Poetas

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Los poetas son los seres más incomprendidos del mundo. A veces dicen cosas extravagantemente necesarias pero que dejan ahítos a muchos amantes.

Mario Benedetti, el gran poeta uruguayo escribe:

Más que besarnos,

Más que acostarnos juntos,

Más que ninguna otra cosa,

Ella me daba la mano

Y eso era el amor.

Una interpretación de pureza del choque de un hombre con una mujer en la realización del amor físico, ese amor sin el cual siempre faltará algo. Sin embargo, Benedetti reemplazaba todas las penetraciones del mundo, todos los paraísos artificiales buscados entre la vagina y el pene en una ecuación tan simple que parece que bromea. Nada de llegar al cielo en la unión de un hombre y una mujer. A él le bastaba dar la mano a su amada. Sin necesidad de que fuese pasando por el clítoris.Curioso hombre este Benedetti que tanto luchó por su libertad en el Uruguay del golpe de estado que dio nacimiento a los tupamaros, aquella temible y mítica guerrilla urbana. Solía decir también que él creía en Dios en cuanto veía las piernas de su esposa. La mujer 2018, tan poco romántica ella y tan mareada por los nefastos mitos feministas, parecería en principio reacia a la fórmula del poeta y es casi seguro que la rechaza como acto indebido. Tal vez incluso le llamaría anormal a ese ascetismo de Benedetti a la hora de hacer el amor: Ella me daba la mano y eso era el amor.

Pero poetas hay de todas las clases y en todas las circunstancias. La policía española ha detenido a un hombre por haber robado unos doscientos libros. Los pedía prestados en la biblioteca de su barrio y luego utilizaba un truco electrónico para que parecieran devueltos. Y él gozando en su casa con sus libros usados mil veces y reconocibles a la legua por múltiples etiquetas y sellos de la biblioteca de la esquina.

Siento una pecaminosa debilidad, admiración, amor, por todo aquel que roba un libro. Es el gesto más bello que puede imaginarse. Si se roba un jamón es para sacarle producto, comérselo o venderlo. Un libro, que uno ha escogido en una librería, en una biblioteca, cuidadosamente, para leerlo, para tenerlo, es un pedazo de amor, aunque luego, como muchos amores carnales, te pueda decepcionar. Es el riego que se corre cuando se ama. El ladrón corre el peligro de ser encarcelado, o por lo menos detenido y multado, porque se ha apropiado indebidamente de un objeto que como mucho puede costar veinte euros.

Hace unos años, a un amigo le robaron de su coche, aparcado en una ciudad, un libro que para mí no era un libro cualquiera, ya que lo había escrito yo, “Ojos verdes”. El pobre estaba muy apurado y no entendía que yo me mostrase alborozado, encantado de que alguien hubiese fracturado brutalmente la ventanilla de su auto, cometido por lo tanto un delito, sustraído el libro, otro delito, y todo por ese nada que es un libro. Mi amigo nunca comprendió mi sonrisa de gozo ante lo que me contaba. Le regalé dos ejemplares más con el ruego de que volviese a dejarlos en el asiento delantero pero que no cerrara la puerta con llave. Así al menos el amante de mi libro podría conseguir su propósito sin causarle ningún destrozo.

Un libro, puro amor, como el de Benedetti.Pero es curioso cómo en un mismo día la poesía y el amor resbalan por las páginas de los periódicos con muy diversos matices. En Sevilla, sur de España, ha fallecido hace unos días Chiquetete, un guapo gitano que inventó la canción flamenca y se convirtió en una especie de Frank Sinatra por la venta de sus discos llenos de amor y de fatalidad amorosa, con una voz que los especialista reconocen “astillada y al mismo tiempo dulce”.

Chiquetete ha muerto de lo que se debe de morir, de lo que mueren los románticos, del corazón. Millones de personas en un país como España donde todavía el cantante es un poeta, otro poeta, lo van a recordar durante un buen rato, y probablemente y sobre todo aquella canción suya, “Cobardía”, que era un grito de amor desesperado.

Pero, ¿acaso hay un grito de amor que no sea desesperado, cuando no enajenado?En la época en que yo estaba de corresponsal en Madrid, todas las mañanas, Chiquetete me acompañaba con sus canciones mientras bajaba en coche desde la Avenida de La Habana a mi delegación en la Plaza Colón.

Hay otras cosas menos agradables pero que son siempre expresión de amor, aunque sea equivocado y a veces terrible.En Marruecos, la poesía de nuestro propósito es extraña.

Existe una polémica nacional para saber si las mujeres vírgenes deben de someterse a la prueba de virginidad que consiste en que alguien le introduzca dos dedos en la vagina para saber si el virgo está intacto. No hay nada en las leyes que lo exija, dicen las autoridades, pero la virginidad está muy cotizada y cuando una muchacha se casa el novio, que ha tenido por su parte todas las experiencias sexuales que le ha dado la gana sin que nadie le haya pedido cuentas, aprecia mucho la virginidad, explica la prensa. Una forma de poesía de amor, porque finalmente se venera al virgo de la mujer como a una virgen en su iglesia.