La otra chica de Ipanema

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

El Papa Juan Pablo II estaba rondando por el Río de Janeiro de 1977 rodeado de estridentes automóviles que pedían vía libre mientras helicópteros militares con ametralladoras en las puertas volaban amenazadoramente casi a ras de la comitiva papal. Luis tomaba notas al lado de una cárcel reservada a los mayores criminales de Brasil. Pero no tenía la cabeza en lo que hacía. Un rato antes había recibido un mensaje escueto: “Tengo que marcharme”. Luis dejó que dos enormes guardaespaldas del Vaticano le izaran como un saco de patatas hasta un muro que daba a la puerta principal de la cárcel por donde salían los presos que iban a recibir la bendición del Papa. Desde allí no se perdería nada. Cuando el papamóvil y toda la comitiva de seguridad, contando a los helicópteros en posición firme, hubieron pasado, se sentó en el bordillo de la acera para transmitir su reportaje. Al acabar ya se había despejado el ambiente y la calle del centro de Río había recobrado su aspecto de todos los días sin Papa.

Encendió un purillo toscano y trató de intoxicarse dando una calada que esperaba le llegase a los tacones. Echó a andar hacia el coche que le esperaba unas calles más arriba. Releyó el mensaje. Se lo esperaba. Ella llevaba unos días demasiado angustiada. Se sorprendió cuando la vio nada más entrar en la Redacción, donde, como siempre, todo el mundo parecía creer que el mundo se estaba cayendo a pedacitos. Se encerraron en un despacho vacío. Los rizos negros que combinaban con sus ojos color azabache daban un aire aún más salvaje a Lola. Se sentaron en un ventanal desde el que se tenía una vista a lo Sergio Leone de la Rua Mexico y apenas hablaron.

Pronto se aclaró el misterio. El exmarido de Lola, que estaba muy enfermo desde hacía tiempo, le había pedido que se marchase con él aunque solo fuese el tiempo de pasar el mal trago.

Después de acompañarla al aeropuerto –el vuelo de Lola para Buenos Aires estaba a punto de embarcar– Luis recogió cuatro cosas de su apartamento art déco de Catete y se marchó al Hotel Gloria. No quería estar solo en la casa que habían compartido desde hacía tanto tiempo mientras ella estaba con el otro.

En el momento de embarcar, Lola se había arrojado a su cuello y había estado abrazada a él como si no fueran a verse más. Un sueño que duró hasta que la azafata la llamó. Los dos sabían del riesgo de aquella separación.

Como cada vez que no podía tirar más de lo que él llamaba el saco de la mierda, en cuanto hubo terminado la visita del Papa se largó a Manaus, en plena selva amazónica. Se contaba como chiste que las pistas del aeropuerto tenían que ser cuidadosamente podadas de sus árboles regularmente para evitar que invadieran las pistas.

Le encantaba aquella ciudad, antiguo imperio del caucho que permitió a sus habitantes mandar construir un suntuoso teatro de la Ópera copiado del de París. Desde la primera vez quedó embrujado.

Al intentar confirmar la reserva de la vuelta, para dos días después, el empleado le miró con ojos de pésame:

-El avión se ha roto al llegar y no sabemos cuándo nos mandarán otro.

-Pero necesito regresar urgente a Brasilia.

El amable señor se rascó la oreja izquierda largamente antes de responderle:

-No le aconsejo que alquile un coche. Largo y peligroso. Quedan los barcos… El problema es que Brasilia no tiene rio de atraque.

El variopinto tráfico fluvial por las turbulentas aguas del río Amazonas en barcos que a él se le asemejaban a las cajas de alfajores era esencial para Manaus y toda la región.

Entonces fue cuando se dio cuenta de que Manaus podía ser el final del mundo.

Aquella noche coincidía que en la Ópera ponían una versión de Carmen, con una orquesta sinfónica formada por virtuosos y virtuosas llegadas de la ex Unión Soviética y algunas de sus colonias y cantantes prestados por la Ópera de París. Fue una noche triunfal la de esta Carmen tropical pero tan clásica perdida en un decorado naturalmente salvaje que era la Amazonía.En el vestíbulo del hotel, al recoger la llave, Luis se tropezó con la protagonista de la velada, que había abandonado a su comitiva. La felicitó y cuando ella se dio cuenta de que él hablaba francés, se embarcaron en una conversación que siguió en el ascensor, luego en su habitación, donde concluyó hasta el desayuno que tomaron juntos en la cama.

Luis salió de la habitación un poco confuso. No sabía si la había apasionado más el personaje de Carmen que su intérprete. Pero como ya habían arreglado su avión salió para el aeropuerto donde volvió a tropezarse con Carmen, que esperaba una conexión para París. Se despidieron apasionadamente pero probablemente sin saber, a menos él, ella parecía muy peripuesta, que estaban rodeados por una nube de fotógrafos.

Al día siguiente, “Correio Braziliense”, el diario de Brasilia, reflejaba la escena en cuatro columnas de su primera plana con un ingenioso titular “El beso de la Carmen de Manaus”.

La foto tuvo muchos pequeños y grandes artículos de fofocas, cotilleo, y todo tipo de comentarios en toda la prensa brasileña y cuando Luis llegó a su piso, en Río tuvo la sorpresa de ver la puerta abierta y a un muchacho que entregaba un ramo de flores amarillas. ¡Pero si el piso estaba vacío! Iba a pedir explicaciones al crío cuando vio una mecha del pelo de Lola, que recogía las flores con una sonrisa que hubiese metido miedo a los tigres del zoológico.

-Pasa, no te quedes ahí, por favor. Mira, he tenido la idea de redecorarte el salón.

Todas las paredes estaban tapizadas de periódicos con las famosas y chillonas fotos de Manaus.

Contaron los vecinos que fueron escenas borrascosas las que se sucedieron durante varias horas.

Y, de pronto, como en todas las buenas novelas, volvió la calma. Los vecinos, por más que aguzaban el oído, no escuchaban más que el silencio ruidoso de la felicidad y muy de fondo la música de la bossa nova “Chica de Ipanema”.

Luis y Lola estaban amarrados por la bossa nova y apenas si se oía algún que otro suspiro.

El silencio duró horas hasta que al llegar la noche, cuando las luces empezaban a encenderse en Catete, el piso estalló en gritos silenciosos de felicidad.

Hicieron un alto cuando estuvieron agotados por la emoción y ella aprovechó para explicarle que su ex marido había fallecido dos días antes. Había muerto tranquilo y sosegado, precisó.

-Entonces, voy a atreverme a pedirte algo: ¿Quieres casarte conmigo?

-¿Casarnos con cura y con invitados?

-Con todo lo que tú quieras.

-Bueno, no estaría mal, pero antes quisiera informarte de que estoy esperando un hijo tuvo. Lo supe la misma tarde en que nos separamos.

-¿Otro?

Volvió a sonar estrepitosamente “La chica de Ipanema”. La señora que se ocupaba de la casa, y que no había perdido una palabra de la conversación, había puesto el disco a toda pastilla.