Cuba y los días que quedan

Manuel Juan Somoza  | Maqueta Sergio Berrocal Jr

La Habana

Siempre me ocurre igual y presumo que no es exclusividad. Cuando falta poco para otro comienzo, más que abrumarme el recuento de lo malo ocurrido en 12 meses –que sobra-, siento que emerge un desafiante deseo de vivir, de brindar, de reír y suponer el imposible de que “el año que viene todo será mejor”, como solemos decir aquí. Por oficio, he seguido lo que me han dejado ver del debate en comisiones de la Asamblea Nacional, rosario de desventuras; cuando puedo, si me alcanza, voy de una tienda a otro en busca de un tinto, del turrón de jijona importado en cantidades minúsculas de España, del queso amarillo –este año ni pensar en uvas-; leo las ofertas que me envían de hoteles cinco estrellas sobre cenas navideñas y de fin de año, saco cuentas y me quedo con el deleite de los menús impresos; me comunico por todas las vías con hijos y nietos distantes a fin de desearles salud y suerte; me jode que el que queda optara por pasar el 24 fuera; y sin ser de los que tienen el hábito de las visitas , por estos días busco conectarme con los amigos que se mantienen.

Diciembre llega siempre con una magia especial, aunque en este país no tengamos adornos navideños por las calles y nos atiborren oficialmente con lo que casi todos, más que suponer, padecemos. La economía crecerá apenas un uno por ciento – el 5% requerido siegue inalcanzable-; “el cumplimiento del plan (de la Nación) tuvo un grupo de insuficiencias que tienen que ver con la complejidad de la situación económica del país, la cual pasa por problemas estructurales y de funcionamiento acumulados, y que debemos resolver”; escasea el dinero fresco para cubrir importaciones y deudas pendientes, aunque tiende a estabilizarse la producción de pan; “todas las operaciones (financieras) que hace Cuba las siguen (desde Washington) con una lupa y les ponen presiones a los bancos”; el déficit habitacional sobrepasa las 900 mil viviendas; solo en 2018, el país tuvo una afectación de cuatro mil 321 millones de dólares a causa del bloqueo. He seguido los debates por oficio y registro que 60 años después el gobierno afirma haber cubierto con luz eléctrica a todas las familias del país; que la mortalidad infantil está a la baja, como ocurre entre los ricos; que la educación llega pública a cualquier lado; que se continúa invirtiendo en sectores de futuro; que no hay en la isla la inestabilidad callejera de Caracas, Managua o París. Y entonces me pregunto qué sería de este país –con burocracia y zocotrocos que deciden incluidos- sin la persecución por medio mundo y el desangre de cuatro mil usd al año a causa del bloqueo.

Pero nada, llegan la Navidad y el Fin de Año; después vendrán nuevas desventuras; cada quien seguirá sacando las cuentas que nunca dan y buscando equilibrar el yin y el yang, como dice desde la sapiencia asiática la maestra de Jutsu. Por ello, ahora no hay que desperdiciar la magia de diciembre, reír y soñar, dicen los que saben, es quizá la única manera de seguir, y como soy de los que piensa así, cuando el año se acaba, vuelvo a invocar al sabio Victorio Copa (VC): “¡Señores, pa´lante con los tambores!”.

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