Los paladares de la nueva era cubana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

(Cosas hechas, cosas vistas en La Habana de 1985, hace 33 años, la edad de Cristo).

El pollo relleno, acompañado de cerveza Bucanero, estaba para chuparse los dedos y María, que nunca había ido a Europa, aprovechaba estas oportunidades para  decirle a su europeo de amante que en esta parte del mundo había cosas que también merecían el respeto, la cocina y la resignación, pronunciaba con énfasis pueril. Solía Luis comer y callar, sonriendo por encima de los platos que las improvisadas camareras traían con la seriedad de profesionales de la restauración de toda la vida.

 

 

— Corazón, hoy se te ha ido la mano con tu crónica sobre los dólares… Das la impresión de que los tenemos por capricho.

–¿Qué se me ha ido la mano? Pero oye, María, si es escandaloso. Es como perder los signos exteriores nacionales, como si en Francia, pongamos por caso, hubiese que pagar en la calle con libras esterlinas y que el franco quedase para el museo.

–Lo que tú no entiendes es que la gente aquí necesita esta bocanada de aire fresco. Cuando Fidel despenalizó el dólar lo hizo para que quienes los tienen, es decir todos aquellos que los reciben de sus familiares del exterior, pudiesen utilizarlos libremente y vivir mejor.

Luis había pedido otra cerveza Bucanero y parecía buscar argumentos:

–No se trata de eso. Ni siquiera cuando estuvieron aquí los rusos a alguien se le ocurrió emplear como moneda nacional el rublo.

Sabía que aquella sería una discusión más de la que saldría vencido y de mal humor y decidió aplicarse el cuento de que para hacer la guerra se necesitan por lo menos dos campos. Le tomó una mano de dedos apenas cuidados y le sonrió. Ella sabía que había ganado una vez más.

A pocas cuadras del “paladar” donde tan ricamente habían cenado vivía Alex, un uruguayo que tenía la particularidad de haber estado en Cuba desde los comienzos de Sierra Maestra y que, periodista de profesión, nunca había querido regresar a su tierra. Año tras año fue enraizándose y aunque seguía teniendo un pasaporte uruguayo todo el mundo le consideraba como el extranjero más cubano de la Isla. Era un tipo largo y hecho todo en delgadez. Tenía un vago parecido con un Richard Widmark que hubiese sido un cruce de Humphrey Bogart y de Robert Mitchum. Lo que más impresionaba en él eran unos ojos que parecían haberlo vivido todo, haberlo conocido todo, haberlo sufrido todo. Desde que Luis le vio por primera vez siempre le había dado la impresión de salir de un largo sueño de cuarenta años y de haber aterrizado por casualidad en una bella casita de la zona de la Playa, llena de silencio, sombras y decorado Art Déco. Era un mundo silencioso como una iglesia, en la que los recuerdos, los suyos, se encaramaban por una escalera casi vertical que daba al piso superior y donde se le veía muy sonriente con el Papa Juan Pablo II y en otra con Fidel Castro, quien le tenía cogidas las manos en un gesto muy afectuoso. Pero Alex era el más pragmático de los latinoamericanos. Nunca decía por qué se había quedado en Cuba habiendo tenido otras posibilidades. Nunca hablaba mal de Fidel Castro. Nunca lo alababa excesivamente. Destacaba sus dotes de gobernante, pero de vez en cuando la crítica de algo que había hecho o dicho asomaba como una musiquilla en su conversación sin que nadie pudiese decir que era una acusación. Sabía de la fidelidad más que nadie. Quizá hasta moría de ella en su exilio de aquel Macondo perdido de La Habana. Pero le constaba que en el mundo suyo, en el que vivía desde siempre, por lo menos desde que tuvo juicio suficiente para decidir lo que quería hacer, el afecto, la fidelidad, el amor y el desamor, la traición y el desengaño estaban muy enmarañados. Sus ojos grandes y pálidos, perdidos en no se sabe qué infierno interior, parecían carpas de los nómadas del desierto cuando alguien evocaba en su presencia la suerte corrida por un personaje muy célebre en Cuba, sobre todo en los medios intelectuales.

El hombre había sido el fiel entre los fieles de Fidel Castro desde que ambos –tenían casi la misma edad—corrían como caballitos locos por las escaleras de la universidad habanera en busca de un mundo mejor. Contaban y no paraban de contar cómo aquel intelectual ahora rechoncho y excesivamente tímido había defendido a su amigo con el Colt 45 en la mano, enfrentándose a los policías de Batista que no han dejado ningún recuerdo de haber tenido nociones sobre los derechos humanos. Aquel hombre refinado que parecía a punto de desmayarse cuando se agarraba su eterna chaquetilla echada por los hombros con tres dedos de la mano derecha, había caído en desgracia. Eso era al menos lo que se contaban en los mentideros habaneros. Nadie sabía muy bien por qué, aunque no era un secreto para nadie que durante los últimos años había defendido posiciones intelectuales de apertura en la sociedad cubana que no siempre habían hecho morirse de felicidad a los más viejos y fósiles miembros del Comité Central del Partido comunista, una camarilla que rodeaba a Fidel y que seguía mandando, quizá más a medida que el tiempo pasaba, que el cronómetro de la Revolución contaba años y no días y que nadie sabía donde iba a terminar la aventura de Sierra Maestra.

Como siempre, Alex sonreía como si le hubiese partido el labio superior un especialista de efectos especiales de Georges Lucas que estuviese inventando en aquel momento personajes para otra Guerra de las Galaxias.

Adoraba a María, a la que había visto crecer en aquel barrio suyo y estaba encantado de que se hubiese encontrado con Luis, por el que sentía el cariño que suelen tener los maestros por los alumnos adelantados. En el patio detrás de la casa ya había en curso una pequeña tertulia en medio del humo de los cigarrillos y de los puros y teniendo como música de fondo del choque del hielo sobre las paredes de los vasos. Todo el mundo sabía que ser invitado a este santuario era la oportunidad, a veces única, de encontrarse con los personajes más importantes o interesantes de Cuba. Algunos de los colaboradores más allegados al comandante solían figurar una u otra vez entre los contertulios. Al día siguiente harían una síntesis de lo hablado al jefe, quien tenía fama de estar al corriente de todo cuanto ocurría y se decía en su isla.

Probablemente no dejaran de contarle que aquella noche el contertulio estrella había sido el risueño director de cine Pastor Vega. La cinematografía es el apartado cultural de más impacto en Cuba y la que para muchos ha actuado como embajador en Estados Unidos mientras los políticos de Washington y La Habana se tiraban los tratos a la cabeza. Pero ha sido siempre un cine crítico que ha llegado a molestar al mismo Fidel Castro, quien no ha vacilado en meterse con una cinta si consideraba que no era “nada patriota”.

Luis estaba interesadísimo en las palabras de Pastor porque le conocía como uno de los impulsores del diálogo que dentro del Festival de Cine de La Habana, que se celebra todos los años en diciembre, lleva realizándose hace años entre cineastas de los dos países, con repercusiones políticas probablemente más importantes de lo que puede parecer a primera vista. Muchos observadores estaban convencidos de que si la Academia de Hollywood seleccionó por primera vez en 1994 una película cubana, “Fresa y chocolate”, para los Oscars no fue mera casualidad. El filme, que trata de las relaciones entre un homosexual y un muchacho “normal” en un país donde los primeros han conocido hasta los campos de concentración, fue un auténtico bombazo en el Festival de 1993.

La noche ya era tinta china sobre La Habana, una joya del Caribe en la que cuarenta años de descuido urbanístico provocado por el férreo bloqueo norteamericano habían dejado huellas en los rincones más bellos. Con todo y con eso, tener la suerte de vivir en uno de esos caserones de otra época, donde las corrientes de aire bailaban día y noche con los fantasmas de un pasado reciente pero que los desacuerdos políticos habían ahondado como sólo puede hacerlo una guerra civil, era algo que quitaba el sentido. Sentarse en el porche mientras en la calle se oía el tráfago de coches y gente, mientras luces mortecinas indicaban la existencia de otras casas, de otras vidas, de otras historias, de otros cuentos por contar y nunca contados, era como una leyenda de una noche de verano. Con el tiempo, las mansiones del Vedado, algunas de las cuales estuvieron durante muchos años en manos de los comités de defensa de la Revolución, habían sido ocupadas por inquilinos normales que veían pasar el tiempo, unos muy orgullosos de un país que, según decía Pastor Vega, existía por un capricho del destino. Y otros que no soñaban más que en abandonarlo y en ver los escaparates tan repletos de golosinas de todo tipo como de mentiras de consumidores hambrientos de lo necesario y de lo superfluo pero no siempre con medios para satisfacer sus deseos.

María y Luis apenas hablaron en el trayecto de vuelta. Cada uno estaba sumido en sus cosas, en dos mundos tan distintos como eran los suyos. El se decía todas las noches dispuesto a seguir en Cuba para saber qué iba a pasar, con la esperanza de encontrar realmente un mundo mejor donde otros no veían más que dictadura mal administrada y peor consentida. Ella a veces soñaba con su padre, el hombre que la abandonó siendo todavía una mocita para volver a su país, en el centro de Europa. María se decía a ratos que le hubiese gustado conocer ese mundo europeo del que tanto hablaban quienes le conocían. Luis siempre se mostraba cauto cuando ella le preguntaba sobre las excelencias del capitalismo porque estaba convencido de que, en fin de cuentas, la felicidad puede hallarse en los lugares más insospechados y no necesariamente teniendo tres televisores, cuatro videos y una aparente libertad. Como cubana, ella ansiaba conocer esas cosas, convencida de que era imposible que el mundo se redujese al perímetro de la isla donde le había tocado nacer. Pero tenía miedo de lo que él le contaba: que de nada servía tanta riqueza cuando no beneficiaba a todo el mundo y cuando los que más tenían eran los menos y cuando los más pasaban a veces necesidades en dominios tan elementales vistos desde Cuba como la salud o la enseñanza.

Cuando bajaron por la Rampa, al fondo y a la izquierda el Hotel Nacional parecía una pura ascua. El sonido agudo de las trompetas y el sincopado del saxo flotaba hasta la puerta, donde agentes de seguridad procuraban que entre los invitados y los clientes del hotel no se deslizara ninguna “jinetera”, esas prostitutas que en los años sesenta habían sido como un adorno más de La Habana –la mayoría jóvenes y bonitas estudiantes llegadas desde el fondo de sus provincias- pero que ahora eran expulsadas de una tan sensual ciudad, en un extraño deseo de “limpieza moral” que amargaba la estancia de muchos turistas. Era como si con los años al régimen le hubiesen entrado achaques de vieja cotorra. Unos años antes, un corresponsal extranjero había sido expulsado por haber titulado una crónica de forma sensacionalista, “Una mujer cubana vale dos mil dólares”, cuando en realidad explicaba sencillamente que las gestiones para que un extranjero pudiese casarse con una cubana y sacarla del país alcanzaban esa suma.

Todos los santos varones y todas las suculentas hembras de la música cubana parecían haberse dado cita alrededor de la piscina del Nacional cuando pudieron entrar finalmente, no sin que antes tuviesen un encontronazo con dos almidonados guardas que miraban con recelo a María y hubiesen llevado más a fondo sus investigaciones si él no hubiese puesto el grito en el cielo.

El Todo Habana del cine estaba desparramado por los alrededores de la piscina que lucía con tanto fulgor como si de un momento a otro se esperase el salto de Esther William y de sus sirenas. Sólo faltaba Xavier Cugat con su chihuahua en el regazo dirigiendo aquella orquesta de violines que hizo célebre en el Hollywood de cuando los cielos azules de las películas tenían el mismo brochazo y los actores eran machos bravíos y las mujeres hembras de armas tomar. Numerosos cineastas extranjeros y otros que nada tenían que ver con el cine andaban dándole costalazos a exquisitas botellas de ron Habana Club que ayudaban a pasar la frontera del gaznate con una impresionante cantidad de “rocas” heladas. Nadie hubiese dicho que Cuba vivía un período casi de guerra y que a pocos kilómetros del Malecón habanero los guardacostas norteamericanos no quitaban los ojos de la tierra cubana. Sin duda hubiesen quedado sorprendidos si hubiesen visto a Fidel Castro departir amablemente con sus invitados. Era la primera vez que Luis le veía desde hacía un año y se le antojó que tenía los ojos tan cansados como los de un Cristo que había encontrado perdido en una carretera de Bretaña, allá por la lejana Francia.

Pero el personaje que más concitaba la atención era el gafudo Alfredo Guevara, el hombre más importante del cine nacional y amigo íntimo de Fidel Castro de cuando los tiempos difíciles. Refinado como el embajador de Cuba ante la UNESCO que fuera en París, luciendo en la solapa izquierda el distintivo de la prestigiosa Legión de Honor que el gobierno francés le había concedido, sonreía y hablaba con quienes le rodeaban como si estuviese confesándolos.

El día siguiente amaneció tan caluroso como todos los que se sucedían en aquel bendito invierno. Desde la cama, Luis oyó las sirenas. Maria cortó el zumbido metiéndose la cabeza debajo de un almohadón. No ocurría nada. No es que las tropas yanquis estuvieran a punto de desembarcar en La Habana o en cualquier otra parte de Cuba como ya lo habían intentado alguna que otra vez. Era el Día de la Defensa Nacional y los cubanos que no podían hacer otra cosa se sometían a una serie de ejercicios militares para, según las autoridades, estar preparados ante cualquier eventualidad.

La radio estaba transmitiendo. Una voz femenina explicaba cómo los enfermos de SIDA podían trabajar sin ningún problema a condición de reunir algunos requisitos. « No es justo –decía la voz un poco monocorde—que alguien mantenga su angustia en silencio. Para que no exista discriminación en el trabajo, las administraciones no deben de actuar con espíritu economista, ante estos problemas deben aplicar lo que establece la legislación ».

Un locutor encadenaba con una monotonía aplicada: « Los trabajadores de la central termoeléctrica del Este de La Habana establecieron un record de esmeración para un año al generar en apenas once meses más de un millón 600.000 megavatios/hora que beneficia a una parte de la población capitalina. Una demostración de su eficiencia en el trabajo es que alcanzaron un 75 por ciento del factor del potencial disponible, una cifra por encima de la media nacional y algo notable si se tiene en cuenta la antigüedad de las máquinas generadoras, informaron dirigentes sindicales de la entidad. El colectivo obrero de esta central termoeléctrica del Este de La Habana prevé la ratificación de vanguardia nacional y el primer lugar del país además de ganar la sede del acto por el día del trabajador eléctrico que se realizará el próximo 14 de enero… »

« Se realizarán este domingo en todos los municipios de la capital las tradicionales ferias agropecuarias ».

« … Destaca el comandante en jefe Fidel Castro la labor de los fotógrafos por su contribución a la historia de la Revolución »…

« … Unica productora en Cuba de medicamentos cefaloporánicos cumplió su plan de producción mercantil ascendente a más de siete millones de pesos ».

« Con el fin de multiplicar las relaciones entre las patrias de José Martí y Simón Bolívar y hacer realidad las ideas de Fidel y Hugo Chávez, Cuba y Venezuela firmaron hoy un trascendental convenio de colaboración deportiva ».

« …Mientras más daño se trata de hacerle a nuestro país por parte del rubio del norte, nuestro pueblo, con su cruel bloqueo, la ley de ajuste cubano, la … de los fondos por servicios telefónicos y otras patrañas como consentir a terroristas y a delincuentes… nuestro pueblo está más firme y contundente, y también más firme y contundente es la respuesta preceptuada de antemano en el juramento de Baraguá ».

A él todas aquellas frases, que se sucecían día tras día en las emisoras nacionales, seguían sabiéndole a puro surrealismo, aunque tratase de entender que Cuba no era un país cualquiera y que ese lenguaje respondía a una situación precisa. Iba todavía más allá y a ratos casi lo justificaba en su intento de meterse de lleno en esta Revolución que tan ajena era a su educación. Nadie le había enseñado que con otro milenio en marcha fuese posible hablar de heroicidad de un pueblo, de imperialismo. Hacía una eternidad, había vibrado por la lucha de Vietnam contra los invasores, franceses primero y luego estadounidenses. Pero la guerra se había acabado, el comunismo seguía siendo también vietnamita. En Cuba la idea de que la Revolución cuajase una vida mejor no parecía tener fecha. Era una movilización de todos los días y ni siquiera Fidel Castro había podido resignarse a dejar en su casa el uniforme verde olivo, salvo cuando acudía a una conferencia internacional. Luis quería ayudar a realizar todo lo que se prometía desde hacía cuarenta años pero le costaba creer que con frases como aquellas se pudiese llegar seriamente a algo. Más de una vez hablaba de ello con María. Ella se limitaba a mirarle como a un niño travieso que no sabe muy bien lo que va a hacer y se reía.

— Hay que ser cubano para entender esto –le decía antes de soltar una carcajada que le dejaba todavía más desconcertado.

Le hubiese gustado vivir aquella Revolución cono suya pero el cartesianismo le decía de vez en cuando que no, que estaba equivocado, que no lo conseguiría nunca. Que lo que sucedía en Cuba no lo entendían, efectivamente, más que los cubanos, y no todos.

Cuando decía que ya era hora de volver la página y de comenzar una nueva etapa, algunos de sus amigos cubanos le miraban con sorna. Alex le había dicho enigmáticamente en cierta ocasión : « Para entender a Fidel hay que leerse El Príncipe y El Padrino… y conocer a los jesuitas ». Nunca consiguió que le explicase cuáles eran las entrelíneas que a él seguramente se le habían escapado.

(Del libro “Cuba, Revolución y dólares”, publicado por el autor en 2002)