El grito del silencio de Brasil

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Cómo han cambiado las cosas, Jesús del gran poder, ese Jesús que estaba siempre presente, imagino que sigue estándolo, en los taxis de Brasil, cuando se hablaba de democracia y del futuro de esa misma democracia..Un día expresé a un amigo brasileño mi extrañeza de que uno de mis vecinos, el ministro de Economía, viajase en un automóvil cuyas placas decían claramente que el ministro iba dentro. Un viejo periodista brasileño se rio. Que no, que no me alarmase, que era la costumbre que cada coche oficial fuese identificado con la placa de su ministro. Y el ministro dentro, vamos que no era una argucia.

“Pero, ¿podría aparecer un terrorista?”, repliqué con mi lógica europea de quien ha sufrido de cerca o de lejos los tiros en la nuca de los terroristas de ETA en España y los de las Brigadas Rojas en Italia.Siguió riéndose mi amigo. Y me aseguró muy ufano que eso del terrorismo no se llevaba en Brasil. Bueno, me callé pero podría haberle hablado de la época en que el país estaba en manos de militares amotinados en un golpe de estado.

Otro día, un almirante retirado, con el que compartíamos una cata de vinos franceses, se reía cuando le mencioné la locura de ir identificados, como poniéndose de diana para cualquier terrorista. El alto militar también se rio todo lo que pudo. No hay terrorismo, y los brasileños no tienen el gene de la revolución, me repelló el razonamiento.

Esta conversación ocurría en 1997, un día cualquiera de un mes que no importa. Era presidente de la República el sociólogo Fernando Henrique Cardoso.Cómo ha pasado el tiempo, cómo hemos cambiado. Hace solo veintiún años de aquella charla distendida en una mansión del Lago Sul de Brasilia, la capital federal.

Y cómo han cambiado las cosas en ese tiempo. Bueno, ni se sabe. Desde que llegó al poder como Presidente Jaír Bolsonaro, que tanto presume de haber sido capitán del ejército, después de que el favorito de las elecciones, Lula da Silva, fuese a dar con sus huesos en una cárcel –el juez que lo envió ha sido nombrado ministro de Justicia—Brasil parece muy callado.

A la agitación en la opinión pública de que un hombre de extrema derecha, y además militar, fuese jefe de Estado por primera vez en un país de una democracia solo cortada por el golpe de estado que duró nada menos que de 1964 a 1985, ha sucedido el silencio de los corderos.

Cuando yo llegué a Brasilia en 1997 como corresponsal de la Agencia France Presse, ese trágico y larguísimo episodio del golpe de Estado era ya un recuerdo que nadie quería ni evocar. Durante tres años nunca salió en las conversaciones que a diarios mantenías con políticos de uno u otro bando y hasta ni siquiera con militares.

Era un episodio muerto, escondido. Se ocultaba como la barriga que le hacen a la joven de la casa elegante. Se regulariza con un matrimonio de conveniencia y allí no habría nada.

Quizá esa confianza de los brasileños en una democracia ya bien ensayada fue demasiado. Tal vez el hecho de que de 2003 al 2011 reinase en el país un izquierdista, Lula da Silva, un tornero llegado a la política a través del sindicalismo, tampoco arreglase las cosas.

Todos los observadores coinciden en que esos años de poder a la izquierda fueron muy beneficiosos, sobre todo para los pobres, que son legiones en un país con más de 209 millones de habitantes y posibilidades que le convierten en el punto de mira del mundo entero.

Cuando por fin las fuerzas de la derecha brasileña, la de los ricos y las más poderosas, las que tienen todas las riquezas del país menos las migajas que dejan para que el resto de los brasileños puedan seguir viviendo y les sirvan como mano de obra barata y manejable, se dieron cuenta de que Lula iba a conseguir un nuevo mandato, el cuarto, estallaron.

Y de la extrema derecha silenciosa surgió la fuerza arrolladora de ese capitán y sus huestes que en menos de lo que se tarda en decirlo habían conquistado el poder, gracias sobre todo a la influencia y poderío de las iglesias evangélicas que constituyen una fuerza impresionante y que manejan como quieren precisamente a esas masas de Brasil que sufren y padecen el poder de los ricos.

El mundo está demasiado revuelto para que la gente se preocupe por lo que pueda pasar en Brasil. Razón demás para apostar a que nadie va a seguir la actualidad nueva de un país “nuevo” para controlar lo que pueda suceder.

El cinismo impondría que no hay que tenerle miedo al capitán-Presidente, que Brasil ya padeció el extremismo de la derecha durante sus veintiún años de dictadura, que es una barbaridad aunque sea un país tan grande y tan poderoso.

Conocí a mucha gente que vivió esos años fatídicos en los que consejeros norteamericanos fueron enviados de Washington a Río de Janeiro temiendo que los militares brasileños no supiesen tratar a los “comunistas y la plaga pudiese extenderse. Quién sabe si hasta llegar a Estados Unidos. Ya en los años cincuenta un senador norteamericano totalmente demente, McCarthy, gordo ambicioso, creó un cuerpo de pandilleros con los que pretendía sacar de sus madrigueras a los comunistas que, según él, se escondían en Hollywood. Claro está, el pobrecito pensaba que saber leer y escribir sin faltas de ortografía, era mala cosa para la democracia, la suya, claro. Y más de un intelectual de Hollywood tuvo que salir pitando a Europa porque el senador no bromeaba. Y tener simpatías de izquierdas era ya sumamente sospechoso y peligroso.

Orson Welles y Charlie Chaplin estuvieron en la lista negra del senador y quizá la notoriedad de que gozaban impidió que las cosas fueran más lejos.

Brasil no tiene Hollywood pero sí mucho político arribista capaz de querer imitar a McCarthy.