El ocaso de Luis

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Nada más saludarlo con una sonrisa, la secretaria le advirtió que tenía que confirmar rápidamente su asistencia a la reinauguración del cine Brigitte Bardot en Búzios. Era una chorrada, pero había muchos capitales europeos que se habían desplazado hasta ese antiguo pueblo de pescadores cercano a Río de Janeiro que la estrella francesa había puesto de moda muchos años antes como lugar soñado para los enamorados. Un viejo cine que un argentino tuvo la vista de bautizar Brigitte Bardot muchos años atrás, cuando aquella visita marcada en los anales de la ciudad, estaba siendo transformado en un megacentro comercial para turistas con el aporte de capitales españoles. Y el periódico no quería perder detalle de la inaugura- ción, que conllevaba una contrapartida política importante ya que se anunciaba hasta la presencia del presidente Fernando Henrique Cardoso. Porque sin decirlo claramente, el objetivo de los inversores era convertir Búzios en un centro de turismo inter- nacional barato, a base de “paquetes” de agencias de viaje que permitirían a cualquier camionero de Manchester pasar sus asuetos sudorosos en un lugar que hasta entonces había tenido un turismo elitista y que en los sueños quedaba a años luz de la trillada Costa Azul francesa o la Costa del Sol española. Se hablaba incluso de la construcción de un aeropuerto en la misma ciudad para evitar tener que transitar por Río de Janeiro. Una forma como otra de “globalizar” un pedazo de Brasil que todavía no sufría la invasión del turismo de masas. Una catástrofe casi ecológica en perspectiva y a plazo no demasiado largo.

Al día siguiente, su taxista preferido le esperaba en el aeropuerto carioca de Santos Dumond, que a Luis le encantaba porque en cada aterrizaje uno tenía la impresión de que el Boeing iba a parar su carrera en las aguas de la bahía de Guanabara, cosa que sucedía alguna que otra vez. Mientras el taxista embarcaba su equipaje, él corría hasta un modesto bar de la terminal donde sólo se servía cafezinho, café hecho a la antigua usanza brasileña en una enorme cafetera niquelada. Era una de las delicias raras de Río que nunca pasaba por alto.

Búzios se estaba metiendo por el morro del automóvil unas dos horas después y nada más deslizarse por la pendiente adoquinada de la Rua das Pedras, se detenía ante una mansión solitaria a la que sólo acompañaban árboles frondosos y tantas flores de todos los colores que parecía que el paraíso se hubiese concentrado en aquella propiedad. Le llegaba el olor fuerte del yodo del mar y el susurro de las olas que pegaban contra la arena más pura del mundo.

Luis tenía ganas de llegar porque estaba seguro de que la dueña de aquel palacete le contaría con pelos y señales los últimos chismes de toda la región y esos cuentos que duraban horas eran de lo más relajante. Su anfitriona, Madame Andrée, era una elegante y rubia francesa oriunda del norte de África, el antiguo Marruecos francés. Nada más estamparle en las mejillas los cuatro besos de rigor, empezó a contarle los últimos sucedidos de Búzios. Escucharle era un descanso, porque narraba como una profesional de una revista del corazón.

El palacete transformado en discreto hotel para unos cuantos privilegiados había sido construido en el siglo XIX por un antiguo barón del caucho que consiguió convencer a su amante, una belleza mítica de la región de Minas Gerais, para que se fuese a vivir con él a la húmeda ciudad de Manaus, donde poseía inmensas plantaciones que habían hecho su fortuna. Contaban que el falso barón se arruinó cuando un inglés robó una planta de caucho y la producción y el comercio de aquel milagroso producto que revolucionó la industria se desplazaron a Asia. Lo único que le quedaba de su inmensa fortuna era este palacete de Búzios, donde una noche se presentó de improvisto buscando el consuelo de su amante, a quien, dado lo avanzado de la noche, esperaba encontrar descansando en su gigantesca cama, una copia de la que Emile Zola describe en Nana y que artesanos franceses construyeron especialmente para ella. Lo malo es que en el lecho conyugal, o como si lo fuera, se encontraba también un enorme y musculoso mulato de   la región. Los gestos y lamentos no le dejaron la menor duda sobre su desgracia. Desesperado y arruinado cerró silenciosamente la puerta de la alcoba antes de que pudiesen descubrirle. Se instaló en el gran salón de la planta baja, encendió uno de los pocos puros que le quedaban de su pasado millonario, se tomó varias copas de coñac, naturalmente francés, y se pegó un tiro en la boca con una escopeta de cañón doble.

Era tradicional que Madame Andrée diese siempre por concluida la cena de bienvenida centrando la atención de sus invitados, en general nunca más de seis, en algo que podía haber sido una mancha y que en el techo trabajado dos siglos atrás por ebanistas nordestinos representaba para ella lo que quedaba todavía de los sesos del desesperado barón del caucho.

Antes de que pudiese contestar, en su campo de visión aparecieron unas piernas rabiosamente morenas y espléndidas que se perdían en la chimenea profunda de una minifalda. Levantó la cabeza poco a poco, tanto como se lo permitía el sueño que le arrastraba fuera de la realidad, y en un plano corto y lento fue descubriendo un cuerpo de mujer voluptuosa, vestida de seda amarilla. La cámara de sus ojos fue subiendo lentamente hasta descubrir unos labios gordos y burlones que no le eran desconocidos. Dos segundos después pegaba un respingo que detuvo de golpe un nuevo latigazo en la pierna derecha. Era Ana, la mujer con la que había compartido varios años de felicidad y que le había dado el milagro de la niña Patricia. Hacía más de un año que no se veían, pero no la recordaba tan delirantemente bella. Sin el menor saludo y con la misma burlona sonrisa le tendió un sobre:

—Aquí tienes toda la documentación sobre nuestros proyectos de un gigantesco centro de vacaciones. Yo soy la encargada de la relación con los medios. En Sevilla vi tu nombre en la lista de periodistas acreditados y me dije que sería una excelente ocasión para visitar de paso al padre de mi hija.

Sérge, el camarero-jardinero-ama de llaves– había llegado rápido como el rayo con un surtido de bebidas, hielo y una botella verde de agua Perrier. Ana se había sentado en un sillón al lado de la tumbona de Luis, quien no acababa de creerse lo que estaba ocurriendo. Hasta se olvidaba de los problemas de su pierna.