Los cubanos adoradores del dios cinema

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Nunca sabremos si cuando Fidel Castro dio prioridad a la creación de un cine cubano sabía que  iba a dar a luz a auténticos adoradores de la pantalla, pero lo probable es que sí supiese que las películas podían convertirse en un arma política, amén de una forma de distraer a la gente al mismo tiempo que iniciarla a un arte muy popular y muy influenciable. En cuestión de cine, los cubanos no tienen nada que ver con los fríos europeos, que además de tener el culto por las grandes películas siente una pasión desaforada por todas las comidillas anejas. Se pirran por las alfombras rojas, por todas las ceremonias casi místicas que organiza regularmente Hollywood y pueden fijar sus vacaciones para estar presentes en un festival de cine y pasarse horas enteras en la entrada del Palacio de Festivales o de los hoteles esperando que aparezca alguien que les haga subir la bilirrubina.

Digamos que son más cotillas.Tal vez porque las alfombras rojas no casan demasiado bien con el sol del Caribe, los cubanos aman el cine por el cine y darían a veces un cachito de riñón por conseguir entradas para el último estreno, para el título del que más se habla. Y el esfuerzo más corriente es pasar horas en una cola que se estira casi al infinito y con treinta grados centígrados cayéndoles encima.

Ya me dirán ustedes que están acostumbrados al calor y a la paciencia, virtud esta última que les enseñó la Revolución, la misma que les construyó salas y puso en pie, gracias al extinto Alfredo Guevara, el instrumento para alimentarlas, el ICAIC.

Este año, los habaneros se han roto el alma, como siempre en época del Festival de Cine, para meterse, costase lo que costase, en una sala de cine tras haber conseguido la entrada. Han seguido la tradición de que las sábanas blancas sirven también para contar historias con personajes que parecen vivos y me cuentan que el Yara ha sido, como siempre, el cine más frecuentado.

Nada de extraordinario salvo que coincidiendo con el festival mucha gente se enteró del rumor de que una de las joyas de las salas de cine habaneras, el Payret, puede que lo conviertan en un horrendo hotel cinco estrellas. Uno más. Porque Cuba ha entrado en la espiral del turismo, que necesita más y más habitaciones y aparentemente todavía no hay bastantes.

Imagino que los más nostálgicos de los que asaltaban este año el cine Yara se preguntaban si el año que viene no lo habrán convertido también en un hotel más para acoger a los cientos de miles de turistas que llegan a La Habana por barco o en avión. Y seguro que más de uno de los pacientes espectadores pensarían que si Fidel levantase la cabeza…

Por mi parte, me digo que si es cierto que le van a meter mano al Payret por qué no pensar que cualquier día podrían hacer lo mismo con el histórico Teatro Carlos Marx. Y digo histórico porque en él se desarrollaron en los últimos años grandes acontecimientos del Festival de La Habana. El grandioso homenaje brindado en 1985 en ese Teatro al actor norteamericano Jack Lemon, quien no tuvo apuro en que las lágrimas se le fueran al suelo de emoción. O el triunfo de la película “Fresa y chocolate”, la más importante jamás realizada en Cuba para rehabilitar a los homosexuales, hasta entonces perseguidos.

Pero dejémonos de recuerdos y de elucubraciones.Yo quería hablarles de esos espectadores del Yara que considero como auténticos actores, verdaderas atracciones del Festival. Esa locura de los cubanos por el cine (yo solo hablo de La Habana) me han hecho vivir grandes momentos.

Era una maravilla verlos comentar en voz medio alta, nada de susurros vergonzantes, intimidades culinarias antes de la proyección (pocos de los que estaban a mi lado habían tenido un desayuno decente). El embargo, siempre el embargo. Luego, durante la proyección no se privaban de hacer comentarios con el mismo desenfado. Espero que todo esto siga por la salud de cinematografía.

Imagino a ese público tan delirante en el adusto Festival de Cannes por ejemplo, donde una vez sacudí a mi vecino de butaca porque temí se hubiese muerto durante la proyección.

Otro de esos grandes momentos en el Carlos Marx fue cuando en 1985 Fidel Castro, uniforme verde olivo en ristre, pronunciaba un discurso al terminar el festival.Más que un discurso era una lección magistral de muchas cosas, entre otras de cómo había que tener cuidado con el cine que nos llegaba del Imperio y otras verdades como puños. Un rapapolvo en toda regla.

Pero todo pasa. Nada se queda. Y podría imaginarse que cualquier día hasta las pirámides de Egipto tendrán que abrir sus puertas para acoger más y más turistas, más y más turistas, que hubiesen vociferado alegremente los hermanos Marx.