El té con Gala de Salvador Dalí

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Con las retinas de ciego de la vida perdidas en una ola de espuma que aterriza en la playa, Salvador Dalí me ha aparecido esta mañana bruscamente bajo una palmera tuberculosa como la Dama de las Camelias que sin embargo respira la alegría de vivir que a él le falta ya. En un very close up acuñado por Sergio Leone aparecen sus ojos tristes pero no verdes que se confunden con unas aguas revueltas de las ganancias de pescadores en este día que no se atreve mucho a anunciar el invierno en el paseo marítimo de este varadero africano, último lugar cristiano antes de las aguas del Mediterráneo. Es de película surrealista, de Jean-Luc Godard palante, compañero, que se enfría el cocido y la parienta tiene los muslos blancos tiritando por el miedo que le repican los pájaros del gordo Alfred Hitchcock con sus malditas gaviotas al frente.

El más enorrrmeee genio de la pintura parido por España y sus aledaños está triste. Los dos recordamos tiempos en que éramos más jóvenes y queríamos comernos el mundo. Él ya se había zampado un buen trozo cuando le conocí en París. Presentaba un libro de litografías.

Mi sensación más atroz de aquella tarde es que no me regaló un ejemplar a mí que andaba tan escaso de cuartos. O quizá tuve que pagarlo… Quién sabe. Los recuerdos son como las mujeres que hemos amado. Te adoran hasta la locura de un día en que las nubes están bajas en el Jardin des Tuilleries de París. Y luego se van.

Ella, Gala, Elena Ivanovna Diakonova, criada en Moscú, refugiada quizá en París, sí que amó a Dalí à la folieee. Hasta la locura de una Juana de Arco virgen de deseo a la que los ingleses quemaron viva porque no quiso dar su virgo amoroso a un castrati inglés. Amaba, ella, la eslava, al español con bigotes imposibles, como una niña ama al primer osito de peluche que le ha comprado su padre en un irrefrenable complejo de Edipo.

Aquella mañana tarde con incrustaciones del mármol que corría por el Hotel Meurice, la señora, con estricto traje Chanel, me ofreció té. (Una leyenda negra o simplemente urbana decía que aquella tarde del recuerdo, Gala me enseñó a hacer té.)  Me lo bebí con el entusiasmo del muchacho que descubre el cáliz de la última cena en una vieja iglesia. Creo que hasta me enamoró. Dalí sabía cuánto enamoraba. Me contaron en aquellos años casi sesenta de mi juventud primera de todos los dolores, todos los aciertos y todos los éxtasis, que Dalí se la había robado a su viejo amigo de surrealismo Paul Eluard. En su suite del Meurice me lo imaginaba a caballo, con un alfanje, raptando a su sabina maravillosa, a la que sería la mujer de su vida, esa alegría que no todo el mundo tiene ni siquierauna vez.

Me dan ganas de correr hacia la palmera y de gritar a mis miles de años: “I love you, Dali!” Porque aquel día el gran pintor, el consagrado artista, el amigo de Luis Buñuel, el enemigo de Paul Eluard, mi amigo por un rato, me acogió en su casa hotel como a un señor, yo periodista recién parido por la dama Vocación. Y la segunda vez que nos vimos, con Gala al fondo que cocinaba su eterno y maldito té, como la Penélope, no la del Oscar, la otra, vamos, hagan un esfuerzo, please, no me fastidien la mañana, la que tejía aquella fastidiosa e interminable alfombra que nadie sabe de qué estaba hecha, me gritó que se acordaba de mí: “¡Tengo una memoria de elefante!”.

Aquel día, que no ahora, Dalí tuvo un momento de debilidad y le sorprendí, en una foto que guardo como se guardan las añoranzas, sin cara de Dalí. Y ella, la musa de su vida, seguía sirviendo té, con una sonrisa que ya hubiera querido tener la aburrida Mona Lisa.

Los ojos de Dalí han dejado las olas para fijarse en un coche espantosamente rojo que acaba de llegar, un Ford Torino que pilota una pareja que a él también le hizo tilín cuando en los años setenta aplaudíamos la serie norteamericana Starsky y Hutch. El rubio Paul Michael Glaser y el morenazo David Soul se han sentado en el capó que sigue vibrando como para unas nuevas y pasadas 24 horas de Le Mans. Están radiantes como en aquellos tiempos en que el cine, por pantalla pequeña que fuese, daba la razón

a la justicia, a los derechos divinos del nacer y al orgullo de ser bueno. Los malos eran los otros, los policías corruptos, los políticos que siguen haciendo de las suyas.

Por la acera de enfrente, mezclado con los indígenas de la Gran Bretaña ha pasado Clint Eastwood que ha mirado al Torino tras sus gafas del inspector Harry el sucio con un Mágnum en la mano y la razón de la rabia en el gatillo.

Clint Eastwood ni se ha parado. Probablemente no le gusta que estemos jugando con el Ford porque él está presentando su película Gran Torino y ya se sabe Dalí me dirige la palabra por primera vez de la mañana:

“¡Qué maravilloso personaje tuvo ese tipo con Sergio Leone!”. Los dos adoramos al italiano que reinventó las películas del Oeste. Los dos tenemos la paranoia del recuerdo, auténtico “método paranoico creativo”, como él habría dicho tan bien. Se fue y quedamos unos cuantos. Que son nada.

Pero todos seremos siempre Salvador Dalí.