una ciudad que entonces estaba abierta al mundo, La Habana.

La he visto un corto instante en el libro y me ha dejado sin voz. Cecilia, hecha a los hombres, a los remilgos, a las sonrisas que lo dicen todo y que pueden decir algo más según el comprador.

Cecilia es la pasión de lo indecible, demasiado para un pobre hombre del siglo XXI. Ella reinaba en el XIX donde la belleza de una mujer era pasaporte para todas las aventuras, para todas las locuras, para todos los destinos, para todos los amores, para todas las fortunas en doblones de oro.

No me queda más que decirle a mi amiga bibliotecaria de los ojos zumbones que Cecilia Valdés es demasiada mujer para alguien que vive en un siglo sin luces, apaleado por las feministas que, sin lo supieran, ya habría ido a Naciones Unidas para sacar a Cecilia de su mundo de hombres poderosos y mujeres caprichosas. Pero probablemente ella no querría irse.

Cecilia es una heroína de novela, la primera novela cubana sin duda, en un país como Cuba donde la magia es más frecuente que los huracanes del norte.

De pronto, o un poco más tarde, cuando las bestias de la inquietud se han ido de la barriga desayunada, recuerdas cuántas Cecilia has conocido en esa Cuba que deseas con la misma  ansia con la que los habaneros pudientes deseaban a Cecilia.

La Habana está llena de Cecilias, de virgencitas de bronce que con un guiño de sus ojos pueden transportarte al paraíso o quizá al infierno. Pero en mis sopas con lágrimas de todos los días, sobre todo a media noche, no hay cabida ya para ninguna Cecilia del fondo de un mar de intenciones, de deseos y de vocaciones amorosas inconclusas que no te permiten dirigirte. Tu nave se va a la deriva como la de Ulises porque el amor es mal consejero, es el canto de las sirenas que tenían a Ulises atado al mástil de su embarcación para no ceder a la tentación de tirarte al mar y nadar hacia las cuevas donde ellas te esperan, dispuestas a dártelo todo para atarte a sus deseos y a sus caprichos.

Momentos tiene la vida en que te das cuenta de que si Ulises pasó treinta años por los mares en busca de su puerto sin poder alcanzarlo hasta el final fue quizá más por sus propios deseos de brujas hechiceras amorosas que por una mala navegación contrariada por algunos dioses del Olimpo que tenían cuenta que ajustar con la soberbia del navegante.

Las mujeres son un mar infinito en el que el hombre navega, casi siempre a ciegas y muy a menudo por capricho de alguna deidad endemoniada. Y casi siempre naufraga. Y cuando no lo hace es porque una sirena le ha sonreído y él, inocente, enamorado del amor, sucumbe fácilmente.

Cecilia Valdés era una de ellas en un mundo de hombres brutales, todopoderosos quizá, pero era tan bella, sabía tanto de la fragilidad de los hombres y de rezos de hombres, de su manejo, que todos sucumbían.

Cecilia podía haberse paseado por uno de los salones parisienses de Nana o cualquier otro a donde la hubiese llevado Balzac en busca de una aventura que podía ser romántica o fríamente calculada, como las mujeres francesas del siglo XIX sabían.

Hubo un tiempo en que en Cuba creció un tipo de mujer que encantaban al visitante, las jineteras, raza de señoritas de mejor o peor educación, el mito es que casi todas habían dejado sus estudios en algún lugar de Cuba para acercarse a La Habana a jugar a la ruleta del amor y de la vida.

Me dicen, me cuentan que ya han desaparecido de las calles. Yo solía entonces encontrarlas todas las mañanas cuando salía del Hotel Nacional. Lo menciono porque con la avalancha de hoteles lujosos que el turismo maldito está creando o va a crear en la capital cubana pronto El Nacional parecerá una pensión de familia.

Todas eran adorables y de tontas no tenían un pelo. En 1993, Pepe Horta, que entonces ejercía como director del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, quería hacer un documental sobre ellas. El intento quedó en un deseo, quizá porque el triunfo de “Fresa y chocolate” había causado revuelo político suficiente como para sacar a pasear por la pantalla a esas adorables muchachas de “petite vertu”, como dicen los franceses de las muchachas que no tienen complejos en vender un cacho de su cuerpo.

En ese enjambre de buena compañera que eran las jineteras me tropecé más de una vez con alguna prima de Cecilia Valdés. Una de las últimas con la que charlé largamente una madrugada en El Nacional me dijo que se llamaba Lola. Me recordó un poco mucho a la heroína de la película de Jacques Demy. En el ascensor maravilloso me contó otras cosas. Y en la habitación ella me cantó un solo de guitarra que nublaba el mundo.

Ya todo pasó. Cecilia quedó encajonada en una película de Humberto Solás y las deliciosas jineteras fueron mandadas dios sabe dónde. Me dicen que ahora tienen un celular para atender.

Fidel, querido Fidel, tenías que haber dejado algunas cosas mejor atadas antes de marcharte.

Te han quitado hasta las jineteras.

Cuba ya no es tu Cuba, la que tú revolucionaste, valga el juego de palabras imbécil.