Regreso a Brasilia

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr

En el primer  piso del  Palacio de Planalto, sede de la presidencia, la jefa del departamento de prensa extranjera empalmaba los cigarrillos rubios, cosa que no hacía más que en momentos de mucha tensión.La crónica del periodista francés con nombre de tango era publicada en primera plana, y en portugués, naturalmente, por dos de los más prestigiosos diarios del país, O Globo y Correio Braziliense, con una breve introducción y una foto en la que Luis aparecía muy sonriente, lo cual para aquella mujer de rostro cetrino representaba una bofetada. La directora del gabinete del Presidente le había transmitido el espantoso enfado de su patrón por aquella crónica que en un momento de arrebato llegó a calificar de “insulto a Brasil”.

Era sencillamente un reportaje en el que Luis ponía de relieve las implicaciones gubernamentales en un proyecto faraónico que compañías españolas estaban tramando en Búzios, con lo que probablemente convertirían ese lugar idílico en una feria para turistas. Entre calada y calada, Katia, como le gustaba que le llamaran, probablemente porque así tenía la ilusión de ser más joven, la encargada de lidiar con los corresponsales internacionales rememoraba sus comienzos difíciles en Brasilia y su graduación en la Universidad Nacional (la prestigiosa UNB).

Llegar al despacho con dos secretarias, que ocupaba al lado de la sala de conferencias de prensa, le había costado sudor y lágrimas. Descendiente de una familia llegada de su árido nordeste para participar en la construcción de la nueva capital federal, su vida no fue siempre fácil. Y ahora el mentecato aquella metía en un buen lío en el que, por supuesto, ella nada tenía que ver. Le hubiese estrangulado con sus manos que conservaban la rudeza de sus antepasados, acostumbrados a la hambruna periódica que deja todos los años la sequía en esa región, una de las más bellas de Brasil. Pero cuando le anunciaron la llegada de Luis, al que como presidente de la Asociación de la prensa internacional había invitado para tomar un café y charlar un poco, guardó el tabaco y puso en práctica el autocontrol que le enseñaba un gurú de los muchos que en Brasilia hacían su agosto todo el año con prédicas en las que podían aparecer en el mismo altar Jesús, Che Guevara y Evita Perón.

Aunque Luis, como algunos otros compañeros, acostumbraba a tomar con ella un café al menos una vez por semana —siempre se dejaba sonsacar lo que no podía anunciar en un comunicado—, sabía que hoy era distinto.De su diario le había llamado nada más llegar de Búzios el presidente del grupo, un húngaro escapado de la quema soviética de Budapest y que nadie sabía cómo estaba donde estaba. Le dijo de todo menos bonito, al tiempo que le informaba que el redactor jefe  responsable de la publicación de su crónica sobre la magna estafa le maldecía desde la perdida ciudad del fondo de Francia donde a partir de esa edición ejercía de corresponsal local. La nordestina se contuvo mientras pudo hasta que su interlocutor, al que había besado con el mismo cariño aparente de siempre, le dijo:

Mira, Marcia, estoy muy cansado y he venido por cortesía. Y te voy a dar la solución: expúlsame o haz que la policía no me renueve mi visado especial como corresponsal extranjero.

Al borde del infarto y a punto de estallar, la mujer guardó su sonrisa para replicarle:

¿Cómo vamos a expulsar a un periodista tan prestigioso como tú?

Ahora, tienes razón, yo no puedo influir en la renovación de tu visado. Eso ya es cosa de la policía federal.

Cuando ya en la salida se guardó la credencial de la Presidencia que en Planalto todos los periodistas llevaban colgando del cuello por un cordón con los colores nacionales, verde y amarillo, se permitió una sonrisa satisfecha. Entre el húngaro y la nordestina le estaban preparando el billete de regreso a Europa.Le costaría abandonar Brasilia y quizá se cumpliese la profecía y llorase. pero la puñetera enfermedad no le daba tregua. Se arrastraba hacia su coche en el aparcamiento cuando le cortó el paso un automóvil verde. Por la ventanilla apareció la sonrisa de Ana, apenas disimulada por unas enormes gafas negras como las que llevaban las estrellas de la novela de las ocho de Globo.

—Tu secretaria me dijo que te encontraría aquí.

¿Me invitas a almorzar?

—Jovencita, lo siento, tengo que asistir a una comida con Lula… Pero como me parece que no le conoces, vente conmigo y te lo presento. Así conocerás a un futuro presidente de la República. Los dos se echaron a reír. Nadie, ni los comentaristas políticos más delirantes o más partidistas creían que el antiguo tornero rojo pudiese llegar un día a Planalto mientras no hubiesen sido enterrados todos los señoritos de Brasil. Luis advirtió que tenía que pasar al Hotel Naoum para recoger unos papeles. En su habitación, mientras él reunía los documentos, Ana le atacó por la espalda. Sin que tuviese derecho a la más elemental defensa de cualquier telefilme norteamericano, le empujó hacia la cama.

En combinación, pero también sin ella, Ana era una de las muchachas más cautivadoras que podían encontrarse a muchos kilómetros a la redonda de Brasilia. Se habían conocido en Búzios y Luis no resistió un segundo. Llegaba de una travesía del desierto muy dura. Su hija había muerto unos meses antes, cuando su coche se estrelló en una carretera que debía conducirla, a ella y a su novia, a las playas de Normandía. Llegó a Brasil desesperado, sin ganas más que de güisqui y de eternidad. La aparición de Ana fue un milagro. Llegó como encargada de prensa de aquellos chanchullos de los albañiles multimillonarios. Y en seguida supo que era ella la que buscaba.

Cuando le contó la historia de su hija, Ana se mordió los labios. ”Me gustaría tanto ayudarte…· Ya no volvieron a separarse. Cuando se metían en la cama, que no necesitaba de nada más que encontrarse en la misma habitación, Ana rezaba mientras él la tomaba con ansiedad y la revolcaba. Sabía que la única manera de que aquel hombre volviese a ser una persona era que se le borrase la pérdida de la hija. Y se acordó de un refrán, la mancha de la mora con otra mora se quita. Salían exhaustos de sus encuentros. Ana parecía no querer retirarse nunca y se acordaba de Anais Nim que contaba cómo había guardado el esperma de su padre la primera noche que se acostó con él.

Ana quería quedarse embarazada y no permitía que él se retirase hasta que la última gota le hubiese llegado casi al alma. Luiz Inácio Lula da Silva, que acababa de perder la elección presidencial por tercera vez, se esforzaba en dar la impresión de estar más rebosante de felicidad que nunca.

Al cabo de un rato, cuando el vino chileno ya circulaba aceleradamente por las venas de los comensales, empujados por algunas botellas previas de güisqui, el líder de la izquierda no pudo aguantarse de prometer con su particular ceceo que la próxima vez ganaría y que entonces acabaría con la lacra de la pobreza, de la indiferencia hacia los cientos de miles de niños que tenían que trabajar y hasta que prostituirse. Lo decía muy serio y todos los corresponsales trataban de no sonreír.

—El día que yo sea Presidente…

El estribillo ya daba pena a los que le miraban con la simpatía de la desesperación, y los corresponsales solían prometer cualquier cosa diciendo que la cumplirían cuando Lula hubiese reemplazado al actual presidente, Fernando Henrique Cardoso.Ana y Luis se habían aislado en una terraza sobre la que se estrellaban sin apenas hacer ruido las orillas del lago Paranoa.

—Dentro de una semana vuelvo a Europa

-Sí, eso me han dicho.

-Cómo que te han dicho? ¿De dónde sabes tú eso, niña pija?

-En Brasilia se sabe todo antes de que ocurra.

No olvides que es una ciudad mágica.

-Estoy muy cansado y tengo que irme. Me han ofrecido un honroso despido con tal de que me marche. Soy el Gerónimo del periodismo.

—Yo también me voy. Y me voy contigo. Verás, antes de ir a buscarte a Planalto estuve con tu médico, el doctor Soares.

-¿Querías cotillear sobre mi enfermedad? No era necesario. Me miras y ya tienes el diagnóstico: vencido y perdido para la humanidad. ¿Le has preguntado sobre el tipo de silla de ruedas que me     convendría mejor?

Por la vidriera que daba al restaurante, Lula sonreía con entusiasmo a Beatriz, la corresponsal de una televisión chilena. Como todos sus compatriotas, el eterno candidato adoraba las mujeres. Se contaba incluso que una de ellas le había hecho perder su primera batalla presidencial contra Fernando Collor de Mello, cuyos partidarios sacaron a relucir en plena campaña electoral una sucia historia de un supuesto aborto de una supuesta amante de Lula cuando vieron que podían perder.

No fui para hablarle de ti. Tenía una duda y quería aclararla con él. Me hizo unas pruebas y una ecografía y dice que estoy embarazada de tres meses. Tardó unos segundos en comprender que le estaba diciendo que iba a poder ser feliz. Que Dios le ofrecía una nueva oportunidad. La besó en las mejillas, como se hacía con una tía cuando te daba un cacho de chocolate, y le juró a Dios y se juró a sí mismo que iba a luchar contra la maldita enfermedad. Ya tenía una razón para no entregarse a las delicias de ser vencido una vez más. La vida podía ser bella, hasta maravillosa. Ya se veía bailando con Ana una bossa nova acompasada por el chirriar de su silla de ruedas.

(Este relato está sacado en parte de mi novela “Bye, bye, Brasilia”. No me gustaba cómo terminaba y quise enmendarme la plana. Pero ahora me doy cuenta de que termina tan ridículamente optimista como la novela. No hay quien me arregle).