Coca-Cola con Fidel

 

Sergio Berrocal Jr | Maqueta Sergio Berrocal Jr

En 2002, nada más llegar al moderno aeropuerto José Martí de La Habana, el viajero sabe a qué atenerse. “Tiene usted que meter un dólar en la máquina para sacar un carrito”, le dice un uniformado funcionario. A partir de ahí, el dólar aparecerá durante toda su estancia como indispensable sésamo para conseguir cualquier cosa. En 1985, el mismo viajero había tenido que cambiar dólares por pesos para pagar en una cafetería del bello barrio de Vedado donde una indignada camarera se había negado a aceptar la moneda con el águila imperial norteamericano.  Por supuesto, era antes de que Fidel Castro autorizase la utilización del dólar como moneda de curso legal. Hasta entonces estaba sumida en la clandestinidad de improvisados cambistas que en plena calle proponían al turista un cambio más ventajoso que el oficial, que entonces era un peso cubano por un dólar norteamericano.

En estos albores de comienzo del siglo veintiuno, mi interlocutor, un conocido periodista extranjero, Alfredo Muñoz-Unsain, que tiene reputación internacional de ser uno de los mejores conocedores de Cuba, no entiende mis reservas: “Está muy bien que podamos funcionar con dólares, de este modo se ha mejorado la vida de la gente”.

La gente son esos cubanos que ganan una media de trescientos pesos mensuales, cuando el cambio oficial proclama que un dólar vale veintiún pesos. Es decir que el sueldo queda reducido a poco más de catorce dólares. Un café con leche en una cafetería del centro de la capital cubana cuesta dos dólares y cincuenta centavos. Por supuesto que ningún cubano se aventura en este tipo de establecimiento.

En un supermercado de la Marina Hemingway se encuentra prácticamente de todo, desde carnes a güisqui y brandys españoles de todo tipo pasando por latas de calamares y terminando por cerveza de cualquier procedencia o casi. El único inconveniente es que hay que pagar en dólares.

Decir que Cuba se ha “dolarizado” provoca una reacción rápida en algunos cubanos “bien informados”, en general periodistas, que no entienden cómo se puede llegar a esa conclusión. Y no comprenden que se pueda abordar siquiera el tema. Para ellos todo está muy claro. La “despenalización del dólar” (antes se podía ir a la cárcel por negociar con esta moneda) ayuda a que Cuba soporte mejor el bloqueo norteamericano, que sólo se han atrevido a romper abiertamente Canadá y España. Estos dos países aportan una parte importante de los turistas que visitan Cuba y que para la economía nacional suponen 800 millones de dólares de ingresos anuales. Por otra parte, los canadienses se encargan de explotar los yacimientos de níquel (300 millones de ingresos por año) y, haciendo caso omiso de las leyes del poderoso norteamericano que prohibía toda colaboración económica con Cuba, se atrevieron a construir el moderno aeropuerto que hoy tiene La Habana. Otro rubro importante de ingresos estatales es la venta de puros (unos 240 millones de dólares), según cifras que, como las anteriores, proceden de buena fuente.

Quienes consideran que esta presencia del dólar en la vida nacional es una cosa excelente argumenta que una gran parte de los cubanos reciben dólares de sus familiares que optaron por exiliarse en Estados Unidos. Las mismas fuentes insisten en que estos giros totalizaban 800 millones de dólares anuales hace cuatro años y que ahora andan por los mil quinientos millones. Pero ni todos los cubanos reciben dólares ni las cantidades que les entregan las familias más pudientes son consecuentes. “Pero para el cubano que recibe todos los meses 30 o 40 dólares es ya una gran ayuda”, apostillan los partidarios de la teoría del dólar sin restricción.

Un intelectual cubano, que ha ocupado altos cargos en la cinematografía nacional y que no quiere ser citado, encara el problema de forma muy distinta: “Hoy existen dos Cubas. Una que tiene dólares para gastar y otra a la que no le queda más remedio que arreglárselas con sus pesos y las libretas de racionamiento”.

Los cubanos, todos primos hermanos del Lazarillo de Tormes, se las ingenian para conseguir dólares en La Habana mismo. Los métodos son variados y todos ilegales o al límite de la ilegalidad. En el aeropuerto, un mozo se rinde a “la voluntad” por haber llevado una maleta hasta el mostrador de Iberia pero sabe que, por poca voluntad que tenga el viajero, no se la dará en pesos. En las calles, más de un muchacho se acerca al turista y con mil trucos, desde la venta de posibles falsos habanos hasta la mendicidad simple y directa pasando por propuestas de chicas fáciles, trata de conseguir algunos dólares. Y como toda la economía del turista está involucrada en la zona del dólar –taxis, ventas callejeras—todos los ingresos turísticos de que se jacta el Estado no van a parar a sus arcas.

En el espacio de tres años, se ha multiplicado considerablemente el número de taxis para turistas en La Habana. Aparte las compañías clásicas que tienen flotillas compuestas por los últimos modelos japoneses, ha surgido toda una industria de velotaxis y una flota de curiosos motos-taxis color naranja con capacidad para tres viajeros. Es indiscutible que los ingresos de las carreras van a parar a las compañías de que dependen, con lo cual el Estado está seguro de no dejar escapar esta fuente de ingresos. Pero siempre hay propinas, y siempre en dólares, que nadie ve y que van directamente al bolsillo de los improvisados taxistas.

En estos tres últimos años, la sensación del recien llegado a La Habana es que las cosas han cambiado. Hay cafeterías, algunas tiendas, supermercados, y aunque los precios sean tan caros como en Europa, la impresión es que ha habido una mejoría en el aprovisionamiento general.

El purista de la Revolución, el que ha conocido la época en la que tener dólares sin ser extranjero era un delito, una especie de atentado contra la seguridad nacional, puede hacerse mil preguntas sobre esta evolución de la sociedad cubana en cuarenta años. ¿Valía la pena mantener tan alto el pabellón marxista, y a costa de un “período especial” que todavía padecen los cubanos, para que finalmente el símbolo más ruin del capitalismo norteamericano, el dólar, se haya convertido en el sueño de una gran mayoría de los cubanos? ¿Valía la pena mantenerse como único país socialista del Caribe frente al mastodonte del norte para llegar aceptar finalmente el billete verde, baluarte indiscutible de un imperialismo norteamericano que todavía padece una parte del mundo?

El periodista Alfredo Muñoz-Unsain considera que no ha habido más remedio que aceptar la situación, mientras una una periodista cubana (“yo se lo debo todo a la Revolución”, la que cuajó Fidel Castro en 1959) se apresura a catalogarla  como “transitoria”.

Pese ante esta seguridad en cuanto a lo transitorio de esta “dolarización” que al menos por el momento sufre Cuba, cabe preguntarse cómo el gobierno cubano podrá conseguir un día restablecer el peso como la moneda nacional. ¿Los cubanos no estarán para entonces demasiado enviciados en una moneda de fácil manejo, de cambio seguro, como para dar marcha atrás, en una especie de volver a empezar que no convence a otros observadores? ¿Será tan fácil desintoxicar del billete verde a unos doce millones de personas que habrían pasado así de la prohibición de poseer esta moneda a la libertad de acuñarla para terminar con una nueva “penalización”?

La Habana de este comienzo de siglo es un sinfín de interrogaciones. En la plaza de la catedral, más bonita desde que el casco viejo de la ciudad está siendo restaurado, una orquesta interpreta sin mucha convicción un son mientras una nube de camareros con pajarita negra y de camareras vestida de estricto y elegante uniforme oscuro atienden a turistas que se dejan dólar y medio por un café, un “buchito” como dicen los cubanos, que hace unos años podía tomarse en un puesto ambulante por unos céntimos de peso.

Indiscutiblemente, el aprovisionamiento de La Habana no tiene nada que ver con lo que era hace unos años, cuando encontrar pan blanco en un hotel de cinco estrellas era misión imposible. Hasta los más modestos ofrecen ahora en el desayuno pan de dos clases y mantequilla a voluntad, sin contar los dulces, la fruta, los zumos y el desayuno “continental” con huevos y panceta.

A punto de meterse en un nuevo siglo como el único líder marxista del Caribe y sus alrededores, y sin contar ya con la ayuda de la otrora poderosa Unión Soviética y con poco o nada que esperar de la nueva Rusia, Fidel Castro no parece vacilar en jugar el dólar como moneda de una supervivencia de la que nadie se atreve hablar tras cuarenta años de permanencia en el poder.

En una entrevista concedida a la periodista Ann Louise Bardach, Fidel Castro contestó con su habitual socarronería sobre lo que sucederá una vez que él desaparezca: “Le puede hader esta pregunta a la CIA. Honestamente no creo que ocurra nada. El Gobierno se adaptará a la situación. Tenemos preparados todos los mecanismos políticos y legales para que así suceda. La vida del país no se verá alterada ni un minuto. No hay un solo hombre que sea indispensable. Y yo merezco el descanso”.

Pero ni que decir tiene que esa preocupación existe entre los cubanos, agudizada por una situación internacional donde el enemigo número uno de Cuba, los Estados Unidos, juegan cada vez más el papel de decididores de la política mundial.

Por mi parte, esta historia entre Cuba y yo no tiene fin ni termina, por supuesto, con estas páginas que sólo quieren reflejar mis amores y desamores con una tierra que en mí ha despertado tanta pasión como una de esas mujeres ardientes enamoradas hasta el sacrificio del desamor. Nadie, pese a lo antes reseñado, sabe cuáles serán los brazos que arrullarán a Cuba el día que desaparezca su amante de más de cuarenta años, que creo la habrá amado con ese amor que lleva a la locura de la perversión.

Puede imaginarse un día de Dios sabe qué mes y que y de quién sabe qué año La Habana recibirá la pintura y el cemento que tanta falta le hacen. Pero temo que esos pintores y esos albañiles nunca la querrán tanto como esos desesperados  que en el Vedado o en Miramar, mis dos barrios preferidos, procuran darle algunos coloretes cuando pueden, que no es muy a menudo.

No sé si amaré tanto La Habana cuando los nuevos amos restablezcan sus pinturas y asfalten las calles que adornarán, imagino, con farolas que tal vez tengan acento yanqui. Se ama mejor y con más fuerza en la desgracia y no en la felicidad facilona del bienestar absoluto.

En otra versión, el personaje de ese cuento mío que figura líneas arriba, Luis, termina suicidándose de la forma más espantosa que a mí se me ocurre: arrojándose al vacío que a menos de una tetraplegia fulminante puede curar todos los males del alma.

A Cuba hay que amarla como es, sin condiciones, sin restricciones y sin esperanza de recibir algo a cambio. María, la cubana que Luis ama, le dice en un momento que nunca podrán estar juntos porque poertenecen a mundos muy distintos.

En más de cuarenta años del silencio de los corderos decretado por el Amo del Mundo, los Estados Unidos de América, el pueblo cubano ha aprendido a sobrevivir en una especie de resignación que implica no solamente pasar algo más que estrecheces, no tener un café, a veces ni un medicamento básico, aún a cambio de granes realizaciones –el amor de esos niños que estudian y no botellean y otras cosas—pero la renuncia a esos bienes corrientes para un europeo y que ellos no pueden comprar más que con dólares, el que los tiene, claro, les ha conducido a esa otra desesperación que se apellida frustración.

Estoy convencido de que ni siquiera un gran amigo mío que lleva en Cuba lo que lleva la Revolución, y que pasa por ser uno de los mayores “cubanólogos” del mundo, se atrevería a predecir el futuro.

Ese amigo es periodista y argentino o por lo menos lo fue. Hoy vive su cubanía en una casa encantada escondido en un barrio de La Habana.

Cuba tuvo otro ilustre argentino, el más ilustre de todos, el hombre que a la gente de mi edad tanto hizo soñar, Ernesto Che Guevara.

Tantos años después, como el mosquetero de Alejandro Dumas, si enigmático rostro de esa foto suya que no cesa de dar la vuelta al mundo, sigue enalteciendo a las multitudes cansadas de luchar y que en los más variopintos lugares del universo persiguen el mito de una cierta felicidad a través de un poco de humanidad, igualdad y fraternidad.

Desesperado, el Che se fue de Cuba y en los altiplanos de Bolivia militares de película mala le crucificaron, como hace dos mil años y pico otros desarmados crucificaron a Jesucristo.

El otro argentino, mi amigo, sigue allí, en la capital. No me atrevo a preguntarle si espera algo. Si hay algo que esperar. Nunca se lo preguntaré porque temo que ni él conozca el principio de lo que podría ser el esbozo de una respuesta. O que no quiera conocerla.

(Del libro “Cuba, Revolución y dólares”, del mismo autor)