Todos somos superman

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Para todos los nostálgicos del mundo, Clark Kent, Superman, ha cumplido cuarenta años, aunque no sé de qué calendario, si el gregoriano, judío o musulmán. O budista, que gustos hay para todos. En realidad, todos hemos cumplido cuarenta años con él, porque cuando empezó a emocionarnos volando, haciendo el bien, no era un héroe norteamericano creado por los Bush ni siquiera por algún otro malvado de Estados Unidos, sino un tipo que podría haber sido discípulo de Jesús. Y además, guapo con ese caracol gitano que volvía loca a Lois Lane, compañera del periódico, porque él era periodista, y amor de su vida. Todos hemos tenido los cuarenta años de Superman. Todos hemos querido hacer cosas por la humanidad, pero como no teníamos kriptonita tuvimos que limitarnos a cederle el asiento a una señora en el metro o en el autobús.

Cómo hemos cambiado. Superman era el tipo impecable que evitaba catástrofes, castigaba a los malos y era tan tímido en cosas del amor como cuando te tocaba a tí, sí, tú que ahora eres periodista y que desde La Habana te rompes la cabeza para encontrar un tema para tu periódico. O aquel otro que encerrado en una isla africana se vuelve loco para cumplir con las 800 palabras de un artículo, tipo medio, medio mediano.

Ninguno de los dos tenéis ya detrás del teléfono al impaciente redactor jefe que como los hermanos Marx os pedía más artículos, todavía más artículos, más madera, más madera, porque el tren de los periódicos tiene retraso.

Qué bonita eras, Lois Lane, cuando te quedabas embobada delante de tu ídolo y quizá le decías algo como esto: “Eres tan grande que no sé cómo me miraste, como llegué a tus manos, a tus besos”. Y Kent, Clark, el periodista que se transformaba en un ser superior para hacernos el bien, se sonrojaba. Pobrecito mío, seguro que a la casta Lois le dieron más de una vez ganas de encerrarte en su piso de Manhattan. Y quizá alguna vez lo hiciera, pero como tú eras tan tímido y tan calladito…

El otro día, un amigo argentino, periodista de los que rajábamos la actualidad para hacerla más viva y más jugosa, me decía con cierta nostalgia: “Berro, ¿te das cuenta que en aquellos tiempos éramos los amos, los putos amos como se dice ahora?”.

Fuimos los amos, querido Apa, y seguimos siéndolos. Somos Superman porque como él tenemos poderes especiales. Él volaba y tenía otras cualidades que nadie podía combatir salvo la maldita kriptonita. Nosotros tenemos el poder de emborrachar a la gente con nuestros cuentos, con las cosas que les contamos, que es como si volaras por encima de Manhattan a la hora en que los taxis amarillos salen de los aeropuertos en busca de un bar callado y un poco cutre donde te esperaban unas copas de ese güisqui que, por cierto, Kent no bebía.

Somos los putos amos, los Superman del universo porque pese a que ya no estamos en primera fila de las bombas de la actualidad, y tanto mejor porque son siniestras y quienes las cuentas todavía más, sabemos enamorar a gente que no nos conoce. Ahora con las técnicas de la transmisión rápida, una ocurrencia tuya la leen en Minnesota, en un pueblo de Virginia o en La Habana, Aranjuez o sabe Dios dónde. ¿No ves por qué somos los putos amos? No sabemos volar como Superman, ni enamorar como él, ni siquiera tenemos su caracol canalla, pero desde la experiencia de los malditos años siempre tienes algo que decir. Y los que están al otro lado se espantan de gusto.

Recuerdo que un día un editor que tuve en Madrid y que desapareció de la noche a la mañana como en un cuento de Dickens, me comunicó un mes la lista de mis libros vendidos, pocos lo confieso, y a precio de saldo. Hombre, es que no todo el mundo es Faulkner ni siquiera uno de esos pavos reales que aparecen a diario en la tele, cuentan cuatro bobadas con faltas de ortografía y sin acentos y escriben una cosa que se vende como los preservativos en la puerta de un cuartel durante la Segunda Guerra Mundial. Porque aquello de las enfermedades venéreas era serio y en Madrid, en el más viejo de los madriles, había un enorme cartel, no hace tanto, que anunciaba más o menos: Enfermedades venéreas. Porque todavía se llevaban. Luego vino el siniestro SIDA.

Volviendo a mi historieta, ví en la lista que se había vendido un ensayo mío sobre la manipulación de la información. Y se había vendido a una profesora de periodismo de Minnesota precisamente. Corrí hacia un atlas que me compraron cuando no había informática y busqué ávidamente ese extraño lugar. Aquella noche dormí tan a gusto como cuando Superman había salvado un autobús lleno de niños que iban a la escuela en uno de esos artefactos amarillos con la palabra SCHOOL. Fui más feliz que Hemingway cuando le anunciaron el premio Nobel. La verdad es que al pobre de poco le sirvió. Se aburría tanto que se pegó un tiro.

Estoy convencido de que si hubiese creído en Superman habría acudido en su ayuda y le habría arrancado el rifle de las manos. Y Lois Lane hubiese hecho un lindo reportaje: “Cómo salvé a Hemingway”.

Pero todo pasa, hasta la nostalgia cuando sabes dosificar el güisqui con el Perrier y un hielo que no sea muy baboso y te estropee el mejunje.

Feliz Navidad, Superman, que Jesús te acompañe allí donde estés.