Una ambulancia, un güisqui con rayos

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Es una habitación pequeñita con un sofá color naranja y un viejito de bigote blanco que, tendido, mira tranquilamente a los enormes bomberos que con sus andares sin sobresaltos inspiran paz. Le están metiendo una camilla nido para llevárselo. “Fractura de la cadera”, ha diagnosticado rápidamente una médica de ojos marrones vestida, como sus compañeros, de mil colorines. Y le ha inyectado un sedante, que él herido ha agradecido con la mirada sonriente. Plano exterior día. Por un balconcito de terraza de medio pelo, con el sol asomando en el horizonte, los bomberos sacan la camilla para meterla en una ambulancia y llevarla al hospital. Operación delicada. Dos bomberos de negro vestidos con ribetes amarillos ayudan a otros dos salvadores totalmente vestidos de naranja que ayudan a sacar la camilla. Es una ópera silenciosa, colorida y dolorosa. Y silenciosa.

El sol sigue saliendo. Esta gente de uniforme que mañana no figurara en las mil estupideces de los telediarios de ninguna televisión del mundo ha salvado una vida y aliviado un fin de vida. Es menos espectacular que en las series de tv. No se oyen sirenas, no hay griterío, ni primer plano de los héroes, esos hombres y mujeres que en una ambulancia, una camioneta en lugar de vender salchichas reparte bienestar, recorren las calles, los pueblos de mi isla africana.

Esto ocurría un día cualquiera de finales de noviembre en un territorio grande como la Pomerania en tiempos de Théophile Gauthier. Es la vida misma, pero la gente solo conoce la realidad de la mentira de las películas y series. Se resiste a considerar que la verdadera realidad es lo único que les concierne. Y que son esos bomberos de la realidad, sin aspavientos ni heroísmos inútiles los que un día podrían salvarle la vida. No los de una torre infernal cualquiera. Pero la estupidez es cosa exclusiva de humanos.

Y yo que escribo necedades, para que de vez en cuando algún lector se sonría y diga “hay que ver lo bien que lo hace este cabrón”. Ni siquiera me da vergüenza. Es que ni me sonrojo. A estas horas, primero de diciembre, el viejecito estará descansando en una cama de hospital. Y probablemente le dará tiempo a restablecerse antes de que suene el momento de los turrones de Navidad, que para él seguramente serán de esos blandos que te forman como una coraza en la boca.

Todavía no ha amanecido. Pero toda la noche, y hasta cualquier hora, las ambulancias con su dotación de médico, enfermero o enfermera y conductor, seguirán dando sirenazos para abrirse paso y para decirle al enfermo que no le han olvidado, que ya llegan.

Mientras yo me tomo un güisqui que sabe a hígado de pato sin cocinar, las sirenas siguen oyéndose. Y entonces te preguntas por qué. Porque hay que trabajar, porque el mercado del trabajo está muy malo, por vocación, porque me gusta ayudar a la gente y cuando lo consigo haría como los pilotos de coches de carreras, ducharme con un botellón de champán en señal de victoria.

Ellos, los pilotos, yo, mi güisqui, jugamos en la liga de la inutilidad. Los de los cochecitos que valen una millonada corren por un circuito, como si fueran hámsters cautivos, sin ningún objetivo, sin intención de ayudar a nadie, solo de ayudarse a ellos a engrosar sus cuentas bancarias. En mi terraza, desde donde veo las ambulancias correr prudentemente, lleno un vaso de güisqui y lo arrojo a una maceta. Sabe a escupitajos de tuberculoso de Madagascar en el descansillo final de la vida. Chulería capitalista.

Las ambulancias pasan de vez en cuando. Yo, en mi inutilidad infinita, en mi infinito miedo, en mi absoluta necedad de no servirles para nada al que llevan dentro, prodigándole cuidados, con una médica tirada en el suelo para entubar a una muchacha que ha querido quitarse la vida con pastillas. Pastillas de las que yo tomo para dormir y seguramente una de estas mañanas vendrán los mocetones del casco y los titiriteros de las ambulancias para tratar de arrancarme a la muerte.

Me pregunto qué sabor encontrará a la vida la chiquilla a la que la doctora salvó de dormirse para siempre. ¿Estará agradecida o se preguntará de dónde va a sacar las próximas pastillas?, porque dice, pero si estás en la flor de la vida, mi amor, que no le da la gana seguir entre nosotros.

Mi propósito de esta mañana era hablarles de nada. No crean, no sonrían con suficiencia, es muy difícil escribir de nada, de la nada que cuando se tiene talento como Jean-Paul Sartre o como Milan Kundera, se puede hablar durante doscientas o quinientas páginas de la levedad del ser, de lo mal que se vive cuando no se tiene más necesidad que alimentar su ego, su precioso ego que tantos cuidados y arrumacos necesita, pobrecito mío.

Me pregunto si el viejecito del otro día, sí, aquel que rescataron los bomberos de una casita baja, menos mal que no tuvieron que hacer malabarismos, estará ya bien y pensando en seguir viviendo. O si se habrá muerto. Muerto de aburrimiento. O de pena. O sencillamente de ganas de querer morirse.

Cuando le sacaban el otro día de su casita blanca no vi a su alrededor ninguno de esos familiares pegajosos y casi siempre llenos de comentario untuosos que suelen estar cuando hay una desgracia con la tv delante.

Porque la desgracia es el seguro de todos y cada uno de nosotros. Es para los demás y si te dejan vivo y puedes comentarlo es que todavía estás vivo, que no te ha tocado la hora. Quizá porque eres inmortal y nadie te lo había dicho.

La última ambulancia que anduvo dando tumbos parte de la noche ha regresado a su base, un ambulatorio de los que existen miles en esta parte del mundo donde yo termino de vivir. Es hora de un cafelito caliente, sin demasiada leche, precisa con una sonrisa de vida la enfermera rubia de melenas cuidadas que ha jugado durante toda la noche a ser dios.